viernes, 19 de julio de 2019

Gajes del oficio

                                                                   



 
Me llamaron porque no podían sacarle una palabra. Al cruzarme con “El Oso” en la puerta de la sala me dijo: Morales, a ver si vos tenés más suerte, pero  andá suave, no te pases. Es que todos lo saben, me gusta el olor a carne chamuscada y los chispazos azules del corto-circuito. Que puedo hacer si
eso me hace sentir que soy importante. Es como que dejo mi cuerpo, entro en éxtasis y puedo gobernar el planeta en el encierro sofocante de estas cuatro paredes. Debo decir que es delicioso, que nada se compara a ese idioma incomprensible que les sale de la boca cuando la lengua choca contra el trapo apretado con los dientes. Acá me siento en la cima, la cara se me ilumina y puedo ver todo con tal claridad que sería capaz de dictarle a un escribiente mi Biblia y mi credo. Adoro el aleteo inútil y violento de los brazos descarnados cuando los desgraciados quedan como pollos sin cabeza bailando en círculos intentando eludir el momento siguiente. Que puedo hacer si soy un genio apretando alambres contra las muñecas desolladas, en golpear entre las costillas y el hígado sin dejar moretones. Eso si que duele y hace que se desmoronen por la montaña de la voluntad. Soy un experto. Por eso me eligieron, por eso me temen, porque soy poderoso. Después de todo no me importa si los de arriba tienen más estrellas en el traje, ellos están para hacer las preguntitas, sin embargo acá el que manda soy yo. Me tratan de loco, pero saben que en este infierno yo soy dios, puedo redimir a propios y extraños de todos los pecados. La puta madre este ya dejo de patalear, los coágulos de sangre se le escapan por la mordaza y los ojos le quedaron en blanco. Se volvió carne muerta, gajes del oficio. Yo lo dejo acá y que ellos hagan lo de siempre. Hoy tengo que llegar a casa temprano, la familia espera, estamos de fiesta. Es el cumpleaños de mi mujer, le voy a dar el regalo que compré y un lindo ramo de rosas. Seguro que ella al besarme me dirá como siempre: Mi flaco divino, sos un santo, hace rato que te ganaste el cielo.



                                                                                            " Para recordar sobre qué estamos parados,
                                                                                                                                          ¡nunca más!."

                    
 fino.
  Junio 2019             
 Del libro: El Gen de la Bestia.             Ilustraciòn : Diego Soria.

jueves, 20 de junio de 2019

La mitad de todo

                                                          

                                                                         





Al momento que golpeaban a la puerta, Gabriel dejaba caer sobre la olla de barro unas gotas de aceite y las verduras que había estado cortando. Tiras de morrón rojo, cebolla colorada, morrón verde y ajo crepitaban sobre el barro caliente, cuando se escucharon otra vez los golpes. Apoyó la cuchara de madera sobre una tabla y llegó hasta la puerta con paso acelerado. Era Laura, tenía puesto el vestido ajustado y rojo que tanto le fascinaba, traía una botella de vino blanco, un ramo de flores y las últimas perlas de sol que le quedaban a la tarde.
-Pasá, ya estoy cocinando –dijo Gabriel al besarla en la mejilla.
Le dio la espalda y ella quedó sorprendida en el umbral de la puerta, esperaba un beso más fogoso o mucho más profundo. Todo sigue igual, vino blanco sabiendo que comeríamos carne roja, pensó él mientras sumaba rodajas de tomates y zanahorias sobre las verduras que cambiaban de color al cocinarse en la temperatura justa. Agregó una taza de caldo sin escucharla cuando preguntó si dejaba el vino en la heladera.
-Me alegró muchísimo recibir tu llamada, hace tiempo que esperaba –dijo ella al tiempo que guardaba la botella en el refrigerador.
-Si. Nos debíamos este encuentro, demoré demasiado, pero necesitaba pensar. Pone algo de música, movete tranquila, estás en tu casa -dijo él concentrado en su tarea.
Nunca mejor dicho pensó ella, que extrañaba sus cosas y que permanecían en el mismo sitio en que las había dejado. Eligió un disco de Sade, música especial para una noche especial, dejo la púa en el surco y la voz sensual de la cantante comenzó a invadir el apartamento, las caderas de Laura dibujaban curvas sobre el swing.
-¿Tomamos un poco de vino? –preguntó ella imaginando una velada perfecta.
-Si, claro. Acá hay una botella abierta.
Ella con dos copas en la mano disfrutaba atraída por el perfume a romero y tomillo fresco que el recién había desparramado sobre la cocción junto con una hoja de laurel. La salsa estaba llegando a su punto máximo, era momento de agregar las rodajas de papas y los bifes de lomo. Era el momento justo de cocinar todo en su jugo y a fuego lento. Tiempo, todo era cuestión de tiempo.
- Te llamé por qué necesito hablarte –dijo Gabriel mientras dejaba sobre la mesada el repasador, perfectamente doblado como siempre.
-Yo también lo necesito Gabriel y además quería disculparme.
-Shh, no digas nada. No hace falta, lo que pasó, pasó. No me interesa saber nada más del asunto. Solo quiero que estemos bien.
La cara de Laura se iluminó. La copa de vino tinto que terminaba de beber le quitó los nervios y las palabras de Gabriel hicieron el resto. Sonrió, sabía que él no podía dejarla así como así. Ella entrecerró los ojos y se dejó envolver por la música que la arrastraba a lugares conocidos. Amaba ese disco, era la banda sonora de tantas noches de amor, el as en la manga al momento de las caricias. Laura apagaba las luces y prendía velas de colores que había desperdigadas por todo el apartamento. Gabriel sacudió la cabeza lentamente sabiendo lo que Laura proyectaba. Con la copa vacía en la mano fue camino hacia la botella, decidió rectificar el sabor de la cena, una pizca de azúcar para atenuar la acidez y luego volcó el resto del vino sobre la preparación para mejorar la consistencia. Ella bailaba y nunca imaginó lo que Gabriel le diría.
- Ahí sobre la mesa hay unos papeles. Necesito que los firmes.
Ella fijo la vista en los documentos y asombrada comenzó a leer, él le allanó el camino dejando de lado las formalidades que guardaban las palabras.
-Mira, es la mitad de todo, del apartamento, del terreno y la cuenta del banco. Creo que es lo justo para poder comenzar una nueva vida. Lo sentimental es otra cosa, para mi todo eso esta muerto y vos ya te encargaste de ese velorio.
Laura quedó petrificada con los papeles en la mano mirándolo con ojos perdidos. El le señalo una birome y camino a la cocina le dijo:
-En diez minutos cenamos, solo faltan unas arvejas frescas y un poco de perejil.
Sade llenaba el silencio con la cadencia de su voz cuando se escuchó el portazo en la puerta de calle. Gabriel suspiro y dejó caer los hombros, destapó otra botella de vino tinto, extendió el mantel, colocó la olla en una tabla sobre la mesa alumbrada por las velas. El aroma de la comida se volvió insoportable y el vino blanco moría avinagrado en la heladera.
-La mitad de todo –dijo en voz alta mientras servía dos platos y llenaba las copas.




fino.
junio 2019.                 Ilustraciòn: Diego Soria.

lunes, 20 de mayo de 2019

La Barra del Bar.

                                                     



 

Gustavo frente al espejo, se enfundó en la camiseta del equipo de sus amores, “el más grande del mundo” y se calzo los lentes oscuros. Con su pelo negro revuelto, la bandera al cuello, la sonrisa amplia y con paso apresurado, salió rumbo al bar. La barra esperaba. Estaban allí, Santi, el Porteño, Pato, Miguel, Venezuela, el Quique, Facu, Beta y las hermanitas Romero, todos con algo distintivo del equipo. La barra estaba completa, todos sentados a la mesa de siempre, la que los recibía cada día de partido como desde hacía diez años, y con faltas a la cita que se contaban con los dedos de una mano. Muertes, nacimientos, de vez en cuando alguna boda; había pocas circunstancias que justificaran la ausencia en el rito. Por la euforia que se percibía desde afuera del bar, pero más que nada por los envases vacíos sobre la mesa, Gustavo se dio cuenta de que había llegado tarde. Atravesó la puerta de vidrio, se encamino rumbo a sus amigos y con voz potente saludo a los presentes:

-Que dice la barra, ¡vamo´ nosotros, vamo´el cuadro heee!

Las risas, los abrazos, los saludos y las palmadas en la espalda uno a uno, como siempre, como tantas veces, como cada encuentro en tantos años.

-¿Che, al final, hoy juega el zurdo Pereira? –preguntó Santi para entrar otra vez en clima.

-Que va a jugar ese pecho frío –dijo el Porteño– ese no puede jugar ni con tierra.

Las carcajadas y las voces opinando se mezclaban en un solo y estridente rugido. El gallego dueño del bar se acercó hasta los muchachos y trajo un vaso para Gustavo.

-Me perece que hoy no “janan” –dijo el gallego mientras dejaba el vaso sobre la mesa.

-Cállese gallego yeta, traiga dos cervezas más y dedíquese al mostrador, que usted de fútbol no sabe nada -dijo una de las hermanas Romero.

-Estas niñas son un caso tío, joder –gruñó el dueño del bar.

Los aplausos y los golpes sobre la mesa remataron la retirada del gallego rumbo a su escondite y trono.

-Che, estos periodistas y los de la tele me tienen podrido –dijo Miguel- siempre lo mismo. Nosotros tenemos la culpa de todo, la tienen con la gloriosa, solo palo para nosotros y pa´los muertos de frío ni una sola crítica.

- ¿Que pasó? -pregunto Gustavo.

- ¿Como que pasó, no escuchaste? -explotó Miguel.

-No Miguel, sabes que no escucho programas deportivos, ni noticieros –se justificó Gustavo.

-Se pasaron toda la semana jodiendo con la bandera. Que las banderas esto, que las banderas aquello, que los mal vivientes, que los dirigentes y yo que sé cuantas cosas más. Solo a nosotros nos dieron palo. ¡Solo a nosotros!

-Pero loco, ¿pasaron esas cosas o las inventaron?

-Si pasaron, pero solo nos persiguen a nosotros, ellos hacen lo que quieren y nunca pasa nada –terció Venezuela.

-Y si, hasta que la mujer del ministro los siga bancando, esto no va a cambiar –opinó Miguel.

-Déjense de jorobar, si nos mandamos cagadas a llorar al cuartito –dijo Gustavo.

- ¿Cómo? ¿Vos estás loco? ¿Qué te pasa? -gesticulaban y se enardecían al unísono Venezuela y Miguel.

-Nada loco, me parece que si vos no haces cagadas, nadie puede reprocharte nada. Hasta que no entendamos que no tenemos que entrar en esa, vamos a seguir con los líos de siempre –dijo Gustavo.

Un silencio glacial se derramó desde el techo hasta la mesa y sobre la barra futbolera.  

-Pero Gustavo, vos estás loco, ¿te vendiste? ¿No te das cuenta? -pregunto eufórico Miguel.

-Pará Miguel, me parece que hay dos cosas que tenés que separar. Una es que no podès echarle la culpa a los demás por los errores que cometes vos y otra es que, hagan lo que hagan los otros, vos no podes hacer lo mismo. ¿No te parece?

-¡Anda gil santurrón! Siempre con tu hidalguía y tus principios socialistas. ¡Anda!, vos, los ministros, tu partido político y todas tus teorías llenas de moralina, me tienen podrido.

-No mezclemos botijas –pidió la otra hermanita Romero.

-Acá el que mezcla las cosas es Miguel, ya sacó su perfil reaccionario -siguió diciendo Gustavo-. No tiene nada que ver la política. Es filosofía de vida, yo lo único que digo es que me importa un carajo lo que hacen los demás, para cambiar las cosas es necesario que cambiemos nosotros y que no repitamos las cagadas de los otros para medir a ver quién la tiene más grande. ¡Somos unos turros, igual que ellos!

Los parroquianos en la otra sala del bar fueron acallando el ronroneo de fondo, giraban sus cabezas y miraban hacia la mesa de los futboleros, se hacían señas entre ellos. Miguel acompaño su descontento con un golpe de puño estruendoso sobre la mesa, los vasos dieron pequeños saltos, los platos con los restos de picada quedaron tambaleándose, girando alrededor de si mismos, ruidosos.

-¿Estas son las cosas de la vida que realmente querés? Pará la moto Miguel -dijo Gustavo.

-No paro nada, hace tiempo que estas siempre con lo mismo, ¿que somos? ¿Somos giles nosotros?

-Yo no digo eso, digo que cuando las cosas están mal, están mal y listo

-Claro, claro, al final parece que tenemos que ser otarios y dejar que ellos hagan lo que quieran, que nos pasen por arriba y sigan haciéndose los guapos. ¿No viste que ellos sacan la bandera nuestra y no les hacen nada? ¡Pero a nosotros si! Que lindo, ¿que lindo, no? Anda comunista de mierda, ya me tenés podrido vos y toda tu fantasía, la concha de tu madre. Hay que matarlos a todos. ¡Ojo por ojo! - gritaba Miguel descontrolado.

El resto de la barra quedó muda, sin emitir sonido ni opinión. El mozo que llegaba con la vuelta de la casa que mandaba el gallego, quedó petrificado cuando Gustavo de un salto se paró de su silla, la tiró de una patada y con la cara roja de furia ganó la puerta de calle en silencio y dejo a toda la barra sentada. Gustavo, lleno de desencanto y frustración comprendió en ese instante que sus caminos se separaban, que se borraban diez años de un plumazo, que nunca más estaría con la barra en el bar. Sintió odio, tristeza y nostalgia en un solo respiro. El velo de la ceguera se corrió al tiempo que algunas cosas dejaban de tener sentido, se rompía para siempre el fino equilibrio entre la pasión futbolera y el fanatismo animal. Ahogado por una sorda punzada se dio cuenta de que nada volvería a ser como antes, como cuando podían gritar un gol del equipo de sus amores, abrazados, hermanados y simplemente ser felices por ello.


fino.

martes, 14 de mayo de 2019

Maria

                                                 




María sopló las velas
curvando el aire preso
en su boca despintada.
Nadie salió desde los cuartos ,
su lengua siguió fría
y cortó con su cuerpo la noche
con el paso de quien vigila.

Juntó más de aquel odio
y rodeó la última esquina
por eso, perdida, sin sueño
marcó de púrpura el vaso.
Huellas de labios y sangre,
dolida de tantas mentiras
encontró algo de que hablar.

María sopló el humo de un cigarro
barajando el olvido,
vacío de odio
vacío de amor.


fino.

martes, 26 de marzo de 2019

Esperando

                                                         




Te estuve esperando sentado en el muro descascarado
en la plaza, ahí, te estuve esperando
edificando castillos con botellas.
La luna chorreaba remolinos de polvo
y despintaba los ladrillos rojos
mientras ahí, te estuve esperando.

Te estuve esperando
cerca de hierros oxidados
que alguna vez sostuvieron juegos y anuncios,
deshoje sueños que se tragó el pasto.
Estuve esperando tu cintura
  (verte llegar remontando la escalera de Propios)
brillando bajo la luz de mí deseo
días y días, noches y más noches, esperando.


Te estuve esperando
mientras veía cambiar el paisaje, los años
moldeando mi cerebro con mordidas de serpientes.
Cayeron cuerpos, vidas y ramas
almas heroicas bebieron de las raíces
el llanto de nuestro canto.
Estuve rodando desde el pasto hasta el muro,
desde el cielo al infierno,
intentando ser y parecer, mientras te estuve esperando.

Te estuve esperando
crecieron mis ansias y tu vientre
cada herida se hizo carne
mientras te estuve esperando.
Te estuve esperando
colgando mis caricias y mis santos del árbol mas alto
para que cuando llegaras, supieras
                   que te estuve esperando.

fino.

Música: Llorando en el Espejo- Seru Giran.

viernes, 22 de marzo de 2019

Cinco besos.


                                                         



Cinco besos después de mil años,
mis labios anclados en un sueño
y en todas las cosas que faltan decir.
Estamos frente a frente
aun no he hablado
 solo trato de entender
cuando tus ojos me esquivan.
Peores sueños he tenido en la nieve
y este amor es un revolver
perforándome la sien.
Quedé colgado en el parque
mirándote la espalda
que vuelve a desaparecer.
La tarde sofoca, gotea sal
y mis manos sin poder tocar,
deseando.
Solo cinco besos después del después
y un vacío que me parte en mil partes
 por no poder darte luz donde quiera que estés.


fino. 

Música: No sufras - Claudio Taddei 

miércoles, 13 de marzo de 2019

La Gárgola.

 

                                                                             

                                                                    


Le decíamos “La Gárgola”, estaba siempre perdido en los rincones y hablaba  muy poco. Era desgarbado y de tan alto se le formaba en la espalda una joroba que lo encorvaba hacia adelante. Su pelo largo y desmechado ocultaba sus rasgos aniñados y un par de ojos tristes que daban la impresión de estar pidiendo auxilio. Llegaba cada tarde a donde nos juntábamos, saludaba mascullando un “Hola” casi imperceptible y se quedaba a un costado. No se sabe quién lo había arrimado a la barra, pero él se fue quedando hasta hacerse parte del paisaje. Casi nunca decía más de dos o tres palabras, habláramos de música, de sexo o de bueyes perdidos. Era generoso a la hora de la colecta para cervezas, vino o para hacer refuerzos y muchas veces era el único que tenía plata. En esos días gastábamos horas y noches sentados en la plaza analizando el mundo, la revolución y elaborábamos las más complejas teorías sobre cómo cambiar la sociedad con la filosofía que nos inspiraban los culos de las botellas que, vacías, íbamos apilando. “La Gárgola” siempre llegaba cuando todos ya estábamos reunidos desde hacía rato, saludaba y se acomodaba en un rincón sin hablar. Pocas veces reía cuando los vapores del alcohol nos disfrazaban de payasos pasadas las dos de la mañana. Candidato y blanco fácil de las bromas, otras veces luego de que hiciera el aporte para la colecta, lo dejábamos solo en un murito esperando, mientras nosotros nos perdíamos caminando la madrugada entre divagues y charlas de borrachos. Nunca se molestaba, era un tipo manso, no peleaba ni discutía, él simplemente estaba ahí.

Una tarde el padre Julito, un amigo de la barra, vino a contarnos que se habían llevado preso a su hijo, por haberse entreverado en un negocio turbio. Quedamos impactados y sin poder encontrar consuelo por su mala suerte Después del relato y las explicaciones del veterano, cuando la charla cayó en el silencio de la incredulidad y la impotencia, “La Gárgola” llamó aparte al padre de Julito y se pusieron a charlar durante unos cuantos minutos. Vimos que “La Gárgola” le daba la mano al viejo y desde lejos, mirando a la barra, saludó despidiéndose. Nos dio la espalda y se fue caminado por un sendero de la plaza hasta perderse en la avenida. El padre de Julito se acercó y con cara de asombro preguntó:

-¿Quién es este muchacho?

Le explicamos que no lo sabíamos muy bien, que en realidad lo conocíamos muy poco. El viejo, con los ojos vidriosos y sin entender muy bien, nos dijo:

-Este muchacho dice que no me preocupe. Que en dos días viene y me trae plata para pagar un buen abogado que saque a Julito de los problemas. Quedamos impactados, incrédulos, y sin entender nada. Empezamos a tirar de la madeja, a hacer conjeturas, a rastrear como sabuesos, alguna pista que nos permitiera comprender. Alguien dijo que “La Gárgola” era de familia acomodada, otro, que los padres tenían un comercio. Otro, que había heredado una pequeña fortuna. La verdad es que nada estaba claro, navegábamos en un río de suposiciones que no hacían más que entreverarnos la cabeza. Lo cierto es que, devorados por la profundidad de la noche, nos fuimos a dormir sin entender mucho qué era lo que estaba pasando. Algunos días después, ya con Julito entre nosotros, luego de arrepentimientos y de historias para el olvido, no podíamos sacarnos de la cabeza la imagen de “La Gárgola” entregándole al padre de Julito un sobre repleto de dinero y colaborando con un grueso puñado billetes para la colecta nuestra de cada día. Aquella tarde tampoco habló. Simplemente se acomodó a un costado y soportó nuestras risotadas, nuestras bobadas. Solo hacía muecas apagadas que, en su idioma, era toda una muestra de felicidad. Ese día dejó de aparecer, de la misma manera que había llegado se fue, no lo vimos más. Miento. Vimos su cara en un recorte de diario que contaba la noticia de un delincuente muy buscado y peligroso que a punta de revolver asolaba un barrio pudiente desde hacía varios meses. Un joven violento y despiadado a la hora de los hechos, rezaba el pasquín.

 

fino.                                                                  ilustraciòn: Diego Soria.




miércoles, 23 de enero de 2019

En tus manos.

 

                                              


 

 

Una flor , una luz, tu amor
las cortinas y tu pan.
La costumbre
mis piernas, tus dientes
imagino
solo imagino,
no hay falla.

fino.

miércoles, 9 de enero de 2019

Los disparos



                                                                        

A Gonzalo lo despertó el rocío de la madrugada cayendo sobre su cuerpo desflecado. Desmayado por el alcohol dormía desde hacia tres horas sobre pasto húmedo en la soledad de la plaza que esta en medio de las viviendas. Los pies helados, la boca pastosa por una sed asesina terminaron de sacarlo del colapso. Una luz mortecina iluminaba desde hacia rato el contorno de los bloques de apartamentos de paredes grises y de ladrillos rojos gastados por tanta intemperie y demasiada tristeza. Se levanto como pudo, trastabillando hasta que encontró el punto que lo retuvo con los pies sobre la tierra ya que su cabeza estaba en algún planeta perdido. Rebusco en los bolsillos del pantalón vaquero haciendo equilibro sobre una cuerda floja imaginaria, se aferró a la pelusa del bolsillo izquierdo y a los billetes arrugados del derecho. Respiró profundo el aire de la madrugada de cara al cielo y con los ojos apretados intentó matar las voces que no dejaban de atormentarlo, voces de tonos deformes y fuera del rango animal. Voces que le habían quedado rondando de la fiesta y de la charla entreverada antes de terminar dormido sobre el pasto. Ahora estaba solo. Abrió los ojos, caminó por las sendas de baldosas destruidas y tramposas mientras intentaba ordenar sus necesidades.
Su cerebro logró codificar : Frío. Hambre. Sed.
Atravesó la cancha de basket, los juegos infantiles, el terraplén, y bajó las escaleras que lo llevaron a la avenida. Alejandro y Javier arreglaban el mundo que giraba alrededor de su mesa y de la tercera botella de vino tinto que se tomaban en el bar, cuando vieron a través del ventanal a Gonzalo que se acercaba caminando eludiendo toda línea recta. Se quedaron mirando a su amigo al que unas horas antes habían dejado durmiendo en la plaza de todos los días. Alejandro despegándose apenas de su asiento se inclinó sobre la mesa y con las piernas corrió un poco hacia atrás su silla, al volver a acomodarse pensó: “que hijo de puta, ya esta arriba otra vez”. Javier apoyado con los codos sobre la mesa, unía las palmas de las manos junto a su pecho e imaginaba la cara pondría Gonzalo al leer la carta que debía entregarle. El bolichero con los ojos escondidos detrás de unas ojeras inmensas, vio que Gonzalo atravesaba la puerta del bar  y de inmediato  supo que su cama y su mujer, escaleras arriba, iban a tener que esperarlo unas cuantas horas más.
-¿Que te sirvo Gonza? ¿Lo de siempre?- preguntó resignado el bolichero.
-Si Boliche, pero triple, sin hielo, un buen vaso de agua fresca y también algo para masticar. La puta que me parió, se me parte la cabeza y estoy cagado de frío –dijo apenas dejo caer su cuerpo sobre una silla de madera que crepitó como en el centro de una hoguera.
-¿Descansaste un poco, eh animal? –preguntó Alejandro con una sonrisa cómplice pintada en la cara, mientas escarbaba con las uñas de una mano la unión de dos tablas de la mesa.
-Quisimos despertarte para que vinieras con nosotros, pero fue imposible. Estabas muerto –dijo Javier.
-Si. Me estoy pasando de tragos y de mambo. Tengo que encontrar la manera de aflojar un poco, pero la verdad es que tengo la cabeza en cualquier cosa.  Prefiero estar anestesiado y no pasarme todo el santo día comiéndome el coco –confesó Gonzalo.
-Decídelo a mi si chupará, que en este mes duplique las ventas –dijo el bolichero mientras descargaba el contenido de la bandeja sobre la mesa.
-Se ve que mucha guita no ganás, mirá los refuerzos de mierda que haces para tu clientela  –bromeó Alejandro cuando el bolichero volvía hacia al mostrador.
Mirando a Gonzalo, Javier sacó del bolsillo de su campera la hoja doblada que tanto lo angustiaba y que le pesaba mas de una tonelada pues intuía que muchas cosas cambiarían apenas entregara ese maldito papel, apoyó la carta en la mesa y le dijo:
-Gonza, mientras dormías vino Sandra. Trató de despertarte y como no pudo se fue al toque. Me dejo esto para vos. El rostro de Gonzalo cambió de color, de gesto, fue un golpe inesperado  separó los labios para susurrar algo que se ahogó de inmediato en el aire espeso del bar. Agarró con fuerza la hoja que comenzó a temblarle entre los dedos crispados como si estos hubiesen leído en braille lo que Sandra había escrito. Sus amigos captaron la imposibilidad de cualquier diálogo entre los tres y se enroscaron  hablando entre ellos dos de bueyes perdidos. El bolichero sentado detrás del mostrador, enjabonaba y enjuagaba vasos percudíos en un ritual mecánico y aburrido, que solo interrumpía para controlar el panorama despegando apenas la vista de su rutina sin levantar casi la cabeza. Gonzalo se paró, terminó de un trago el liquido de su vaso, caminó hasta el baño y entró, con la espalda trancó la puerta y envuelto en el vaho que desechan los cuerpos quemados por el alcohol, leyó la carta.

“Vuelvo a lo de mi madre. Estoy cansada de andar rodando de casa en casa. Estoy cansada de las noches largas y de sus ruidos, agotada de rebotar entre toda la basura en que nos metimos. No te culpo, yo también lo elegí. Quiero que sepas que estoy embarazada y que pienso tener el bebe. Que es solo mío, no nuestro. Es lo único que me pertenece en toda la mierda que me rodea y espero que sea lo que me traiga de nuevo a la tierra. Vos siempre me decías que volviera a mi casa, que en ningún lugar iba a estar mejor, que no importaban los problemas que tuviera con mi madre, que nada podía ser mejor que estar ahí. Recién ahora lo entiendo. Vuelvo y va a ser mejor que no me busques. Este bebe es mío, de nadie más. Te amo. Vos seguí tu vida y ojalá encuentres lo que estas buscando. Lo muestro estuvo bien mientras duró. No me busques. No me escribas, tus cartas ya no me interesan”.

Los labios rojos de Sandra impresos con lápiz labial, lo besaron a modo de firma desde el último renglón del papel, solo un gélido beso como despedida era lo todo lo que tenía. Gonzalo arrugó la carta contra sus ojos encendidos de impotencia y rabia. No pensó en que Sandra apenas había cumplido los dieciseis o en ese padre delincuente que seguramente lo buscaría para matarlo por que le habían cogido a su nena. No pensó en recuperarla ni en cuidarla para siempre. Sandra ya había decidido y contra eso nada era posible. Por eso la amaba. Por ese idioma sin palabras que habían inventado la tarde que se dejaron llevar sobre un colchón prestado, cuando ella le juraba que sabía lo que hacia sin que la sangre de una primera vez la mojara. La recordó desnuda arrodillada ardiendo temblorosa sobre él, arqueada hacia adelante con el pelo negro entreverado cayéndole entre los pechos duros y nuevos. Volvió a recordarla gimiendo, mientas lamía el sudor picante de su cuerpo caliente y cuando unidos por el cordón umbilical del sexo explotaron interminables sobre el origen de todo deseo. Si, cuando desesperados y libres se ahogaron en saliva y se consolaron entre promesas y suplicas de más, más... y más. Ahora sentía como el amor y la paternidad lo mutilaban descuartizándolo con el bisturí filoso del abandono.Era otra frontera que Gonzalo cruzaba sin la intención de hacerlo, eran  más trampas de la carretera que había elegido recorrer. Su mente le pedía llegar a casa, juntar un poco de ropa, elegir algunos de sus pequeños tesoros y meterlos en un bolso, sacar del cajón la plata que venía juntando desde hacia casi un año y subirse por fin a ese bus que lo llevase a Brasil como tantas veces juntos ellos dos lo habían soñado. Gonzalo estaba solo. “Hay veces en que las cosas por algo se dan”, pensó justificando su cobardía. Salió del baño en un trance narcótico, miraba pero no veía que sus amigos movían la boca y agitaban las manos con gestos desesperados. Tampoco notó  el desorden de sillas tiradas y mesas dadas vuelta, los cuadros, los vasos rotos y las botellas desparramadas por el piso. Una ráfaga inesperada de violencia, como un torbellino había azotado el bar buscando calma en la venganza, mientras Gonzalo leía.
Ni Alejandro, ni Javier, ni el bolichero pudieron frenarlo para avisarle y hacerle comprender lo que le se venía encima. Gonzalo no escuchaba. Gonzalo no veía. Salió del bar sin detenerse, parados en la vereda, de boca abierta, con las manos en la cabeza y con ojos llorosos, los tres lo vieron desaparecer como a un fantasma por la avenida que apenas se mantenía encendida. Había algo de malicia y vértigo en su silencio, estaba atado a un cuerpo sin sangre y la vida que dejaba atrás sobre esas calles ya no la encontraría en ningún otro sitio.

A media mañana, cuando salió del letargo y sin comprender como, Gonzalo estaba viajando en un ómnibus por una carretera con rumbo norte. Era un cuerpo sin alma. Boca, pies, hombros, un ser desacomodado sin miedo ni intensidad. En la mochila que sostenía sobre los muslos, guardaba algo de ropa, un libro que no terminaba de descifrar y su cuaderno de tapas azules plagado de garabatos lacrimógenos. En la mano derecha sostenía una botella de vodka apenas comenzada, se quedó buceando un instante en la etiqueta azul y blanca con palabras en ruso. Algo crecía en su pecho y lo sostenía a pesar de todo, abrió la ventana, saco la botella y fue volcando el liquido que se negaba a caer dibujando una llovizna paralela antes de mojar la carretera. Su cabeza distorsionada le proyectaba un aluvión de fotos entreveradas de la madrugada, imágenes saturadas de golpes, gritos y corridas. Aun le taladraba en los oídos una frase: “cuando te agarre te mato, hijo de mil puta” y los gritos, los golpes y más gritos y más golpes, pero sobre todas las cosas el eco de los tiros y los ruegos desesperados de  Sandra llorando abrazada a los pies de su padre.
Ella.
Siempre ella, salvándolo de todo.
 
fino.


jueves, 3 de enero de 2019

Dos Gallinas, una paloma.

                                                          

-Metete las estrellas en el culo.
La voz del Picana rebotó en el piso de tierra, hizo eco en el cuadrado de bloques y se escapó por donde faltaba el techo en la pieza en construcción. Lo cierto es que Picana y el Sal Gruesa, estaban sentados sobre dos cajones de madera en el futuro cuarto de la casita precaria. Los amigos arrullados por el ruido de las tripas acunaban  hambre mirando el cielo. El Sal Gruesa había admirado en voz alta el brillo de los astros que se desangraban de luz en el cielo renegrido.
-Que lindas estrellas –había dicho el Sal Gruesa.
Fue cuando Picana lo trajo a la realidad :
-Metete las estrellas en el culo. Yo tengo un  hambre que no puedo más.
¡Algo tenemos que hacer!
Cambiaron de posición sobre los bancos enclenques y se entregaron en alma y mente a buscar la solución.
-Che Sal, ¿a vos Perro Loco no te fía, no?
-¡No, que me va a fiar!. Lo tengo adentro como con cuatro lucas hace como dos semanas. Falté varios días al laburo y cobre casi nada. Si le pagaba al Perro Loco me quedaba sin un mango pal´fin de semana –dijo sin tapujos  el Sal Gruesa.
-Que mierda. ¿Que podemos hacer? No podemos mangar a nadie, ni meter un fiado. Tamos en el horno –Picana rebuscaba en posibles soluciones y continuo diciendo –Che Sal, ¿en la heladera no hay nada, no?.
-Media zanahoria, una papa y un cacho de chorizo colorado.
-Vamos por ese guiso entonces –se envalentono Picana, clavando la vista en la pared de bloques sin pintura ni revoque.
La noche de domingo se estaba adueñando del cantegril, algunas lamparitas lúgubres cuidaban los corredores en la cuadricula de casitas, los pasajes latían con la música que se escapaba por alguna ventana abierta.
Picana y Sal movían las fichas, armaban la táctica mental que les diera la victoria en la pelea contra el hambre. Cuando hay hambre no hay pan duro, pero hasta el pan duro se les escondía entre los rincones de la noche. Nacer de ese lado de la avenida les daba un poco mas de imaginación, al menos para llenar la panza y cubrir los agujeros que abre el viento en contra. Ellos saben que el  salvavidas puede caer de cualquier lado y en cualquier momento. Mirando hacia el cielo entre suspiros y silencios fue que Sal Gruesa se incorporó como poseído, quedó parado junto a su cajón, con la boca abierta y con los ojos desorbitados como si hubiese visto un fantasma, se apuró a decir:
-¡Las gallinas del Quemado¡.
-¿Que? –preguntó Picana distraído.
-Las gallinas del Quemado pelotudo. Le afanamos una y ya tenemos medio guiso hecho gil.
-Tas locazo Sal. El Quemado si nos ve, nos mata. Yo ni mamado le entro al rancho.
-Dale boludo. Yo tampoco me animo, pero le decimos a Marcelito que no le hace asco a nada y el se afana la gallina.
-Dejate de joder. Vos querés que nos caguen a cuetazos, estas loco Sal.
-No seas nabo, pensá bien. Marcelito trae la gallina, mangamos algunas verduras, tiramos todo pa´ la olla y adiós pampa mía, estamos de fiesta.
Después de tanto detalle y con el convencimiento que Sal Gruesa expuso su plan, Picana comenzó a ver la idea con mayor simpatía, poco a poco y a medida que su imaginación percibía los vapores exquisitos que desprendía la cacerola aun vacía, la posibilidad de que una suculenta cena les aliviara el padecer era cada vez mas cercana y posible.
Salieron los dos amigos por los corredores del caserío y golpearon en el rancho de Marcelito.
-¿Quien viene a  joder a esta hora? –se escuchó desde adentro.
-Somos nosotros Doña Nena, el Sal y Picana –contesto Sal Gruesa reconociendo la voz de la abuela de Marcelito.
-Que ganas de andar molestando. ¿No ven que son como las nueve? Ustedes siempre igual he. No saben más que joder. Marcelito no esta y no va a salir
 –dijo molesta la abuela.
-Pará abuela, no te metas en mis cosas –se escucho desde adentro la voz de Marcelito demostrando molestia.
-Ya se juntaron todos los insoportables y nada bueno va a salir –opinó la abuela.
-¿Que dice la barra? Esperen que me calzo y salgo – dijo Marcelito abriendo la puerta de su vivienda.
A los cinco minutos con los tres amigos sentados en la habitación en construcción, Picana contaba la idea, Sal Gruesa asentía a cada frase de su amigo y en los ojos picaros de Marcelito se dibujaba una pequeña maldad que crecía a pasos agigantados a medida que el plan llegaba al fin de su desarrollo. Es que entre Marcelito y el Quemado habían cuentas pendientes que se arrastraban desde hacia algún tiempo, un pequeño botín mal distribuido, algunas faltas a la verdad, líos de polleras y esas son actitudes que entre bandidos no pasan fácilmente al olvido.
-Bueno vamos arriba entonces. Yo me meto al rancho, pero alguien me tiene que acompañar para hacerme de campana y para entretener a los perros así no ladran –dijo Marcelito.
-Pahh, los perros –dijo asombrado Sal Gruesa.
-No pasa nada con los pichichos, yo los conozco, les damos alguna galleta para distraerlos y quedan comiendo de la mano. Son pura pinta, además el Quemado estuvo toda la tarde chupando en lo de la Negra Felisa, debe estar durmiendo la mona de tanto vino  –dijo Marcelito cerrando el plan.
-Yo te hago el dos –formalizó Picana.
Salieron los tres del rancho del Sal Gruesa, bajaron la callecita rumbo al final del corredor, la oscuridad era cómplice y tapadera para los hambrientos compinches. Al llegar al final del corredor, doblaron hacia el barranco que los dejó en la parte de atrás de la última hilera de ranchos en donde vivía el Quemado. Bajaron entre los escombros y las bolsas con basura que la gente tira en el barranco, ahí se quedó Sal Gruesa cubriendo la parte derecha del fondo y con un puñadito de galletas para perros en la mano Picana seguía los pasos de Marcelito que a esa altura ya era el líder por determinación propia. Llegaron al rancho del Quemado y como quien siembra al boleo, dejaron caer frente a los perros las galletas, estos no demoraron ni un segundo en olfatear el manjar mínimo que les ofertaban los dioses de la noche. Los canes se relamían al tiempo que Marcelito en cuclillas les rascaba el lomo, felices los perros movían la cola reconociendo al visitante. Picana pasó a mimosear a los animales y Marcelito se dispuso a abrir la puerta del rancho con la mayor destreza de la que era capaz. Agarró con las dos manos la cuerda que servía de picaporte para entrar al rancho, levanto la puerta en seco evitando que crujieran la bisagras oxidadas, abrió la puerta hacia afuera siempre tirando hacia arriba con fuerza y la bajo luego de separarla del marco apenas medio metro. Con la plasticidad de movimientos que lo caracterizaba se metió en el rancho haciendo gala de su vista de lince y de su paso sigiloso. Atravesó la pieza de la entrada, dobló hacia el baño donde a modo del gallinero dormían las gallinas por las noches, no fuera cosa que algún ladrón atrevido quisiera robarlas del corral exterior. En la oscuridad del rancho, Marcelito vio durmiendo sobre el sillón a su ex-socio, pero sobre todo lo escucho roncar, con lo que llegó a la conclusión que tenía que ser muy descuidado o hacer un ruido muy fuerte para que el hombre despertara.
Corrió la cortina del baño que hacía las veces de puerta y forzando un poco mas la vista  vio dos gallinas que dormían cómodamente una sobre el water sin tapa y otra sobre la pileta destartalada que apenas se mantenía unida a la pared quien sabe por que extraña magia de la física. Con un movimiento perfectamente sincronizado y veloz agarró por el cogote a las dos gallinas al mismo tiempo sin que pudieran emitir un solo cacareo, con una gallina en cada mano, los cuellos largos y casi sin plumas quedaron apresados entre los dedos gruesos de Marcelito quien con otro movimiento certero revoleo las gallinas en círculos paralelos al techo como apas de molino, dejando los cuerpos prontos para su desplume. Con la misma destreza y velocidad que entró, Marcelito salió del rancho con las dos gallinas bajo el brazo, mientras el Quemado dormía como un bebe sin enterarse de que se quedaba sin alimento y sin huevos para la semana. Esquivando la línea recta del camino de regreso al rancho, Picana y Sal Gruesa reían por lo bajo mientras Marcelito les contaba al detalle los pormenores de la hazaña. Desplumarlas, destriparlas  y poner la olla sobre el fuego fue cuestión de media hora y por esas cosas que tienen los pensamientos positivos, una vez que se soluciona el problema mayor, los pequeños problemas se resuelven como por arte de magia. Como si todo hubiese sido coordinado desde hacia varios días, cayeron por el rancho Fabricio y la novia, Roberto y Mariza, el Gitano y Danilo. Todos, apenas se enteraban que se estaba preparando un guiso preguntaban que faltaba y salían cada uno por su lado a buscar algún producto para agigantar  las posibilidades del cocinero que por cierto y como siempre, era Picana. Así fue que la olla de veinte litros quedó repleta de contenido. Zanahorias, chorizo, papas, morrones, choclos, cebollas y tomates se cocinaban junto con las gallinas, que en honor al verdad hay que decir que mucha carne no tenían, pero pese a ser flacuchas de todas maneras eran las estrellas de la improvisada fiesta. Tampoco faltó el pan en abundancia y la damajuana de diez litros de vino que a nadie se le dio por preguntar de donde había salido, como tampoco nadie preguntó quien había conseguido plata para comprar gallinas. El arroz estaba llegando a su punto de esplendor y los comensales esperaban aferrados a las cucharas y platos que les habían tocado en el reparto, cuando la puerta del rancho tembló, por unos golpes cortos y desmesurados. Marcelito se metió bajo la cama de Picana haciendo gestos en silencio que claramente querían decir “no estoy- no estoy”, las caras de los que conocían la procedencia de las gallinas mutaron de fiesta total a disimulemos en un solo segundo, el resto de los comensales que no sabían la historia seguían hablando en voz alta como si nada. Se repitieron los golpes y el Sal Gruesa con cara de póker abrió la puerta.
-¿Están de fiesta? Se ve que la faena fue buena ¿no? –pregunto el Quemado con aliento alcohólico, los ojos irritados y el rostro visiblemente desencajado.
-¿Que haces Quemado? Si, nos juntamos con una damajuana y salió un guisolfo de lluvia. ¿Todo bien? –contestó Picana aguantando la risa con la valentía que dan unos cuantos vasos de vino.
-Todo bien no, todo re-mal. ¿Así que guiso no? Mejor no pregunto nada así no me salta el pistolero de adentro. ¿No vieron al Marcelito?
-Hoy temprano a la tarde estuvo por acá, pero después se fue creo que se iba para el Buceo a la casa de los primos –dijo Picana tratando de despejar la cancha.
- Ah, al Buceo. Si llega a venir decile que quiero hablar con el –y dicho esto hecho una mirada desafiante y llena de furia sobre todos los que estaban en el rancho y tiró hacia los pies de Picana un papel que tenía arrugado en las manos al tiempo que les daba la espalda masticando el sabor de la impotencia.
Picana tranco la puerta con el pasador, Mariza se dispuso a servir los platos, Danilo y Roberto repartían trozos de pan y el resto se iba acomodando en donde podía con los platos en la mano esperando el menú principal y preguntándose entre todos “¿que pasó? ¿que pasó?”. Marcelito salió de su escondite con una risa macabra de oreja a oreja y feliz como quien realiza un sueño largamente esperado. Sal Gruesa levanto el papel arrugado que estaba tirado en el piso a sus pies y mirando con cara de sorpresa a Marcelito le pregunto:
-¿Y esto?
-Se lo deje en el baño, por si extrañaba a los plumíferos –contestó entre risas de  placer. 
Sal Gruesa desenrollo el papel, lo aliso contra su muslo izquierdo y reconociendo la letra infantil y deforme del Marcelito, leyó:
“A mano, por la paloma de pelo largo que me robaste vos, sorete”.
 
fino.
 Noviembre 2018.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Hambre y cerrojos.


                                                                     


                                                        



Sobre la textura suave de tu cuerpo no descanso, brillo y bailo sin control.    Mi alimento, el nutriente primario que proviene de tus senos turgentes no me llega y ya no tengo colores en esta neblina de tiempo perdido. Casi como un lamento me desvela el deseo de morder, de llevarte a mi boca y de explorarte en la ceguera del amor. Cargo con la traición de los sentidos en este hastío, giro ciego en esta calesita infinita, giro, es todo lo puedo decir.
Ahora debo salir a ganarme la sangre que me falta para no sumarme al descanso triste y frío del desencanto. Los colmillos comienzan a asomar en mi boca pálida y tiemblo por los nubarrones que llegarán antes de la media noche. Saldré, debo salir. Necesito beber la sangre que me falta y la sed no muere con un solo trago, este apetito muere en carnosos bocados de tu fibroso cuello. No descansaré hasta que salga el sol o al menos hasta que aclare en este lado del mundo. Ya no descansaré, no miento, no sé mentir, tampoco sé reír. La noche me da alas y estas cadenas herrumbradas ya no pueden detenerme. Los dedos no me obedecen y solo consigo lamer la mezcla de espuma y anzuelos con las que me llenaron el vaso.
¿Ya me encontraste?
¿Ya me negaste tres veces?
Mi turno llega con tu silencio y saldré a devorar cuantas cosas deba de devorar, llegará también la hora de comer carne cruda, de sobrevolar la carroña que dejó la fiesta y llenar mi cuerpo destripado relleno de algodón y desconsuelo. No me busques más amor, no cuentes las horas felices, te dejaré sobre el estante todo lo que tenga para dar. Me iré murmurado sobre el fracaso de atar con alambre el resto de la vida que me queda. No puedo rediseñar este mapa petrificado, ni esconder las mareas en los pliegues de la noche.
 Escaparé hacia el patio, caminaré en círculos, detrás de las rejas, solamente daré vueltas alrededor de esas riestras de ajo con esta estaca de madera clavada en el corazón.
                                                                                                                             
fino.                                                                                                                 
             Música: Vampiro - Charly García - Pedro Aznar.                                                                           
                    Ilustración: Diego Soria.