martes, 26 de marzo de 2019

Esperando

                                                         




Te estuve esperando sentado en el muro descascarado
en la plaza, ahí, te estuve esperando
edificando castillos con botellas.
La luna chorreaba remolinos de polvo
y despintaba los ladrillos rojos
mientras ahí, te estuve esperando.

Te estuve esperando
cerca de hierros oxidados
que alguna vez sostuvieron juegos y anuncios,
deshoje sueños que se tragó el pasto.
Estuve esperando tu cintura
  (verte llegar remontando la escalera de Propios)
brillando bajo la luz de mí deseo
días y días, noches y más noches, esperando.


Te estuve esperando
mientras veía cambiar el paisaje, los años
moldeando mi cerebro con mordidas de serpientes.
Cayeron cuerpos, vidas y ramas
almas heroicas bebieron de las raíces
el llanto de nuestro canto.
Estuve rodando desde el pasto hasta el muro,
desde el cielo al infierno,
intentando ser y parecer, mientras te estuve esperando.

Te estuve esperando
crecieron mis ansias y tu vientre
cada herida se hizo carne
mientras te estuve esperando.
Te estuve esperando
colgando mis caricias y mis santos del árbol mas alto
para que cuando llegaras, supieras
                   que te estuve esperando.

fino.

Música: Llorando en el Espejo- Seru Giran.

viernes, 22 de marzo de 2019

Cinco besos.


                                                         



Cinco besos después de mil años,
mis labios anclados en un sueño
y en todas las cosas que faltan decir.
Estamos frente a frente
aun no he hablado
 solo trato de entender
cuando tus ojos me esquivan.
Peores sueños he tenido en la nieve
y este amor es un revolver
perforándome la sien.
Quedé colgado en el parque
mirándote la espalda
que vuelve a desaparecer.
La tarde sofoca, gotea sal
y mis manos sin poder tocar,
deseando.
Solo cinco besos después del después
y un vacío que me parte en mil partes
 por no poder darte luz donde quiera que estés.


fino. 

Música: No sufras - Claudio Taddei 

miércoles, 13 de marzo de 2019

La Gárgola.

 

                                                                             

                                                                    


Le decíamos “La Gárgola”, estaba siempre perdido en los rincones y hablaba  muy poco. Era desgarbado y de tan alto se le formaba en la espalda una joroba que lo encorvaba hacia adelante. Su pelo largo y desmechado ocultaba sus rasgos aniñados y un par de ojos tristes que daban la impresión de estar pidiendo auxilio. Llegaba cada tarde a donde nos juntábamos, saludaba mascullando un “Hola” casi imperceptible y se quedaba a un costado. No se sabe quién lo había arrimado a la barra, pero él se fue quedando hasta hacerse parte del paisaje. Casi nunca decía más de dos o tres palabras, habláramos de música, de sexo o de bueyes perdidos. Era generoso a la hora de la colecta para cervezas, vino o para hacer refuerzos y muchas veces era el único que tenía plata. En esos días gastábamos horas y noches sentados en la plaza analizando el mundo, la revolución y elaborábamos las más complejas teorías sobre cómo cambiar la sociedad con la filosofía que nos inspiraban los culos de las botellas que, vacías, íbamos apilando. “La Gárgola” siempre llegaba cuando todos ya estábamos reunidos desde hacía rato, saludaba y se acomodaba en un rincón sin hablar. Pocas veces reía cuando los vapores del alcohol nos disfrazaban de payasos pasadas las dos de la mañana. Candidato y blanco fácil de las bromas, otras veces luego de que hiciera el aporte para la colecta, lo dejábamos solo en un murito esperando, mientras nosotros nos perdíamos caminando la madrugada entre divagues y charlas de borrachos. Nunca se molestaba, era un tipo manso, no peleaba ni discutía, él simplemente estaba ahí.

Una tarde el padre Julito, un amigo de la barra, vino a contarnos que se habían llevado preso a su hijo, por haberse entreverado en un negocio turbio. Quedamos impactados y sin poder encontrar consuelo por su mala suerte Después del relato y las explicaciones del veterano, cuando la charla cayó en el silencio de la incredulidad y la impotencia, “La Gárgola” llamó aparte al padre de Julito y se pusieron a charlar durante unos cuantos minutos. Vimos que “La Gárgola” le daba la mano al viejo y desde lejos, mirando a la barra, saludó despidiéndose. Nos dio la espalda y se fue caminado por un sendero de la plaza hasta perderse en la avenida. El padre de Julito se acercó y con cara de asombro preguntó:

-¿Quién es este muchacho?

Le explicamos que no lo sabíamos muy bien, que en realidad lo conocíamos muy poco. El viejo, con los ojos vidriosos y sin entender muy bien, nos dijo:

-Este muchacho dice que no me preocupe. Que en dos días viene y me trae plata para pagar un buen abogado que saque a Julito de los problemas. Quedamos impactados, incrédulos, y sin entender nada. Empezamos a tirar de la madeja, a hacer conjeturas, a rastrear como sabuesos, alguna pista que nos permitiera comprender. Alguien dijo que “La Gárgola” era de familia acomodada, otro, que los padres tenían un comercio. Otro, que había heredado una pequeña fortuna. La verdad es que nada estaba claro, navegábamos en un río de suposiciones que no hacían más que entreverarnos la cabeza. Lo cierto es que, devorados por la profundidad de la noche, nos fuimos a dormir sin entender mucho qué era lo que estaba pasando. Algunos días después, ya con Julito entre nosotros, luego de arrepentimientos y de historias para el olvido, no podíamos sacarnos de la cabeza la imagen de “La Gárgola” entregándole al padre de Julito un sobre repleto de dinero y colaborando con un grueso puñado billetes para la colecta nuestra de cada día. Aquella tarde tampoco habló. Simplemente se acomodó a un costado y soportó nuestras risotadas, nuestras bobadas. Solo hacía muecas apagadas que, en su idioma, era toda una muestra de felicidad. Ese día dejó de aparecer, de la misma manera que había llegado se fue, no lo vimos más. Miento. Vimos su cara en un recorte de diario que contaba la noticia de un delincuente muy buscado y peligroso que a punta de revolver asolaba un barrio pudiente desde hacía varios meses. Un joven violento y despiadado a la hora de los hechos, rezaba el pasquín.

 

fino.                                                                  ilustraciòn: Diego Soria.




miércoles, 23 de enero de 2019

En tus manos.

 

                                              


 

 

Una flor , una luz, tu amor
las cortinas y tu pan.
La costumbre
mis piernas, tus dientes
imagino
solo imagino,
no hay falla.

fino.

miércoles, 9 de enero de 2019

Los disparos



                                                                        

A Gonzalo lo despertó el rocío de la madrugada cayendo sobre su cuerpo desflecado. Desmayado por el alcohol dormía desde hacia tres horas sobre pasto húmedo en la soledad de la plaza que esta en medio de las viviendas. Los pies helados, la boca pastosa por una sed asesina terminaron de sacarlo del colapso. Una luz mortecina iluminaba desde hacia rato el contorno de los bloques de apartamentos de paredes grises y de ladrillos rojos gastados por tanta intemperie y demasiada tristeza. Se levanto como pudo, trastabillando hasta que encontró el punto que lo retuvo con los pies sobre la tierra ya que su cabeza estaba en algún planeta perdido. Rebusco en los bolsillos del pantalón vaquero haciendo equilibro sobre una cuerda floja imaginaria, se aferró a la pelusa del bolsillo izquierdo y a los billetes arrugados del derecho. Respiró profundo el aire de la madrugada de cara al cielo y con los ojos apretados intentó matar las voces que no dejaban de atormentarlo, voces de tonos deformes y fuera del rango animal. Voces que le habían quedado rondando de la fiesta y de la charla entreverada antes de terminar dormido sobre el pasto. Ahora estaba solo. Abrió los ojos, caminó por las sendas de baldosas destruidas y tramposas mientras intentaba ordenar sus necesidades.
Su cerebro logró codificar : Frío. Hambre. Sed.
Atravesó la cancha de basket, los juegos infantiles, el terraplén, y bajó las escaleras que lo llevaron a la avenida. Alejandro y Javier arreglaban el mundo que giraba alrededor de su mesa y de la tercera botella de vino tinto que se tomaban en el bar, cuando vieron a través del ventanal a Gonzalo que se acercaba caminando eludiendo toda línea recta. Se quedaron mirando a su amigo al que unas horas antes habían dejado durmiendo en la plaza de todos los días. Alejandro despegándose apenas de su asiento se inclinó sobre la mesa y con las piernas corrió un poco hacia atrás su silla, al volver a acomodarse pensó: “que hijo de puta, ya esta arriba otra vez”. Javier apoyado con los codos sobre la mesa, unía las palmas de las manos junto a su pecho e imaginaba la cara pondría Gonzalo al leer la carta que debía entregarle. El bolichero con los ojos escondidos detrás de unas ojeras inmensas, vio que Gonzalo atravesaba la puerta del bar  y de inmediato  supo que su cama y su mujer, escaleras arriba, iban a tener que esperarlo unas cuantas horas más.
-¿Que te sirvo Gonza? ¿Lo de siempre?- preguntó resignado el bolichero.
-Si Boliche, pero triple, sin hielo, un buen vaso de agua fresca y también algo para masticar. La puta que me parió, se me parte la cabeza y estoy cagado de frío –dijo apenas dejo caer su cuerpo sobre una silla de madera que crepitó como en el centro de una hoguera.
-¿Descansaste un poco, eh animal? –preguntó Alejandro con una sonrisa cómplice pintada en la cara, mientas escarbaba con las uñas de una mano la unión de dos tablas de la mesa.
-Quisimos despertarte para que vinieras con nosotros, pero fue imposible. Estabas muerto –dijo Javier.
-Si. Me estoy pasando de tragos y de mambo. Tengo que encontrar la manera de aflojar un poco, pero la verdad es que tengo la cabeza en cualquier cosa.  Prefiero estar anestesiado y no pasarme todo el santo día comiéndome el coco –confesó Gonzalo.
-Decídelo a mi si chupará, que en este mes duplique las ventas –dijo el bolichero mientras descargaba el contenido de la bandeja sobre la mesa.
-Se ve que mucha guita no ganás, mirá los refuerzos de mierda que haces para tu clientela  –bromeó Alejandro cuando el bolichero volvía hacia al mostrador.
Mirando a Gonzalo, Javier sacó del bolsillo de su campera la hoja doblada que tanto lo angustiaba y que le pesaba mas de una tonelada pues intuía que muchas cosas cambiarían apenas entregara ese maldito papel, apoyó la carta en la mesa y le dijo:
-Gonza, mientras dormías vino Sandra. Trató de despertarte y como no pudo se fue al toque. Me dejo esto para vos. El rostro de Gonzalo cambió de color, de gesto, fue un golpe inesperado  separó los labios para susurrar algo que se ahogó de inmediato en el aire espeso del bar. Agarró con fuerza la hoja que comenzó a temblarle entre los dedos crispados como si estos hubiesen leído en braille lo que Sandra había escrito. Sus amigos captaron la imposibilidad de cualquier diálogo entre los tres y se enroscaron  hablando entre ellos dos de bueyes perdidos. El bolichero sentado detrás del mostrador, enjabonaba y enjuagaba vasos percudíos en un ritual mecánico y aburrido, que solo interrumpía para controlar el panorama despegando apenas la vista de su rutina sin levantar casi la cabeza. Gonzalo se paró, terminó de un trago el liquido de su vaso, caminó hasta el baño y entró, con la espalda trancó la puerta y envuelto en el vaho que desechan los cuerpos quemados por el alcohol, leyó la carta.

“Vuelvo a lo de mi madre. Estoy cansada de andar rodando de casa en casa. Estoy cansada de las noches largas y de sus ruidos, agotada de rebotar entre toda la basura en que nos metimos. No te culpo, yo también lo elegí. Quiero que sepas que estoy embarazada y que pienso tener el bebe. Que es solo mío, no nuestro. Es lo único que me pertenece en toda la mierda que me rodea y espero que sea lo que me traiga de nuevo a la tierra. Vos siempre me decías que volviera a mi casa, que en ningún lugar iba a estar mejor, que no importaban los problemas que tuviera con mi madre, que nada podía ser mejor que estar ahí. Recién ahora lo entiendo. Vuelvo y va a ser mejor que no me busques. Este bebe es mío, de nadie más. Te amo. Vos seguí tu vida y ojalá encuentres lo que estas buscando. Lo muestro estuvo bien mientras duró. No me busques. No me escribas, tus cartas ya no me interesan”.

Los labios rojos de Sandra impresos con lápiz labial, lo besaron a modo de firma desde el último renglón del papel, solo un gélido beso como despedida era lo todo lo que tenía. Gonzalo arrugó la carta contra sus ojos encendidos de impotencia y rabia. No pensó en que Sandra apenas había cumplido los dieciseis o en ese padre delincuente que seguramente lo buscaría para matarlo por que le habían cogido a su nena. No pensó en recuperarla ni en cuidarla para siempre. Sandra ya había decidido y contra eso nada era posible. Por eso la amaba. Por ese idioma sin palabras que habían inventado la tarde que se dejaron llevar sobre un colchón prestado, cuando ella le juraba que sabía lo que hacia sin que la sangre de una primera vez la mojara. La recordó desnuda arrodillada ardiendo temblorosa sobre él, arqueada hacia adelante con el pelo negro entreverado cayéndole entre los pechos duros y nuevos. Volvió a recordarla gimiendo, mientas lamía el sudor picante de su cuerpo caliente y cuando unidos por el cordón umbilical del sexo explotaron interminables sobre el origen de todo deseo. Si, cuando desesperados y libres se ahogaron en saliva y se consolaron entre promesas y suplicas de más, más... y más. Ahora sentía como el amor y la paternidad lo mutilaban descuartizándolo con el bisturí filoso del abandono.Era otra frontera que Gonzalo cruzaba sin la intención de hacerlo, eran  más trampas de la carretera que había elegido recorrer. Su mente le pedía llegar a casa, juntar un poco de ropa, elegir algunos de sus pequeños tesoros y meterlos en un bolso, sacar del cajón la plata que venía juntando desde hacia casi un año y subirse por fin a ese bus que lo llevase a Brasil como tantas veces juntos ellos dos lo habían soñado. Gonzalo estaba solo. “Hay veces en que las cosas por algo se dan”, pensó justificando su cobardía. Salió del baño en un trance narcótico, miraba pero no veía que sus amigos movían la boca y agitaban las manos con gestos desesperados. Tampoco notó  el desorden de sillas tiradas y mesas dadas vuelta, los cuadros, los vasos rotos y las botellas desparramadas por el piso. Una ráfaga inesperada de violencia, como un torbellino había azotado el bar buscando calma en la venganza, mientras Gonzalo leía.
Ni Alejandro, ni Javier, ni el bolichero pudieron frenarlo para avisarle y hacerle comprender lo que le se venía encima. Gonzalo no escuchaba. Gonzalo no veía. Salió del bar sin detenerse, parados en la vereda, de boca abierta, con las manos en la cabeza y con ojos llorosos, los tres lo vieron desaparecer como a un fantasma por la avenida que apenas se mantenía encendida. Había algo de malicia y vértigo en su silencio, estaba atado a un cuerpo sin sangre y la vida que dejaba atrás sobre esas calles ya no la encontraría en ningún otro sitio.

A media mañana, cuando salió del letargo y sin comprender como, Gonzalo estaba viajando en un ómnibus por una carretera con rumbo norte. Era un cuerpo sin alma. Boca, pies, hombros, un ser desacomodado sin miedo ni intensidad. En la mochila que sostenía sobre los muslos, guardaba algo de ropa, un libro que no terminaba de descifrar y su cuaderno de tapas azules plagado de garabatos lacrimógenos. En la mano derecha sostenía una botella de vodka apenas comenzada, se quedó buceando un instante en la etiqueta azul y blanca con palabras en ruso. Algo crecía en su pecho y lo sostenía a pesar de todo, abrió la ventana, saco la botella y fue volcando el liquido que se negaba a caer dibujando una llovizna paralela antes de mojar la carretera. Su cabeza distorsionada le proyectaba un aluvión de fotos entreveradas de la madrugada, imágenes saturadas de golpes, gritos y corridas. Aun le taladraba en los oídos una frase: “cuando te agarre te mato, hijo de mil puta” y los gritos, los golpes y más gritos y más golpes, pero sobre todas las cosas el eco de los tiros y los ruegos desesperados de  Sandra llorando abrazada a los pies de su padre.
Ella.
Siempre ella, salvándolo de todo.
 
fino.


jueves, 3 de enero de 2019

Dos Gallinas, una paloma.

                                                          

-Metete las estrellas en el culo.
La voz del Picana rebotó en el piso de tierra, hizo eco en el cuadrado de bloques y se escapó por donde faltaba el techo en la pieza en construcción. Lo cierto es que Picana y el Sal Gruesa, estaban sentados sobre dos cajones de madera en el futuro cuarto de la casita precaria. Los amigos arrullados por el ruido de las tripas acunaban  hambre mirando el cielo. El Sal Gruesa había admirado en voz alta el brillo de los astros que se desangraban de luz en el cielo renegrido.
-Que lindas estrellas –había dicho el Sal Gruesa.
Fue cuando Picana lo trajo a la realidad :
-Metete las estrellas en el culo. Yo tengo un  hambre que no puedo más.
¡Algo tenemos que hacer!
Cambiaron de posición sobre los bancos enclenques y se entregaron en alma y mente a buscar la solución.
-Che Sal, ¿a vos Perro Loco no te fía, no?
-¡No, que me va a fiar!. Lo tengo adentro como con cuatro lucas hace como dos semanas. Falté varios días al laburo y cobre casi nada. Si le pagaba al Perro Loco me quedaba sin un mango pal´fin de semana –dijo sin tapujos  el Sal Gruesa.
-Que mierda. ¿Que podemos hacer? No podemos mangar a nadie, ni meter un fiado. Tamos en el horno –Picana rebuscaba en posibles soluciones y continuo diciendo –Che Sal, ¿en la heladera no hay nada, no?.
-Media zanahoria, una papa y un cacho de chorizo colorado.
-Vamos por ese guiso entonces –se envalentono Picana, clavando la vista en la pared de bloques sin pintura ni revoque.
La noche de domingo se estaba adueñando del cantegril, algunas lamparitas lúgubres cuidaban los corredores en la cuadricula de casitas, los pasajes latían con la música que se escapaba por alguna ventana abierta.
Picana y Sal movían las fichas, armaban la táctica mental que les diera la victoria en la pelea contra el hambre. Cuando hay hambre no hay pan duro, pero hasta el pan duro se les escondía entre los rincones de la noche. Nacer de ese lado de la avenida les daba un poco mas de imaginación, al menos para llenar la panza y cubrir los agujeros que abre el viento en contra. Ellos saben que el  salvavidas puede caer de cualquier lado y en cualquier momento. Mirando hacia el cielo entre suspiros y silencios fue que Sal Gruesa se incorporó como poseído, quedó parado junto a su cajón, con la boca abierta y con los ojos desorbitados como si hubiese visto un fantasma, se apuró a decir:
-¡Las gallinas del Quemado¡.
-¿Que? –preguntó Picana distraído.
-Las gallinas del Quemado pelotudo. Le afanamos una y ya tenemos medio guiso hecho gil.
-Tas locazo Sal. El Quemado si nos ve, nos mata. Yo ni mamado le entro al rancho.
-Dale boludo. Yo tampoco me animo, pero le decimos a Marcelito que no le hace asco a nada y el se afana la gallina.
-Dejate de joder. Vos querés que nos caguen a cuetazos, estas loco Sal.
-No seas nabo, pensá bien. Marcelito trae la gallina, mangamos algunas verduras, tiramos todo pa´ la olla y adiós pampa mía, estamos de fiesta.
Después de tanto detalle y con el convencimiento que Sal Gruesa expuso su plan, Picana comenzó a ver la idea con mayor simpatía, poco a poco y a medida que su imaginación percibía los vapores exquisitos que desprendía la cacerola aun vacía, la posibilidad de que una suculenta cena les aliviara el padecer era cada vez mas cercana y posible.
Salieron los dos amigos por los corredores del caserío y golpearon en el rancho de Marcelito.
-¿Quien viene a  joder a esta hora? –se escuchó desde adentro.
-Somos nosotros Doña Nena, el Sal y Picana –contesto Sal Gruesa reconociendo la voz de la abuela de Marcelito.
-Que ganas de andar molestando. ¿No ven que son como las nueve? Ustedes siempre igual he. No saben más que joder. Marcelito no esta y no va a salir
 –dijo molesta la abuela.
-Pará abuela, no te metas en mis cosas –se escucho desde adentro la voz de Marcelito demostrando molestia.
-Ya se juntaron todos los insoportables y nada bueno va a salir –opinó la abuela.
-¿Que dice la barra? Esperen que me calzo y salgo – dijo Marcelito abriendo la puerta de su vivienda.
A los cinco minutos con los tres amigos sentados en la habitación en construcción, Picana contaba la idea, Sal Gruesa asentía a cada frase de su amigo y en los ojos picaros de Marcelito se dibujaba una pequeña maldad que crecía a pasos agigantados a medida que el plan llegaba al fin de su desarrollo. Es que entre Marcelito y el Quemado habían cuentas pendientes que se arrastraban desde hacia algún tiempo, un pequeño botín mal distribuido, algunas faltas a la verdad, líos de polleras y esas son actitudes que entre bandidos no pasan fácilmente al olvido.
-Bueno vamos arriba entonces. Yo me meto al rancho, pero alguien me tiene que acompañar para hacerme de campana y para entretener a los perros así no ladran –dijo Marcelito.
-Pahh, los perros –dijo asombrado Sal Gruesa.
-No pasa nada con los pichichos, yo los conozco, les damos alguna galleta para distraerlos y quedan comiendo de la mano. Son pura pinta, además el Quemado estuvo toda la tarde chupando en lo de la Negra Felisa, debe estar durmiendo la mona de tanto vino  –dijo Marcelito cerrando el plan.
-Yo te hago el dos –formalizó Picana.
Salieron los tres del rancho del Sal Gruesa, bajaron la callecita rumbo al final del corredor, la oscuridad era cómplice y tapadera para los hambrientos compinches. Al llegar al final del corredor, doblaron hacia el barranco que los dejó en la parte de atrás de la última hilera de ranchos en donde vivía el Quemado. Bajaron entre los escombros y las bolsas con basura que la gente tira en el barranco, ahí se quedó Sal Gruesa cubriendo la parte derecha del fondo y con un puñadito de galletas para perros en la mano Picana seguía los pasos de Marcelito que a esa altura ya era el líder por determinación propia. Llegaron al rancho del Quemado y como quien siembra al boleo, dejaron caer frente a los perros las galletas, estos no demoraron ni un segundo en olfatear el manjar mínimo que les ofertaban los dioses de la noche. Los canes se relamían al tiempo que Marcelito en cuclillas les rascaba el lomo, felices los perros movían la cola reconociendo al visitante. Picana pasó a mimosear a los animales y Marcelito se dispuso a abrir la puerta del rancho con la mayor destreza de la que era capaz. Agarró con las dos manos la cuerda que servía de picaporte para entrar al rancho, levanto la puerta en seco evitando que crujieran la bisagras oxidadas, abrió la puerta hacia afuera siempre tirando hacia arriba con fuerza y la bajo luego de separarla del marco apenas medio metro. Con la plasticidad de movimientos que lo caracterizaba se metió en el rancho haciendo gala de su vista de lince y de su paso sigiloso. Atravesó la pieza de la entrada, dobló hacia el baño donde a modo del gallinero dormían las gallinas por las noches, no fuera cosa que algún ladrón atrevido quisiera robarlas del corral exterior. En la oscuridad del rancho, Marcelito vio durmiendo sobre el sillón a su ex-socio, pero sobre todo lo escucho roncar, con lo que llegó a la conclusión que tenía que ser muy descuidado o hacer un ruido muy fuerte para que el hombre despertara.
Corrió la cortina del baño que hacía las veces de puerta y forzando un poco mas la vista  vio dos gallinas que dormían cómodamente una sobre el water sin tapa y otra sobre la pileta destartalada que apenas se mantenía unida a la pared quien sabe por que extraña magia de la física. Con un movimiento perfectamente sincronizado y veloz agarró por el cogote a las dos gallinas al mismo tiempo sin que pudieran emitir un solo cacareo, con una gallina en cada mano, los cuellos largos y casi sin plumas quedaron apresados entre los dedos gruesos de Marcelito quien con otro movimiento certero revoleo las gallinas en círculos paralelos al techo como apas de molino, dejando los cuerpos prontos para su desplume. Con la misma destreza y velocidad que entró, Marcelito salió del rancho con las dos gallinas bajo el brazo, mientras el Quemado dormía como un bebe sin enterarse de que se quedaba sin alimento y sin huevos para la semana. Esquivando la línea recta del camino de regreso al rancho, Picana y Sal Gruesa reían por lo bajo mientras Marcelito les contaba al detalle los pormenores de la hazaña. Desplumarlas, destriparlas  y poner la olla sobre el fuego fue cuestión de media hora y por esas cosas que tienen los pensamientos positivos, una vez que se soluciona el problema mayor, los pequeños problemas se resuelven como por arte de magia. Como si todo hubiese sido coordinado desde hacia varios días, cayeron por el rancho Fabricio y la novia, Roberto y Mariza, el Gitano y Danilo. Todos, apenas se enteraban que se estaba preparando un guiso preguntaban que faltaba y salían cada uno por su lado a buscar algún producto para agigantar  las posibilidades del cocinero que por cierto y como siempre, era Picana. Así fue que la olla de veinte litros quedó repleta de contenido. Zanahorias, chorizo, papas, morrones, choclos, cebollas y tomates se cocinaban junto con las gallinas, que en honor al verdad hay que decir que mucha carne no tenían, pero pese a ser flacuchas de todas maneras eran las estrellas de la improvisada fiesta. Tampoco faltó el pan en abundancia y la damajuana de diez litros de vino que a nadie se le dio por preguntar de donde había salido, como tampoco nadie preguntó quien había conseguido plata para comprar gallinas. El arroz estaba llegando a su punto de esplendor y los comensales esperaban aferrados a las cucharas y platos que les habían tocado en el reparto, cuando la puerta del rancho tembló, por unos golpes cortos y desmesurados. Marcelito se metió bajo la cama de Picana haciendo gestos en silencio que claramente querían decir “no estoy- no estoy”, las caras de los que conocían la procedencia de las gallinas mutaron de fiesta total a disimulemos en un solo segundo, el resto de los comensales que no sabían la historia seguían hablando en voz alta como si nada. Se repitieron los golpes y el Sal Gruesa con cara de póker abrió la puerta.
-¿Están de fiesta? Se ve que la faena fue buena ¿no? –pregunto el Quemado con aliento alcohólico, los ojos irritados y el rostro visiblemente desencajado.
-¿Que haces Quemado? Si, nos juntamos con una damajuana y salió un guisolfo de lluvia. ¿Todo bien? –contestó Picana aguantando la risa con la valentía que dan unos cuantos vasos de vino.
-Todo bien no, todo re-mal. ¿Así que guiso no? Mejor no pregunto nada así no me salta el pistolero de adentro. ¿No vieron al Marcelito?
-Hoy temprano a la tarde estuvo por acá, pero después se fue creo que se iba para el Buceo a la casa de los primos –dijo Picana tratando de despejar la cancha.
- Ah, al Buceo. Si llega a venir decile que quiero hablar con el –y dicho esto hecho una mirada desafiante y llena de furia sobre todos los que estaban en el rancho y tiró hacia los pies de Picana un papel que tenía arrugado en las manos al tiempo que les daba la espalda masticando el sabor de la impotencia.
Picana tranco la puerta con el pasador, Mariza se dispuso a servir los platos, Danilo y Roberto repartían trozos de pan y el resto se iba acomodando en donde podía con los platos en la mano esperando el menú principal y preguntándose entre todos “¿que pasó? ¿que pasó?”. Marcelito salió de su escondite con una risa macabra de oreja a oreja y feliz como quien realiza un sueño largamente esperado. Sal Gruesa levanto el papel arrugado que estaba tirado en el piso a sus pies y mirando con cara de sorpresa a Marcelito le pregunto:
-¿Y esto?
-Se lo deje en el baño, por si extrañaba a los plumíferos –contestó entre risas de  placer. 
Sal Gruesa desenrollo el papel, lo aliso contra su muslo izquierdo y reconociendo la letra infantil y deforme del Marcelito, leyó:
“A mano, por la paloma de pelo largo que me robaste vos, sorete”.
 
fino.
 Noviembre 2018.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Hambre y cerrojos.


                                                                     


                                                        



Sobre la textura suave de tu cuerpo no descanso, brillo y bailo sin control.    Mi alimento, el nutriente primario que proviene de tus senos turgentes no me llega y ya no tengo colores en esta neblina de tiempo perdido. Casi como un lamento me desvela el deseo de morder, de llevarte a mi boca y de explorarte en la ceguera del amor. Cargo con la traición de los sentidos en este hastío, giro ciego en esta calesita infinita, giro, es todo lo puedo decir.
Ahora debo salir a ganarme la sangre que me falta para no sumarme al descanso triste y frío del desencanto. Los colmillos comienzan a asomar en mi boca pálida y tiemblo por los nubarrones que llegarán antes de la media noche. Saldré, debo salir. Necesito beber la sangre que me falta y la sed no muere con un solo trago, este apetito muere en carnosos bocados de tu fibroso cuello. No descansaré hasta que salga el sol o al menos hasta que aclare en este lado del mundo. Ya no descansaré, no miento, no sé mentir, tampoco sé reír. La noche me da alas y estas cadenas herrumbradas ya no pueden detenerme. Los dedos no me obedecen y solo consigo lamer la mezcla de espuma y anzuelos con las que me llenaron el vaso.
¿Ya me encontraste?
¿Ya me negaste tres veces?
Mi turno llega con tu silencio y saldré a devorar cuantas cosas deba de devorar, llegará también la hora de comer carne cruda, de sobrevolar la carroña que dejó la fiesta y llenar mi cuerpo destripado relleno de algodón y desconsuelo. No me busques más amor, no cuentes las horas felices, te dejaré sobre el estante todo lo que tenga para dar. Me iré murmurado sobre el fracaso de atar con alambre el resto de la vida que me queda. No puedo rediseñar este mapa petrificado, ni esconder las mareas en los pliegues de la noche.
 Escaparé hacia el patio, caminaré en círculos, detrás de las rejas, solamente daré vueltas alrededor de esas riestras de ajo con esta estaca de madera clavada en el corazón.
                                                                                                                             
fino.                                                                                                                 
             Música: Vampiro - Charly García - Pedro Aznar.                                                                           
                    Ilustración: Diego Soria.



                                                               

                                                                                                                                
                                                                                                          
                                                                                        

martes, 16 de octubre de 2018

AMOR.

                                                                  

                                                       

Con el hambre que tiene medio planeta y con toda la dulzura de la que soy capaz, la miré a los ojos y le pedí :
-Amor, ¿me haces un huevo frito?
Ella, paciente, dejó sobre la mesada el mate que estaba tomando, se acercó a la cocina a gas y prendió una hornalla, apoyó con suavidad el sartén más chico de los que tenemos en casa y volcó sobre él unas pocas gotas de aceite. Cuando el aceite comenzó a crepitar acusando la temperatura adecuada cascò un huevo contra el filo del sartén, separó la cáscara por la grieta formada al romperse y dejó caer el contenido sobre el teflón caliente. La esfera amarilla de la yema quedó rodeada de la albumina semiliquida como una nube transparente al principio, blanca y coagulada después, al tiempo que el aceite hirviendo hacia su trabajo. Un minuto más tarde levantó del sartén con la espumadera el huevo perfectamente cocido y crocante en los bordes. Con pequeños movimientos verticales de su muñeca dejo escurrir el aceite sobrante. Puso el huevo humeante sobre un plato, me lo acercó a la mesa junto con un generoso trozo de pan.
Mientras yo hundía el pan en el centro del manjar y en el más profundo de los silencios, me di cuenta de cuánto la amo, de que siempre la he amado, por millones de detalles así. No porque haga los mejores huevos fritos del mundo, sino por que sabe distinguir entre mis necesidades o cuando tengo el infantil y recurrente capricho de sentirme mimado.
Ella se cebó un mate y mirando hacia el jardín del fondo me dijo :
-¿Viste que hermosas están nuestras plantas?
Yo pensé : Amor de mi muerte, que es lo único para siempre.


fino.

Música: 
Seguir viviendo sin tu amor  - 
Luis Alberto Spinetta.

miércoles, 29 de agosto de 2018

A Wiliam W.

 


                                                          

Sos un hombre diferente, lo sabes.
Talvez tus ojos de locura calma, hundidos y cansados oculten el rumbo de lo que vas a decir.
Tu mentón cuadrado va abriendo el paso hasta el cuello en una imaginaria escalera, nace en la punta de tu nariz fina, afilada y dibuja con tu boca un peldaño más.
Definitivamente tenés la melencolía tallada en la boca y vas manejando con cada mueca de tus labios apretados las palabras que te has empecinado en callar.
Estas triste y las huellas de tus pensamientos se ven en los surcos que tus dedos dibujaron en tu pelo negro revuelto.                                                                                                                                        Tu piel blanca y sin brillo muestra la sombra opaca de otra noche.
No hay preguntas. No se justifican las respuestas, el arco intenso y desafiante que forman tus cejas nos hacen repensar lo que vamos a decir, una entramado de compleja sencillez, en tu paz la guerra.

fino Sosa - 2018

Viscoso.

 

  

Al entrar a la sala totalmente pintada de blanco, Claudia vio a Mario sentado sobre la cama mirando la profundidad del piso totalmente cuadriculado.
- Sr,su medicina - dijo Claudia -, debe tomarla.

-¡No, no otra vez. No! -protesto Mario.
Claudia dejò la bandeja que contenía la jeringa cargada de un liquido rojo sobre la mesa de luz. Una brisa fresca se colaba por el ventanal plagado de rejas.
-Sr. Mario debe tomar su medicina, le hará bien -le dijo Claudia, mientras acariciaba la cabeza inmóvil del hombre.
Mario con los ojos vidriosos por el llanto y la impotencia ya no podía, ya no quería discutir. Claudia tomó la jeringa, un algodón empapado el alcohol y buscando la zona mas conveniente del brazo derecho de Mario, le inyectó sin prisa el liquido viscoso.
-¿Se siente mejor señor? -preguntó la enfermera como una formalidad.
Mario entrando en éxtasis, se fue recostando en la cama, mientras la potencia de la droga lo sacaba lentamente de su último instante de lucidez. Alcanzo a decirle :
-Me siento morir, como en tu visita del último martes. Y comenzó a caer en la fantasmal alucinación del rostro causante de su insanía,
-No fue un martes, fue un jueves -dijo ella.
-Irene...-dijo él con ternura.
-No soy Irene, señor -dijo ella dulcemente.

fino.

CLARA.

                                                             


                                                                        


-Tus ojos grandes saben callar, saben de luz en lo oscuro, saben de fe sin fe.
Fernando después de hablar, se dejo caer sobre el mustio sofá en un rincón de la sala.
Vos sabes, estás en todos mis recuerdos –continuó.
-Después seguimos hablando, ahora estoy cansada -se justifico Clara.
-Tarde o temprano hay que dejarlo resuelto -dijo Fernando, retorciéndose los pulgares de ambas manos con movimientos circulares, manos que demostraban el nerviosismo que su rostro no.
Clara bajá la guardia -dijo clavándole una mirada desesperada en la espalda, en el cuello, en lo único que podía ver de ella desde hacía un buen rato - ¿Vas a volver a partir?
El seco sonido de un teléfono vibrando sobre la mesa, cortó la atmósfera densa, la mano morena de la mujer, cayendo casi como una luz, como un flash, se aferró al aparato.
Clara suspiro después de ver número en el visor y reclamó:
-Te pedí que no me llamaras, fui insistente en eso, ¿verdad?
Una voz femenina viajó por el oído hasta la corteza cerebral de Clara.
-¡Me pediste que te llamara a las cinco y media, tía!
-Dije que no me llamaras más –mintió Clara, terminando violentamente la comunicación telefónica.
Las primeras palabras que Fernando había pronunciado se perdieron en el terreno fangoso que la escultural morena había propuesto.
Ahora todo estaba nuevamente en sus manos, y esta vez con todo el terreno a su favor.
Clara giró hacia Fernando, mostró sus dientes brillantes, su rostro perfecto en una amplia sonrisa.
-Las cosas están así. Nunca más seremos como alguna vez fuimos y el amor se perdió en ello.
Fernando como avergonzado por las palabras y la belleza de Clara, bajo la vista al suelo de madera que en franjas gruesas se fugaban hacia otra habitación.
-No podes hablarme así Clara, te busque por todas partes, todos saben de eso.
-Eso es lo que menos importa Fernando, no importa lo que no sucedió.
Importa lo que vivimos y pero eso ya no hay nada que pueda revivirlo. Terminó.
La tarde dejaba de serlo através de la ventana de la sala, en el inmenso jardín caía la noche, como una amenaza y sobre la vida de Fernando se reflejaba lo que el jardín proyectaba.
Desde el comienzo ella sabía lo que iba a pasar, por eso la llamada arreglada, quería escapar, estaba renunciando.
Fernando se tomo la cara con ambas manos, la frondosa barba cana quedo tapada por sus manos crispadas, dejo escapar el nombre de un santo y libró su destino de amor al choque frontal contra el corazón cerrado bajo siete llaves de Clara.
Un gato enorme y negro cruzo frente a las piernas de Fernando por tercera vez en el día y por tercera vez Fernando estaba lo suficientemente perdido en sus pensamientos como para no verlo, para no notarlo.

fino/2017.

Déjame dormir tranquilo.

                                              


 

                                                        
Sobre la textura suave de tu cuerpo no descanso, brillo y bailo sin control. 
Mi alimento, el nutriente primario que proviene de tus senos turgentes no me llega y ya no tengo colores en esta neblina de tiempo perdido. Casi como un lamento me desvela el deseo de morder, de llevarte a mi boca y de explorarte en la ceguera del amor. Cargo con la traición de los sentidos en este hastío, giro ciego en esta calesita infinita, giro, es todo lo puedo decir.
Ahora debo salir a ganarme la sangre que me falta para no sumarme al descanso triste y frío del desencanto. Los colmillos comienzan a asomar en mi boca pálida y tiemblo por los nubarrones que llegarán antes de la media noche. Saldré, debo salir. Necesito beber la sangre que me falta y la sed no muere con un solo trago, este apetito muere en carnosos bocados de tu fibroso cuello. No descansaré hasta que salga el sol o al menos hasta que aclare en este lado del mundo. Ya no descansaré, no miento, no sé mentir, tampoco sé reír. La noche me da alas y estas cadenas herrumbradas ya no pueden detenerme. Los dedos no me obedecen y solo consigo lamer la mezcla de espuma y anzuelos con las que me llenaron el vaso.
¿Ya me encontraste?
¿Ya me negaste tres veces?
Mi turno llega con tu silencio y saldré a devorar cuantas cosas deba de devorar, llegará también la hora de comer carne cruda, de sobrevolar la carroña que dejó la fiesta y llenar mi cuerpo destripado relleno de algodón y desconsuelo. No me busques más amor, no cuentes las horas felices, te dejaré sobre el estante todo lo que tenga para dar. Me iré murmurado sobre el fracaso de atar con alambre el resto de la vida que me queda. No puedo re-diseñar este mapa petrificado, ni esconder las mareas en los pliegues de la noche.
 Escaparé hacia el patio, caminaré en círculos, detrás de las rejas, solamente daré vueltas alrededor de esas riestras de ajo con esta estaca de madera clavada en el corazón.
                                                                                                                             
fino.           

Pintura: Claudio Taddei.

Música : Vampiro - Charly García.

                                  

HOGAR.

                                                            


-Fede, vení un momento bebé –sonó la voz de la madre desde el comedor.
-Si eso, veníte ya para acá –gritó el padre acentuando su urgencia.
-Cual es el apuro ¿Acaso se incendia algo? –preguntó Federico tratando de hacerse el desentendido, aunque sabía por donde atacarían las fuerzas enemigas.
-No te hagas el boludo que no te queda bien. Si hay algo que no sos, es precisamente eso.
-Dale viejo ¿Que pasó ahora?
-Pasó que llamaron del liceo y dicen que hace varios días no te ven ni el pelo
¿En que andas guacho de mierda?
-¡Néstor!, dijimos que nada de insultos.
-Que insultos ni que carajo mujer ¿No te das cuenta que este pendejo nos vive tomando el pelo?
-¡Néstor!, recordá lo que dice el terapeuta.
-Que terapeuta ni ocho cuartos, no ves que este mocoso nos agarra de pelotudos todo el tiempo.
-Bueeeeno, mientras ustedes se ponen de acuerdo en como encarar las relaciones familiares, voy hasta la cocina para hacerme un café con leche, ¿tá?
-Mira pendejo, trata de bajarte de la nube de pedos en que vivís y decinos porque no fuiste a estudiar en toda la semana.
-Néstor, amor, sin gritar.
-Pará mujer, déjalo hablar, quiero saber que mentira nos va a decir este guacho mal criado, que por cierto, gran parte de su crianza te corresponde.
-Tesoro, no seas agresivo. Pensá que somos una pareja y las responsabilidades son compartidas como dice el doctor.
-Para de decir bobadas boluda, me tenés repodrido con tus pelotudeces, al final sos peor que tu madre.
-¡Con mamá no! ¡Con mamá no!
-Bueeeno, ustedes hablen de amor y educación que yo me voy a hacer la leche    –dijo Federico caminando hacia la cocina mientras sus padres comenzaban la riña de todos los días –Ahhh, y miren que ya no queda azúcar -gritó ganando la puerta del fondo donde el sol de la tarde calentaba mucho más que el fuego de su “hogar, dulce hogar”.

 


fino

MM


                                                    


El vaso cayó de su mano y ella se durmió para siempre. Estaba sola.
Marañas platinadas de pelo revuelto le llovían por la cara lavada y su lunar-lucero se iba despintando, iba cayendo rumbo a su boca manzana. Rompieron la puerta para poder entrar. Encendieron las luces de la sala, y allí estaba su cuerpo desprotegido bajo una bata de seda blanca desacomodada. Había cientos de cartas arrugadas de amores vencidos, desparramadas en el piso. Su vida se incendió en un mundo que no estaba a la altura de un invento con plumas de neón. Sus anillos de diamantes descansaban ahogados en el fondo de una hielera de cristal. El desorden, los muebles destruidos rodeaban su trono perdido en la batalla contra la soledad en los tumultos. La habían usado. Ella comprendió y se durmió para siempre flotando sobre una balsa frágil de pastillas rumbo a lo desconocido. Como siempre, sola. Una vez más, sola, sin fantasías ni decorados, pero con la desnuda verdad de ser quien no se es. El vaso seguía rodando por el piso, rebotando una y otra vez contra los zapatos y las conciencias manchadas de sangre de quienes invadían la habitación. Ella no pudo volver a casa y mientras corrían las cortinas, la bestia reía escapando por las azoteas con trozos de la victima en la boca, vísceras, corazón y hermosa carne blanda. 
 
fino.
Música: Mephisto - Claudio Taddei.

Del libro: El Gen de la Bestia.