viernes, 30 de abril de 2021

El mismo café.


                                          

Entró al bar y eligió la mesa del fondo junto a la ventana. Y sin que nadie le respondiera, su saludo quedó colgado del aire como todas las mañanas. El mozo preparó un café doble y cargado bostezando indiferencia, se lo llevó hasta la mesa junto con un vaso grande de soda en el más absoluto silencio, como todas las mañanas.

Felipe fue tomando el elixir caliente y amargo mientras leía un libro. Con el pasar de las páginas aburridas, la taza quedó vacía y su garganta reseca. Cerró el libro y bebió del vaso de agua con la urgencia que da el deseo. El primer sorbo helado y burbujeante estalló en su paladar despegando los restos áridos de la sed. Luego, trago a trago, el líquido fresco fue calmado sus ansias y mutilando los desperdicios de otra mañana perdida. Salio del bar sin dejar propina y jurando que nunca más volvería. Su cuerpo ya no soportaba los desechos que bajaban por su garganta: el café rancio, la indiferencia del silencio y la mala lectura.    

 

fino.

 

jueves, 22 de abril de 2021

La pesca.

                                             
                                 

-Gustavo. Gustavo. Es hora de levantarse - resonó la voz inconfundible del tío Alberto en el cuarto a oscuras.                                                                                                                                    Me tiré de la cama, la hora y el día marcado habían llegado. Más rápido que volando me calcé los pantalones vaqueros sobre la bermuda de baño, me puse las medias, los championes, el buzo azul y la campera para la lluvia a pesar de que estábamos en pleno verano. En un abrir y cerrar de ojos ya estaba en la cocina sentado a la mesa frente a una taza humeante de café con leche y unas tortas fritas que habían quedado del día anterior, toda una delicia para un niño de diez años recién levantado. En la cocina, mis tíos hacían los últimos aprontes, nos íbamos de pesca. Eran cerca de las cinco y media de la mañana, todavía el cielo estaba negro y estrellado, el olor fresco del rocío sobre el pasto y la arena llenaron mis pulmones al abrir la puerta del fondo de la casa en la playa. El tío Alberto y el tío Andrés, entre mates y café con leche, sacaban las almejas de la heladera, aprontaban las cañas y la valija de pesca. Yo, como buen peón primerizo, prestaba atención a todo y observaba cada detalle del ritual, cada forma, cada movimiento. El celo de los pescadores debe respetarse como a la bandera.

-Lleva la valija y los morrales hasta la camioneta – me pidió el tío Alberto.

-Si tío –respondí presuroso y excitado.

Ellos, los mayores, como siempre, se encargaba de cuidar, aprontar y manipular el tesoro: las cañas y los reels. En un par de viajes, desde la cocina hasta el fondo, todo el equipaje de pesca quedó acomodado en la parte trasera de la camioneta Commer marroncita, orgullo del tío Alberto.

-¡Tonny! ¡Tonny! –llamó el tío Alberto y ni bien terminó de pronunciar la última “y” apareció a toda carrera entre la ligustrina y los pinos del patio trasero el perrito negro. El Tonny volvía de quién sabe qué aventura nocturna, a fin de cuentas todos estábamos para disfrutar del verano y de las vacaciones en La Floresta.

El tío Andrés cerró la puerta de la cocina que daba hacia el fondo, y nos fuimos en silencio dejando al resto de la familia en pleno descanso. Mis tíos, el Tonny y yo subimos a la camioneta y partimos hacia la costa con las primeras luces del alba. Viajamos unos veinte minutos hasta la zona más alejada de la playa, la más tranquila y donde los bañistas casi no llegaban. Descargamos el equipaje, bajamos por la precaria escalera de madera en medio de los barrancos. Caminamos unos cuarenta metros hasta llegar a la orilla junto al espigón que, altanero y poderoso, se adentraba en el mar.                                                                                       El mejor lugar, el mejor pesquero, la zona de pique, como le gustaba decir a Andrés que, luego de años de experiencia y búsqueda, había llegado a dicha conclusión. Otro misterio develado para acrecentar mi propia caja de pesca, que hasta el momento solo tenía unos pocos anzuelos, algunos metros de tanza y muchísimas ilusiones.                                                            Esa mañana había poco viento pero no estaba frío, la marea parecía alta y solo se escuchaba el ruido de las olas rompiendo en la arena y contra el espigón. El Tonny ladraba y correteaba por la arena mojada persiguiendo quién sabe qué tipo de seres imaginarios en un constante ir y venir entre nuestras piernas y la arena mojada.

-Tonny, para un poco. Me vas a ahuyentar la pesca ¿Qué querés, que hoy no comamos pescado? –protestó el tío Alberto en tono de broma, mientras el tío Andrés encendía el primer cigarrillo del día.

Y así, con los primeros rayos de sol rompiendo en el horizonte comenzó el ritual. El tío Alberto abrió la caja de pesca, eligió un par de líneas de tanza mediana con tres anzuelos, ya empatillados, cada una. Dos anzuelos grandes, uno arriba, otro abajo y en el medio uno mediano para cubrir todas las posibilidades de pesca, alguna pieza chica o algo de mayor tamaño. El tío Andrés hacía lo propio pero a una velocidad más acorde con su carácter, tomándose todo el tiempo del mundo.

-Decime ¿Qué plomada ponemos para pescar acá en la playa? –me preguntó el tío Andrés.

-¿Hay rocas en este lado de la playa tío? –pregunté.

-No. No hay -respondió.

-Entonces esa que es como un triángulo, para que se clave en la arena y no la arrastre la corriente –dije muy seguro.

-Bien. Muuuy bien –dijo el tío Alberto al tiempo que mi otro tío sonreía orgulloso. Automáticamente se me infló el pecho de orgullo                                                                            –Me parece que hoy vas a dejar la playa sin un solo pez, mira que nosotros también queremos sacar algo.

La sonrisa de felicidad en mi cara fue tan elocuente que ahí mismo todos comenzamos a reír contagiándonos al instante. El tío Alberto terminó de armar las dos cañas y abrió el paquete con las almejas que servirían de carnada. Sacó el cuchillo, la tablita de madera y abrió unas almejas por la ranura que tienen entre las valvas. Cortó en pequeños pedazos el manto de las almejas y encarnó cada uno de los anzuelos. Se limpió las manos con el trapo que prolijamente llevaba siempre asomando en el bolsillo de su short. Así quedó todo listo para comenzar la aventura.

El tío Alberto ya había lanzado su reel cuando el tío Andrés me pasó la caña chica, mientras que me repetía por milésima vez la formula correcta del lanzamiento, los cuidados que debía tener y, sobre todo, que no dudara ni un segundo al momento de lanzar la línea al  agua.                      Tomé la caña de la manera más natural posible, mientras que por dentro temblaba como tiritando de frío. El gran momento había llegado. Me acerqué a la orilla bajo la atenta y supervisora mirada de mis tíos. Me pare sobre la arena mojada, afirmé mi postura separando las piernas, puse mi pie izquierdo un poco más adelantado que el derecho. Llevé la caña hacia atrás sobre mi hombro derecho, calcé la mano izquierda sobre la parte baja de la empuñadura de la caña. Afirmé la mano derecha junto a la base del reel y con el pulgar de dicha mano, aflojé el seguro. Trabe el carrete con ese mismo pulgar. Tome valor y con un movimiento rápido, seco y seguro, dejé escapar la línea que junto al peso de la plomada dibujo una parábola perfecta en el aire incrustándose en el mar a unos cincuenta metros de mis pies.

-Buena cheee –dijo el tío Alberto y me hizo sentir tan orgulloso y vencedor como aquella vez que atajé un penal frente a todos los vecinos en la canchita del barrio.

-Te dije que lo íbamos a sacar bueno –gritó el tío Andrés escondido tras el humo de su cigarrillo que no se descolgaba de sus labios finos.

Allí estaba yo, sonriente, expectante, luego de tres días de intensas practicas arrojando y recogiendo mil veces la línea sobre la arena, lejos del mar, intentando ganarme el derecho. Tres días donde solo había escuchado a mis tíos alternándose al decir: “Para aprender a pescar, hay pasos que se deben respetar. Y sobre todo practicar, practicar mucho. Hay que saber como tirar, como recoger y los cuidados que hay que tener con los anzuelos. Mirá si te clavas uno, como le explicamos a la Martha. No, no es fácil”.

Pero yo, ya lo había logrado. Estaba pescando. Ahora lo que venía era esperar. La pose de pecador experto y esa mezcla de calma y ansiedad, ya las tenía incorporadas de tanto mirarlos pescar.  Yo disimulaba la inquietud mirando hacia el punto exacto donde se metía la tanza en el mar.                                                                                                                                                            La paciencia del pescador, observar, imaginar que sucede bajo el agua.                                       Mi cabeza viajaba lenta y segura. La espera se transformó en repaso de las tablas, en recordar los chistes del tío Andrés en el asado de la noche anterior, en idear una táctica para ganar el partido de paleta contra el tío Alberto, o en cómo hacer para ganar el pozo gigantesco de la conga familiar de cada noche.  Solo necesitaba paciencia y aguardar que una boca hambrienta mordiera el anzuelo. Paciencia, solo necesitaba paciencia.                                                               A pocos metros, el tío Alberto me hacía saber con un gesto muy particular de su boca que una probable pieza jugueteaba con su carnada sin morderla totalmente.                                              El, a menudo, solía hacer ese gesto como tirando besos al aire y cuando lo hacía, al ratito pegaba un tirón hacia atrás con la caña y comenzaba a recoger la línea y generalmente aparecía en la orilla el lomo plateado e inquieto de un pez que con movimientos espasmódicos sobre la arena trataba de desprenderse del anzuelo y de su final. Y esta vez también lo hizo y una hermosa burriqueta de casi medio metro pasó a formar parte de la pila de pescados que ocultábamos en un pozo, lejos de la vista de otros pescadores curiosos. El Tonny correteaba ladrando y festejando el logro de su dueño. El tío Andrés miró la pesca de Alberto y en silencio, seguramente la comparaba con las otras cinco que el ya había sacado antes, pero que por su modestia traída de fábrica le impedía jactarse.                                                                               Otro código de honor para la lista.                                                                                                       Los tíos hablaban del posible acompañamiento de los manjares que habían capturado, cuando sentí en mi propia línea el tirón en la tanza que reposaba sobre mi dedo índice.                           Un cosquilleo y otro tirón más fuerte después. Ahí fui yo quien pegó un tirón con la caña hacia atrás, aflojé un poco la línea y esperé un segundo, recogí lentamente y ¡ZAS! , sentí otra vez el tirón en la otra punta de la línea y si… la presa estaba enganchada. Las palpitaciones de mi corazón fueron en aumento y el nerviosismo se mezcló con la excitación de lo hazañoso.

-Tranquilo, tranquilo –me dijo el tío Andrés al ver mi reacción ante tan maravilloso evento.

-¡Pero m´hijo, pssss! Acordaté lo que hablamos –dijo el tío Alberto.

Y así fue. Repasé mentalmente paso a paso cada consejo y recordé cada día que los miraba pescar y yo deseando hacerlo. El Tonny comenzó a saltar a mis pies como si supiera lo que estaba naciendo dentro de mí, y yo creo que lo sabía. Respiré profundo, comencé a recoger la línea con calma y de manera firme para no entreverar la tanza y evitar una futura galleta, como los tíos me habían enseñado. El momento anhelado se completaba.  El círculo cerraba de una manera perfecta.                                                                                                                                      Así lo pude comprobar cuando al romper la ola, entre un amasijo de arena mojada, agua y restos de espuma, vi el lomo de un gigantesco pez de unos quince centímetros de largo y unos ojos grandes como el sol anaranjado que ya se había separado del horizonte.

 

fino.

Abril 2021.

 

martes, 20 de abril de 2021

La Pelea sin Ring.

                                        


 Era un hombre diferente. En sus ojos hundidos se escondía la locura y
en sus labios un discurso desesperado que no paraba de vomitar.
Afuera todo se desplomaba, el cielo y los nubarrones carbonizados
lloraban copiosamente sin lavarlo de culpas. Tenía la melancolía
tallada en la boca y con cada mueca iba manejando las palabras que
repasaba y recitaba una y otra vez. No confiaba en que alguien lo
quisiera escuchar. La tormenta, los truenos ensordecedores solo le
acentuaban la tristeza. Un rastro de pensamientos viejos y amargos lo
rodeaban, se podía ver en los surcos que sus dedos crispados
dibujaban en su grasoso pelo revuelto. Estaba cayendo al vacío.
Estaba cayendo en sincronía con el agua furiosa que se descolgaba
del cielo. Agua que beberían los desagüesy las bocas de tormenta.
Se fue quedando sin preguntas, se fue quedando sin poder justificar
las respuestas. Imploraba por alguien que lo pudiese rescatar.
Estaba pálido. Tenía la última jugada en una ficha con muy poco valor
y... cortó los cables.
Temblaron los vidrios, los espejos, vibraron las puertas ,el cristalero.
El pánico y la insania habían llegado por él.
Fijo la vista en la pared descascarada mientras escuchaba voces y
palabras que se entreveraban con la lluvia que caía incontrolable.
Se cubrió el rostro con las manos, dejó escapar un largo gemido.
Ya no tenía maneras para decir “lo siento”, estaba condenado a las
sombras espectrales de los bares.
Sin pensar y sin rumbo salió a la calle. Fue atravesando avenidas,
plazas y calles, rodeado de un silencio protector. Se ponía en guardia
y amagaba con golpear a quien se le cruzara. Hombres, mujeres,
guerreros o perdedores. Daba saltos, hacía fintas y movimientos de
boxeador acorralado, frente a los autos, frente a los transeúntes que lo
miraban perplejos.
Peleaba contra su dolor. Peleaba sin saber como había llegado al
cuadrilátero. La campana sonó.
Escupió el protector bucal, la sangre brotó imparable desde sus cejas.
Bajó la guardia y cayó al suelo empapado de la avenida.
Puso los brazos en cruz.
A su frente, en lo alto del cielo, estaba la sombra borrosa de su rival
que, sin siquiera tocarlo, lo mandó a la lona.
Un hombre diferente, no pudo reaccionar.
Otro golpe de knock-out.

 

fino.

Abril 2021

jueves, 8 de abril de 2021

Sin caminos.

                   


                        

Fue como un golpe de un peso pesado.

Un impacto directo sobre el lado izquierdo de su cara, un choque que sacudió las pocas ideas que tenía y las perezas más arraigadas de su cerebro. Con el pelotazo la boca se le fue deformando, la mandíbula a toda velocidad se corrió hacia la derecha y los ojos apretados intentaban espantar el dolor. Automáticamente le explotaron colores brillantes bajo los párpados cerrados. Puntitos rojos, azules, verdes, rosados, destellos blancos y negros, rayos calóricos incendiando, desfigurándole la cara. Por un instante lo comparó con un martillazo sobre los dedos o una pedrada en la cabeza. Pensó en insultar hasta rajarse la garganta. Lo pensó una milésima de segundo, mientras su cara, gomosa, se doblaba incontenible ante otro azote imprevisto del destino.

Tanto sufrimiento acumulado, tanta angustia de querer y nunca poder, tanto esperar un golpe de fortuna, y solo recibía este golpe que le aflojaba los dientes y lo anestesiaba sin piedad. Era un hombre cansado, sucio y miserable rogando por una tregua inalcanzable. El pelo ondulaba sobre su cabeza que porfiada se resistía a despegarse del cuello. La nariz se le iba retorciendo bajo la presión del impacto traicionero, se unían las fosas nasales hasta confundirse en un solo agujero negro, como una autopista directa hacia su interior gastado y gris.

El calor del cuero lo quemaba, lo perseguía acercándolo al infierno, mientras la pelota seguía incrustándose en su rostro hasta formar parte de él.

Piel, cuero, pelo, ojos, boca y nariz, una masa homogénea y deforme.

Así era su vida, un suplicio lleno de odio y luces infernales. Ya no importaba, no pensaba abrir los ojos ante otra pequeña muerte.

Su cerebro intentó decodificar el dolor y el fracaso. Se preguntó qué oscuro maleficio lo hizo atravesar la plaza en medio de un partido de fútbol.

No era solo un accidente.

¿Para qué ganar tiempo y llegar antes a ninguna parte?

¿Para qué llegar antes donde nadie lo esperaba?

La pelota se separó de su cara y cayó sobre el pasto, pero estaba claro que hoy su vida no iba a cambiar.   

 

 

fino.

Abril 2021.

                        


martes, 30 de marzo de 2021

Mejor callar.

                           

Los motivos le sobraban, pero se habían transformado en simples excusas. Una pena, lo asumía y ya no le molestaba. Alejó con el dorso de la mano derecha el vaso vacío y levantó la vista buscando al cantinero. Lo vio sirviendo una grappa con limón a otro borracho que balbuceaba en la punta del mostrador, a unos siete metros de él. Se quedó mirándolo y vio cómo la cara se le doblaba, gomosa, al tomarse de un sorbo del veneno recién servido y adivinó como desde el fondo de su última vida ese bebedor pedía que le repitieran la dosis. Marcos apartó la vista para no encontrarse a sí mismo, pero  a su frente, en el espejo estaban todos los perdidos, los ahogados, todos en uno solo, aunque en ese momento y en ese lugar estuvieran solo ellos tres.

-Walter, servime otra -dijo cuando comenzó a encontrarse en el espejo

-Ya te dije mil veces que no me llamo Walter y si no la cortás te lo voy a explicar de otra manera –contestó furioso el cantinero.

-Pero que sensible. ¿No es que el cliente siempre tiene razón?

-Si, los clientes, los pedazos de mierda no.

-Opa...creía que los que pagamos por algún servicio somos clientes.

-No todos, no los pedazos de mierda con plata -dijo al tiempo que le llenaba hasta la mitad el vaso con whisky importado y caro.

-¿Querès que te diga algo Walter?

-No, no quiero que me digas nada. Quiero que me pagues y que te vayas arrimando hacia la puerta. Ya no te voy a servir más -dijo subiendo el tono de su voz y apoyando sonoramente la botella sobre el mostrador, mientras ponía las manos a los lados de la botella golpeada.

-Bueno, bueno, no es para tanto. Yo solo quería contarte algo que quizás te podía interesar.

-Nada de lo que vos digas puede servirle a alguien.

El cantinero levantó de un manotazo la botella de whisky y la acomodó junto a las otras que desbordaban el aparador espejado y amplio. Dio unos pasos, se acercó hacia la caja registradora y se acomodó molesto sobre un banco alto en su lado del mostrador. El bar en penumbras replicaba la humedad, lo negro de la calle. La lluvia, las luces moribundas y la tristeza de otra noche de Julio castigaban sin piedad la ciudad somnolienta.

-Algunos somos felices, otros trabajan en lugares que no soportan. Otros apenas aguantan su vida y otros a veces sonríen. Pero creo que a vos ya no te queda nada -dijo Marcos con los labios rozando apenas el vaso recién servido.

-Que sabés vos monigote, callate. Haceme un favor y no me hables más ¿querés?

- Yo solo quiero salvarte, lo que pasa es que la realidad te supera y es difícil asumirlo.

La mirada del cantinero cortó como con una espada afilada la niebla pegajosa que lo separaba de Marcos. No se levantó, solo lo miro lleno de rabia y de dudas pensando en cuál sería la próxima estupidez que debería soportar. Marcos se levantó despacio con el vaso en la mano, caminó los siete metros que lo separaban del otro cadáver viviente, que no se había enterado de nada, o al menos su alma inundada no lo demostraba. Llegó hasta él, le pasó la mano por sobre el hombro y casi susurrándole al oído le dijo:

-¿Sabe algo amigo? La mujer del cantinero le pone los cuernos conmigo.

Un rayo hecho puño y brazo pasó zumbando la cara de Marcos y por el impulso, el cuerpo del cantinero quedó acostado sobre el mostrador. El pecho sobre la barra y la cabeza colgando hacia el precipicio, y antes de tener la posibilidad de un segundo intento Marcos le rompió el vaso en la sien. Lo que ahuyentó el silencio fue el gruñido ahogado del cantinero al quedarse desmayado y fuera de combate.

Los ojos rojos y perdidos del borracho miraron la figura borrosa de Marcos que se movía frente a él, escuchó que su copa se llenaba sin decir las palabras mágicas que la falta de dinero no le permitían decir. Sin verla completamente pudo oír el ruido de la botella amarillenta llena de líquido y rodajas de limón al apoyarse a su lado, y fue una música celestial. Bebió de un trago su vaso, se escondió la botella bajo el abrigo y salió a los tumbos del lugar. Hay quienes aprovechan sus oportunidades, esas cosas nunca van a cambiar.

Marcos se acomodó la ropa, levantó su maletín del suelo, dejó dinero junto al cuerpo inerte del cantinero y sin mirarlo ni nombrarlo habló en voz alta para que escucharan todos los fantasmas, todas las almas en pena que flotan dentro de los bares vacíos.

-Ella te va a dejar. Yo solo quería salvarte.

Las palabras rebotaron en la nada.

Salió caminando sin angustia, sin prisa. En la vereda encendió un cigarrillo y mientras la lluvia lo refrescaba, buscó más razones para olvidarse de otro día inmundo. Pero no encontraba motivos, solo le sobraban excusas.


 fino.                Del libro Mil Bares

Música: Noche de Perros - Seru Giran 

Marzo 2021

jueves, 25 de marzo de 2021

Dos gotas de amor.

                                                    



Vale lo miraba desde atrás de los ojos, desde el fondo de su alma. Las pocas veces que habían sido felices dormían lejos, allá, en el pasado. Hoy buscaba otros horizontes y no permitiría que la volvieran a herir. Dos perlas de sangre y amor colgaban de su collar brillante, eran perlas que le iluminaban el rostro mucho más que el sol.

Ella brillaba en la oscuridad, también bajo el sol o cuando su pelo negro y revuelto le caía por la cara como lluvia, y la protegía del viento, y de miradas indeseables. Ella era fuerte.

-Vale, perdón –dijo Marcos intentando retenerla otro instante.

-Ya te perdoné, pero también te dije adiós. 

Vale remarcó sus palabras con un gesto de su boca, ese que Marcos conocía muy bien. Era el fin. Ella se levantó de la silla, lo dejo solo en la penumbra de la sala del apartamento que ya no compartirían. Bajo los pasos firmes de Vale morían años de vida en común, miles de deseos y cientos de promesas incumplidas. Ella ya no quería jugar al amor. Cargó en la mochila las pocas cosas que había dejado la última vez y ahora, mientras caminaba por las vísceras de Montevideo, enterraba los huesos blancos y resecos del amor. Cuando aquella vez Marcos viajó en busca de un futuro para los dos, ella aun confiaba, aun creía en algo mejor, hasta que comprendió que seguramente el no volvería, no volvería a ser el mismo.

Ella había dejado de escribirle por qué hacerlo le hacia daño, dejó de responder sus mensajes para recordar que estaban lejos y que nunca nada sería igual. El tiempo había arrasado con todos los puentes y de su historia solo quedaban algunos pedazos, algunos rincones semi-cubiertos en los que esconderse a llorar. Fue difícil descubrir que ese amor no conducía a nada y ella lo fue soltando en su soledad desterrada, lo fue liberando, a escondidas dentro de la piel que la cubría. El también, a diez mil kilómetros de distancia. Era culpa del puto dinero, del destierro que separa, que devora y que va marginando hasta apagar el deseo y la pasión. Ahora, mientras ella se alejaba caminando en la avenida, el, cobarde y vencido, no había podido devolverle la fe. Esta vez lo habían dejando para siempre. Ella comprendió a destiempo que, lo que nunca es, nunca puede durar, y se escapó de todo, de sus miedos, de ella y de el. ¿Que tenían para darse? ¿Sus cuerpos? ¿Las ganas de comerse el mundo? Ese mundo que ahora entraba en cuatro baldosas. Nada podía salir bien, y si algo había salido bien, fue por pura casualidad o porqué la estrella que cayó aquella noche desde el cielo, les cumplió el deseo que solo se da una vez. Pero los caminos son para andar y muchas veces hay que hacerlo sin preguntarse demasiado. Y de eso si que sabían. Ella y su piel morena necesitaba encontrar las caricias justas para cambiar de rumbo, como el que marcaba su lunar descolgado de la boca.

Necesitaba esperanzas, necesitaba vivir sin esperar por nada, ni nadie.

Vale se fue sin mirar atrás, encendió un cigarrillo, se acomodó los auriculares y subió el volumen. El modo aleatorio se accionó y como esas cosas que suceden pocas veces, mágicamente, como aquella primera noche, García le regaló “No te animás a despegar”. 

 

fino.

 

miércoles, 27 de enero de 2021

Otros relatos. by Mariella Delfino.

                                                                          



 

https://issuu.com/mmblue/docs/otros_relatos 

Relatos breves escritos a cuatro manos.

autores : Mariella Maisonnave y fino.


 

martes, 26 de enero de 2021

Vos lo sabes.

                                                         


  
                                                                                                          

 Un café frío y con espuma.

sentado en un escalón vencido

de una escalera mucho más que triste.

Ahí, en frente,

la gente desfila, habla, llora.

Vos abierto

dormido

esperando no sabría decirte qué.

¿Vos lo sabés?

¿Donde estará tu sonrisa, tu lengua veloz?

Me quedé frío como vos,

mis huesos crujen

mis piernas tiemblan

y no sé que decir.

¿Vos lo sabés?

Estar un poco más solo

más indefenso

es parte de este paisaje.

Ellos ahí, en frente

desfilan

lloran y recuerdan.

Los árboles y las hojas caen alfombrando el piso,

abonando la tierra

que nos come poco a poco.

Nos comerá.

¿Vos lo sabés?

Y las risas y las brasas

y las horas posibles, y lo que faltó hacer

y lo de siempre

¿vos lo sabés?

Un café frío y con espuma

mientras miro como te llevan de paseo

lleno de flores.

¿Vos lo sabés?

                                                                                                    a Gustavo.

viernes, 15 de enero de 2021

Adiós.

 


Tu foto y un café junto al cuaderno

tu voz reverberando en mi alma.

La carne y su territorio

tu perfume y los rumores de guerra.

No tengo miedo

ya no queda sangre ni espanto del cual curarse,

sobre las casas, sobre las nubes negras del mal humor.

¿Morirá esta angustia al apagarse la vela?

Miles de años

unas pocas horas

otra carta sin remitente ni destino

en el buzón de nuestra historia.

Ya no querés verme

me duele

me lastima.

De pronto todo es tuyo

mi piel, mi sangre hirviendo

sin duelos

sin pedir nada a cambio

sin duelo ni disculpas

de pronto todo es tuyo.

El débil perfume del tiempo restante

se esfuma al besar mis libros

mis discos

los farolitos de papel.

Es hora de callar.

Las fotos borrosas se van apagando

descoloridas

solo quedan

mis objetos amados

colgados de la estrellas

de los relojes sin agujas ni tiempo.

Decime que sentís

decime que ves

mientras me voy de tu mente.

Él mapa del tesoro, amor

vuela y no regresa.

Decíme que sentís.

                                                                                                                                                                                                                                                         Enero 2021

 (Música de fondo:  Los Restos de Nuestro Amor- Fito Páez)

martes, 12 de enero de 2021

Para qué palabras.

                                             



Mejor no decir

mantener el silencio

retener tu aroma

mientras las paredes caen.

Si los desechos de esta poesía

alfombran tu paso marcando el rumbo

¿Para qué hablar?

Tus palabras que lastiman

las mías y su rudeza  

mejor no decir

y poner flores sobre esa mesa vacía.

Y empiezo a caminar

en los restos de la tarde

con caricias y miserias

¿Para qué hablar?

En el ojo del huracán

recuerdo de besos y caricias

cultivan nuestra certeza

¿Para qué palabras?

Mejor no decir

y poner flores

sobre esa mesa vacía.

 

De Infierno a infierno.

 


 

Escribo una vez más

al derecho y al revés,

una vez y otra más

desde atrás hacia adelante.

Recomenzar bajo un sol que arde

desde el cielo

desde el suelo

de infierno a infierno.

Bajar al papel

este blues simétrico y bestial,

bajar al papel amarillento

cada grano de arena

que va amontonando el tiempo,

que va amontonando el tiempo.

Recomenzar bajo un sol que arde

desde el suelo

desde el cielo

de infierno a infierno.

Escribo a tientas

sobre tu piel y sin tinta

dibujando a carbón en tus muros

con alguna perfumada flor.

fino.

jueves, 10 de diciembre de 2020

Hoteles.

                                            


              

Tu cadera sobre sábanas revueltas,

dormís con collares y tatuajes

sobre los despojos del amor.

Las copas caídas

los envases vacíos

los sudores secos

rotos

quedaron amontonados en el colchón.

Desde la silla

                 (mi trono a tus pies)

te miro dormir

y acuno tus sueños

mientras una vieja melodía

va descorazonándome.

Busco el plano adecuado

por todos lados

por cada rincón,

tu amor es un incendio

que devora puertos

tardes, paredes y silencios.

Ahora solo tengo distancias

que necesito enterrar.

Tengo el ojo inquisidor

y el alma enferma,

mi cabeza quiere y no puede

todo se esfuma

todo se va borrando

hasta desaparecer

apretado en el puño del tiempo.

Será?

 Somos extraños?

Queda poco espacio

y no basta con llevar flores,

con hacer visible el deseo.

Lo que mata es la rutina

no basta con sacarle lustre

a los zapatos gastados.

 

 

fino.