jueves, 22 de julio de 2021

Un punto en el espacio.

 

Un punto mínimo, minúsculo, una picadura, el dibujo que deja una aguja que incrustó en las venas el veneno de la muerte, el flash del placer químico o una simple marca imperceptible del amor. Quién lo sabe, pues no habrá lugar para la autopsia, para estudios clínicos o investigación policial. No habrá tiempo. El estaba ahí, en el sillón, tieso, deshaciéndose, deshilachándose en el antes, en el ahora, en el espacio cerrado de una habitación que nadie volvería a abrir, que nadie volvería a habitar. El olor a podrido se descolgaba desde las paredes y se perdía en sí mismo, todo se había congelado pero no lo suficiente para evitar la descomposición natural, nada podía evitar la gula insaciable de las bacterias, de los gusanos, de las hormigas. El cráneo ladeado hacia la derecha se mantenía apenas pegado al cuello por algún tendón furioso que se negaba a reventar, quizás había sido el último en contraerse para evitar lo inevitable, lo que finalmente sucedió. La oscuridad haría el resto, las puertas cerradas, los gruesos cortinados tapiando las ventanas manteniendo a distancia, lejos, cualquier mirada intrusa de un rayo de luz. Pensar en causas o motivos que sentido tenía, si los colgajos de carne y vísceras eran todo lo que mantenían a ese pedazo de cuerpo anclado al mundo. Hasta que el tiempo pasara y como todo, estaba pasando, y todo continuaría tal cual estaba sucediendo en ese mismo momento. El ciclo natural. Luego todo desaparecería, el cuerpo, la ropa y los huesos hechos polvo apilados sobre lo que alguna vez fue el fino estampado de un mullido sillón. Después o al mismo tiempo, quién podría afirmarlo, las maderas y los techos caerían destrozados por el tiempo, las hojas de los libros se borrarían hasta deshacerse por la fuerza impiadosa del viento del mar y la sal colgada  en el aire húmedo del océano que arrasaría con todo, con el quinchado, con los trozos de nylon que alguna vez sirvieron del aislante, y los clavos tercos y herrumbrados que habían sostenido la construcción durante casi toda una vida. Y las acacias del entorno caerían y de sus semillas otras tantas nacerían formando después montones de hojas secas y de ramas que avivarían fuegos luego de transformarse en leña que alumbrarían en la oscuridad, o darían calor a quienes necesitasen calmar el frío cuando otro invierno llegara y el viento volviese a soplar inclemente, arrastrando la arena, que poco a poco se iría acumulando y que, más temprano que tarde, iría barriendo y cubriendo las huellas de todos los desechos. Los desechos humanos, los materiales, los sentimentales. El implacable iría arrasando hasta las almas muertas, como en una canción triste. Todo, todo se iría olvidando, perdiendo, borrando, mutando, desapareciendo por un punto mínimo, minúsculo, del tiempo.

 

 

fino.                           

      Música: Mundo Agradable - Serú Giràn.

Julio 2021.


miércoles, 14 de julio de 2021

Barniz.

 

                                                 


El barniz que cubría la mesa se estaba agrietando, una delgada y pequeña línea se había formando sobre la superficie brillante. Tantos líquidos corrosivos derramados se fueron sumando a los estragos impiadosos que causan el tiempo y el sol, potenciado por los amplios ventanales que daban a pleno cada día sobre la mesa. Johana comprendió de inmediato al posar su mirada sobre la mesa de la cocina y al ver la marca, que no era tan solo una metáfora de sus últimos años. Era urgente pulir la superficie, dejar a la vista la madera natural y poder sentir en sus dedos el tacto de las vetas, sentir la verdadera esencia, sin aditivos ni maquillajes, algo así como el amor. La banalidad le había cubierto la carretera, los años, los segundos y cada una de las tardes. Progresiones de rutinas interminables, mares de lunas perdidas en palabras sin sentido, y los pequeños destellos, las pequeñas luces de placer que aparecían esporádicas titilando ante ella y a tanta distancia, eran tan lejanas que el aburrimiento se fue adueñando de su vida, de todas las migajas de libertad que aun poseía. El final de algo estaba cerca. Demasiado. Respiró con dificultad al verse atrapada por la realidad. Normalmente se serviría un gin con tónica bien cargado y con algunas piedras de hielo. Normalmente encendería, después, un cigarrillo al cual mancharía de carmín en el filtro. Pero si repetía la escena, volvería a caer en la trampa que terminaba de descubrir, volvería a esconderse del poco aire fresco que se estaba colando por una ínfima abertura del ventanal. Se quito el saco y lo colgó sobre el respaldo de una de las seis sillas que rodeaban la mesa, con la punta del pie izquierdo se sacó el zapato negro de taco alto del pie derecho, luego, con el pie descalzo se quito el otro zapato. Sintió el frío de la cerámica del suelo fluyendo por las medias de nylon hasta que formaron parte de las plantas de sus pies, y por un instante transformó el enredo filosófico en que se había sumergido, en un suave y sutil alivio terrenal. Caminó hasta la pileta de la cocina, se sirvió un vaso con agua después que dejo correr por algo más de un minuto el líquido transparente que salía del grifo. Bebió con sed, con ansias, como si fuese el alcohol que había decidido no beber. Un moscón rodeo su mano mientras sostenía el vaso entre sus labios. Con la mano libre intentó espantarlo, alejarlo de su rostro perfectamente maquillado. Un moscón verde azulado metido en su cocina reluciente, sobrevolando, revoloteando como si hubiese detectado algo en descomposición en ese espacio de diez por diez, iluminado y aséptico. Alguna cosa no estaba en su sitio, algo no estaba funcionando como debería, Johana volvió a pensar en lo que había estado pensando antes de desear beber y fumar, algo la traía violentamente, otra vez,  hacia el incomodo lugar donde no quería estar. El insecto desapreció de su vista, pero el zumbido crecía, iba en aumento y por más que intentarse descubrir de donde provenía, las luces brillantes, los amplios placares desde el suelo al techo, el refrigerador, los muebles, los adornos y los floreros llenos de rosas nuevas, pero muertas, no le permitían encontrar al desagradable intruso. A voz en cuello llamó tres veces a Rosina, sin obtener la respuesta inmediata a la que estaba acostumbrada. Estaba sola. El silencio humano invadía el resto de la casa, solo el aleteo invisible y molesto era la única señal de algo parecido a la vida que se movía a través del aire tenso de la cocina. Dejó el vaso vacío sobre la mesada, y al apoyarlo, un leve temblor de su mano hizo que el vaso girara sobre sí mismo en un espiral peligroso. Giró y giró al tiempo que aumentaba la velocidad, el tintineo del vidrio sobre el mármol blanco ganó, por unos segundos, su atención sobre el zumbido inclemente. Pudo evitar que el vaso cayera al suelo sosteniéndolo con las dos manos en un acto reflejo que quizás había demorado demasiado en hacer. Sus movimientos eran muy lentos. Al separarse de la mesada blanca con la intención de dirigirse hacia la sala principal de la casa, le pareció que los aleteos y zumbidos se duplicaban, se multiplicaban haciéndole perder la calma. Empezaba a molestase, ya no podía soportarlo. El frío del suelo también iba en aumento trepándose por sus piernas perfectas y ya no era agradable ni placentero, eran demasiadas cosas que estaban fuera de su sitio, demasiados ruidos disonantes como de cien violines desafinados al unísono incrustándose en su cabeza. Se llevó las manos a los oídos intentando atenuar lo que presentía como inevitable, con movimientos descoordinados y torpes fue en procura de algún spray insecticida, se dejo caer al suelo junto a las puertas del placard donde se guardaban los productos de limpieza. Abrió con desesperación las puertas, allí encontró un veneno contra todo tipo de plagas y se incorporó lista para disparar. Recorrió con la vista la cocina en procura del origen de su angustia, el sonido persistía, pero ella no veía nada. No veía absolutamente nada. Solo oía, y lo que escuchaba era ensordecedor, hiriente. Sin pensarlo dejo caer el aerosol que rodó por el suelo, chocando contra los muebles, contra las patas de las sillas y quedo girando en círculos concéntricos bajo la mesa. Ella totalmente fuera de sí, descontrolada y de manera instintiva, se llevo un pulgar a la boca y se acurrucó junto a una silla en forma fetal. Sumida en el vacío de en un espacio atemporal percibió un sonido a succión, un leve crepitar de fe, de ilusión, proveniente desde las patas de la mesa. El sol ya no golpeaba en los ventanales y el suelo se comenzó a entibiar al accionarse el termostato de la loza radiante. El silencio fue total.  El spray dejo de girar bajo la mesa y el barniz que cubría la mesa se fue resquebrajando con el sonido de un papel al rasgarse, se fue ovillando, interminable y rocoso, hacia los cuatro bordes de la mesa.

 

 

fino.


julio 2021.


jueves, 8 de julio de 2021

Melancolía.


                                                                                                              (Collage: Lily Gar).

Saber como estaba, era lo único que ella quería. Al comienzo intentó averiguarlo por amigos comunes, personas cercanas, las que aun conservaban el vínculo con ambos. Todo de manera muy discreta, sin profundizar demasiado, volando de manera tangencial sobre su deseo, para no quedar en evidencia ni al descubierto. Fue casi nada lo que pudo averiguar. No fue mucho lo que logró saber. Totalmente insuficiente, ella deseaba más. Luego fue ampliando el radio y las noticias fueron peores, más difusas, improbables, le contaron cosas que tenían muchos años. Cosas que ella conocía desde siempre. Entonces al año que llevaba sin verlo, le sumó tres meses de pesquisas inútiles, desalentadoras. Saber como estaba, era lo único que ella buscaba. Decidió dar un paso más y arriesgar, subir un escalón en la escala hacia la peligrosa obsesión. Comenzó a frecuentar lugares en los cuales sabía que podía encontrarlo. Recitales, la feria de los domingos, puestas de sol y algunos de los bares que ambos amaban ir. Siempre desde lejos, espiando, sin dejarse ver demasiado, sin pisar el lodo de la angustia. En esos engaños y trampas al solitario paso otro mes largo sin más resultado que su angustia en progreso. Habían vivido muchos años juntos, el mundo y la ciudad se habían transformado demasiado. Todo era diferente, las plazas, las calles, las maneras del amor. En sus labios lejanos se había descascarado el tiempo. Ella había rebasado muchas fronteras inundando lugares ciegos y ocultos. Sus ojos eran otros ojos y en eso la vida era un poco mejor. Pero ella estaba sola e intranquila, no por no tenerlo, no por no saberlo, sino por sus propias carencias y olvidos, sus propios agujeros negros. Estaba insistiendo en florecer bajo el árbol reseco del recuerdo.

Una tarde de esas, sentada en uno de aquellos bares, decidió que ya era suficiente. Que la tierra giraba, que las cicatrices siguen el curso de la piel, y que las fotos no son las mismas, no se repiten a través de los años. Todo cambia, todo se transforma y aunque se paren en el mismo sitio, repitiendo la misma ubicación, en la misma pose, en el mismo espacio, aunque fuese una pared pintada de blanco, la foto no es la misma. Las horas y el aire ya nada contienen de aquello.

Y ahí...lo vio venir, cruzando nervioso la calle, encendiendo un cigarrillo, esquivando autos, mezclándose entre el tráfico enloquecido, atravesando con luz roja, hermoso e impaciente. Como siempre. Él no la vio. Ella supo, entonces, que él estaba bien. Lo supo por sus gestos, en su manera de expulsar el humo, por los colores de sus ropas, por la manera de moverse y por esa inequívoca manera de llevarse el mundo por delante.

Ella terminó su copa, pidió la cuenta. Con ese simple gesto rompió la cadena y cayeron sus hojas secas. Después de dejar la silla, caminando lentamente, se perdió en el tráfico de gente.  

 

fino.

 

Julio 2021.



viernes, 2 de julio de 2021

Más que a Juan.

 

         

                                        A: Juan Carlos Onetti.                        


Todos los días, todas las noches Juan fumaba y leía, bebía y leía inmerso en su cama hundida. Vagabundeaba sobre el humo azulado de un interminable cigarrillo, desterrado en las ausencias de un viaje perpetuo hacia Santa María.

Cargó con miles de hijos, con miles de hermanos que como fantasmas vivieron hurgando en su papelera. Juan vivía invisible y solitario enfrentando los cerrojos, el miedo y la locura en un hospital sin cadenas, encadenado. Desde esa quietud, ladeado y gastado fue resistiendo sin lanza ni escudo algún tétrico capítulo del Quijote, masticando el tic terco de su boca, embriagándose de letras disueltas en litros de whisky aguado. Tenía grabado a fuego en sus ojos los caminos del eterno enamorado, el sarcasmo de los vientos del sur y las heridas silenciosas de los libros quemados. Mostraba solo la mitad de lo que imaginaba al tiempo que vomitaba palabras sobre papeles sedientos, sembrando panes y peces en un mundo hambriento. Sorbo a sorbo y sin llaves se fue bebiendo los contornos de su ángel de amor, escuchando a través de la pared los pasos que lo alejaban de un mundo en que prometió no volver a confiar. Y nos regaló que no solo hay dos caras en la luna, que no son solo cinco los sentidos cuando el monstruo mueve su cola y no reparte nada de lo que le sobra.

Juan podía ser una caricia salvadora o un golpe irremediable al mentón, un reloj marcando el tiempo bajo el agua, dentro del fuego, o en la soledad de la selva. ¿Nos volverá el alma al cuerpo? Si.

Su fuerza aplastó miserias y certezas con un revolver de juguete mientras nos apuntaba a la cabeza.

Juan abría caminos con engañosa melancolía, sobre el misterio gris de la vida. Juan es Juan. Juan fue Juan en la tierra de la eterna queja.

 

 

fino.                                                          ( LiLy Gar - Collage.)

                                                                            Gracias Lily.


Julio 2021.

jueves, 1 de julio de 2021

La Cena de los Rotos.

                                                                        


 

                                                                                                                             (Para Leo Vidal)

Era tan peligroso como botellas destrozadas sobre un piso a oscuras. Los ojos inyectados en sangre mirando descontrolado hacia todos lados y con la impotencia pesando sobre cada centímetro de su cuerpo, era una carga furiosa sin canalizar. Gonzo rebotaba entre las sombras de la calle y con unas ganas inmensas de llorar, aunque sin que lo notase algunas gotas saladas recorrían su cara. No los había visto llegar por la espalda, tampoco los escucho, cuando quiso reaccionar ya había recibido el culatazo en la cabeza y sentía el frío helado de la pistola sobre la sien. Una violencia desproporcionada para quien caminaba solo por una calle conocida y se ve enfrentado a tres seres hambrientos de sangre o dinero. El tema no era el walkman ni los auriculares o el poco dinero que tenía en el bolsillo, el asunto era la angustia, la imposibilidad de respirar, el sentirse abusado, la invasión y el acoso por algo que de todas formas iban a conseguir. Por eso, ahora, Gonzo también era peligroso, porqué todo había pasado rapidísimo, porqué estaba furioso y fuera de si. Había sido apenas un minuto y mil horas en segundos. Otra vez estaba solo, en esa misma calle, tres minutos después. Recién ahí pudo pensar y repasar como una película veinte veces vista y en cámara lenta, esas caras desfiguradas, el dolor del golpe, los gritos, el arrebato de los objetos que le manotearon en menos de lo que dura un parpadeo. Caminó a toda velocidad hacia la casa de un amigo, a dos cuadras, le pidió a los gritos un palo, una cuchilla, un martillo, cualquier cosa que sirviera como arma. Y ante el asombro de su amigo por ese pedido histérico también él respondió con violencia, Gonzo vomitó voz en cuello sus minutos anteriores pero, esta vez, como si él fuese uno de los ladrones. Danilo, su amigo, solo atinó a darle el mango de una azada rota que estaba en un rincón de su jardín. Gonzo salió corriendo hacia la calle donde lo habían robado y siguió el camino por el que huyeron los ladrones. Intuía desde donde y hacia donde se habían ido. El barrio era el barrio y casi todos se conocían. Danilo lo fue siguiendo a media cuadra de distancia con otro amigo que se habían sumado en el torbellino de la noticia, que ya había corrido como una ola espontánea. Subió por Gambetta y se metió sin pensarlo en la boca del lobo del cantegril. Dos locatarios bebían de una botella oscura sentados en el cordón de una vereda, al reconocerlo y viéndolo llegar con un palo en la mano le gritaron:                                          

-¿Qué pasa Gonzo? ¿Estás de cacería?

-Dejate de casería. ¿No vieron a unos que vinieron de volanta?

-¿Por acá? ¿Tas seguro?

-Si por acá, no se hagan los pelotudos. Me la dieron mal y estoy seguro que se metieron acá.

Atrás de Gonzo llegaban sus amigos, intentaron contenerlo y protegerlo.

-Pará Gonzo, pará. Vamos al rancho del Picana y hablamos con él, no te metas más adentro, va a ser peor. Aguantá lo moto, no marques bobera.

En un segundo que Gonzo se detuvo, sus amigos pudieron convencerlo, no sin discusiones y forcejeos. Todos terminaron en el rancho del Picana quien abrió la puerta antes que ellos llegaran, pues los ruidos de las voces eran como sirenas desbocadas anunciando el entrevero.

-¿Qué pasó gurisada? –preguntó el Picana mientras los tres amigos se metían en su rancho, como tantas veces.

-Le dieron al Gonzo en Haig y se metieron corriendo para acá –contó Danilo.

-¿Viste quienes fueron Gonzo? –dijo Picana.

-No reconocí a ninguno, pero para meterse acá tienen que saber por dónde caminan. Si los agarro los mato, te juro. Me pegaron mal, me dieron un culatazo en la cabeza. Estaban bien de vivos, me suena que me entregaron. Cuando salieron disparando a la carrera, me pareció ver a otro que los esperaba en la esquina. No quiero ser botón, ni apuntalar al pedo… pero a ese si lo conozco.

-¡Vero! –gritó el Picana.

De su cuarto salió Verónica, su compañera, acomodándose la ropa.

Ella los miró a todos en un barrer de sus ojos oscuros y saludó con un gesto apagado al tiempo que encendía un cigarrillo.

-¿Perdiste Gonzo? ¿Te lastimaron mucho? –preguntó ella esbozando un poco de cariño y lástima –Si son de acá son unos hijos de puta, con ustedes no da.

-Andá hasta lo del Tesoro. Si pasó algo y andan por acá el ya debe saber –le ordenó el Picana a su mujer, que sin decir nada más desapareció como una sombra en la oscuridad con solo atravesar la puerta del rancho.

-Siéntense –dijo Picana mientras sacaba una botella de cerveza fría de una heladera de espuma plast, llena de botellas y hielo que había bajo de una mesa que ocupaba la mitad de una de las cuatro paredes de la pieza. Una pieza que hacía las veces de comedor y cocina. Todos se acomodaron donde pudieron, en sillas, cajones y el Picana en un sillón destartalado que era el trono del dueño de casa.

-Me salieron por atrás y me rompieron la cabeza. Soretes de mierda. Si me roban, todo bien, pero me la dieron con saña. Con odio ¿Entendés? Nosotros nos portamos bien con todos, siempre en una buena. Cuando armamos algo acá no dejamos a nadie afuera. Son unos soretes.

-Eso no importa Gonzo. La mierda es mierda en todas partes, allá en las viviendas, en Pocitos o acá en el cante. No importa nada      –dijo el Picana pasando la botella y destapando la segunda –Aparte a ustedes hay una cantidad de bobos que les tienen envidia. No son de acá, las minas andan todas como taradas con ustedes. Les sacan el pan de la boca, se sienten menos ¿Sacás?

-Ta, pero si fuéramos nuevos te la llevo –dijo Danilo –pero llevamos años en la vuelta, No jodas loco. ¡Nos conocen todos Picana!

-Por eso mismo. Ustedes no entienden. Hay otras cosas. Ustedes tienen su onda, el porrito, la musiquita, el pelito y acá hay muñecos que no pueden ver más allá de la visera. Es como que patean el hormiguero.

Los amigos se miraban bebiendo en silencio, solo Gonzo tenía la vista clavada en el piso, repasaba una vez más lo vivido, lo que había sentido y revolvía su impotencia en un espiral que no se expandía tanto como para escaparse de su centro. Era una gota de aceite pesada formando una laguna dentro de un vaso de agua, sin escape. La puerta se abrió de improviso, era Verónica y traía en una de sus manos el walkman de Gonzo.

-Dice el Tesoro que del resto se olviden. Solo pudo rescatarles esto y solo porque son ustedes. Fueron los...

-¡Ta! ¡Ta! No digas nada. No digas nada –gritó Gonzo haciendo un ademán desesperado con las manos.

-Es así loco –dijo el Picana- dentro de poco no nos vamos a salvar ni nosotros. Están salados, ya no respetan nada. Antes te trompeabas y listo. Ahora te cagan a balazos si no les gusta tu cara. Se está pudriendo todo y no hay manera de volver atrás. Olvidate. Dejala por esa.

Fue un segundo el tiempo que le llevo a Gonzo terminar de un trago la botella de cerveza que tenía entre las manos. Recordó todas las noches de vino, de protección, de amistad y enseñanzas de las que se había nutrido en ese suelo que ahora pisaba. El creía formar parte, ser y respetar como pares a todos. Mientras despegaba sin ninguna resistencia la etiqueta empapada de la botella de cerveza, miró a Vero y dijo:

-Vero lleva el walkman al almacén del Perro Loco. Cambiáselo por un par de kilos de chorizos y una damajuana de cinco. Hacemos un fuego y a otra cosa mariposa.

El Picana, sacó otra cerveza helada, la destapo, se la acercó a su amigo y mientras le palmeaba la espalda lo consolaba en un ritual silencioso de disculpas y frustración. Salieron al pequeño patio en la entrada del rancho con la heladera a cuestas, rompieron unas tablas de un mueble destruido que esperaba desde hacía un tiempo su destino de leña. Encendieron un fuego en el piso de tierra, rodearon de piedras y ladrillos la parrilla añeja. Comenzaba la lenta fuga del rencor, la despedida odiada de otros tiempos al asumir que casi todo tiempo pasado fue mejor.

Corrió, con la luna y la noche en el cielo, más de una damajuana, más de un gancho de chorizos y más de veinte caras diferentes que entraban y salían de la cena improvisada entre risas y tristeza en las entrañas profundas del cante. 

 

 

fino.                                     

 

jueves, 10 de junio de 2021

Unos vinos. Unos ojos verdes.

 


La vejiga le estaba por explotar, buscó el amparo de un árbol en la oscuridad y se puso a mear. En la avenida semivacía, de madrugada siempre es mejor el amparo de las sombras, para no perder la elegancia ni la libertad. Demoró casi cuatro minutos en descargar el líquido caliente que beberían las raíces y los bichos en las profundas entrañas de la tierra. Su cabeza era un avispero, tenía un pegote de sangre reseca que le tironeaba sobre la ceja izquierda mezclada con el pelo del cerquillo. Otra pelea, otro descanso obligado de nocaut sobre el pasto mojado de rocío, bajo los pinos de la plaza solitaria. 

Los entreveros y los líos saturados de alcohol últimamente estaban terminando siempre igual. Siempre perdiendo, siempre quedando solo y sin un peso en los bolsillos. Caminar en la noche desde Propios e Instrucciones hasta el Buceo se le estaba haciendo una costumbre. Propios derecho, interminable y aburrido. Derecho, mil kilómetros, derecho. Para la próxima vez se juró guardar plata para el boleto de regreso, aunque el vino lo engañara, aunque todos insistieran en poner sus últimos pesos para comprar otra botella. Resopló aburrimiento y desencanto mientras las gotas finales de  orín caían espaciadas sobre el río de líquido hirviendo que, lento, llegaba hasta el cordón de la vereda. Se subió el cierre y en el frío de la madrugada retomó el largo camino de regreso a su casa. Intentaba recordar qué había sucedido esta vez al tiempo que se acomodaba la ropa dentro del pantalón para combatir el aire gélido y cruel. Recordar ¿Para qué? ¿Que importaba?

Había sangrado. Tenía sangre seca en la cara pero nada roto.

Se limpió con un poco de saliva. Podía ser feliz por lo menos un día más. Alguien lo llamó por su apodo y lo sacó del letargo.

-Bato. Bato.

Giró la cabeza, miró hacia atrás y vio dos siluetas acercándose en  la oscuridad. Distinguió a Lucas, un conocido que llegaba con una mujer, tomados de la mano. Le pareció extraño, Lucas no tenía pareja, por lo menos que él supiera.

-Bato. ¿A dónde vas?

-¿Dónde querés que vaya Lucas? A dormir.

-Vení vamos a tomar este vino. No te vayas.

-Bueno, pero dame un trago que me muero de sed.

Se enfrentaron los tres con la botella de por medio extendida por la mano generosa de un salvador. Bebió un largo sorbo del vino tinto cortado con gaseosa. Estaba fresco y espumoso, casi dulce, casi bebible. Después de tomar, Bato devolvió la botella y recién ahí miró a la dama a los ojos.

-Hola ¿Cómo va? –preguntó y acercó su cara a la de ella con la intención de besarla en la mejilla.

-Bien –contestó antes de cruzarse en un beso peligroso que los unió en la punta de los labios.

Un roce. Una migaja de placer. Bato pensó que se trataba de un mal cálculo, pero el brillo en la mirada de la bella lo obligó a desconfiar. Fue un poco de aire tibio en esa puta madrugada.

-Te presento a Karina –dijo Lucas que no se había enterado de nada– vamos a sentarnos en la plaza. Por lo menos achicamos ahí.

Los tres se pusieron en marcha, caminaron dos cuadras tomando de la botella y quejándose del frío.

-¿De dónde vienen? –preguntó Bato hundiendo la cabeza entre los hombros para escudarse de la soledad.

-Del bar de Millán y Raffo. Ahí me encontré con ella que estaba sola, nos pusimos a charlar y a tomar algo. Estuvimos como cuatro horas, yo esperaba a Miguel, pero nunca llegó. Como siempre me dejó clavado. Me tenía que traer una guita. Pero nada. Para variar, Miguelito.

-Y sí. Miguelito.

Llegaron a la plaza y se sentaron bajo el árbol de siempre. Karina prendió un cigarrillo y ofreció la caja. Lucas agarró uno, Bato agradeció y no aceptó alegando que no fumaba.

-¿No fumás? –preguntó ella.

-Cigarros no. Sólo maconha.

- ¿Tenés? –dijo Karina exhalando el humo gris del tabaco.

-Ahora no tengo plata ni para el bondi –confesó Bato resignado.

Ella buscó dentro de un pequeño morral que tenía cruzado sobre la campera y le extendió una bolsita azul.

-Armá uno de acá entonces.

-¡Qué demás! Al menos una buena.

-¿Qué te pasó Bato? –preguntó Lucas al verle la sangre pegoteada sobre la ceja.

-Bien, bien, no me acuerdo –dijo mientras abría la bolsita azul y ponía sobre la palma de su mano un poco del contenido –lo último que sé es que tomábamos una caña brasilera caliente y sin limón. Estábamos con Ruben, Laura, el Nico y un loco que yo no conocía. Esteban se llamaba, o algo así. Desde un principio no me cayó bien, no me daba buena vibra. Aquellos se fueron para el centro, tenían una movida para hacer. Me quedé solo con el loco y la botella por la mitad. Apenas se fueron me habló mal de Ruben y yo me crucé. Creo que lo relajé feo. Me agaché a agarrar la botella del piso y ahí se me apagó la luz.

-¡Qué hijo de puta! ¿De dónde es? ¡Vamos a buscarlo! ¡Vamos!

-Dejá, ya va a caer. Dame otro trago.

-¡Qué hijo de puta! Ese está marcado.

La botella se vació. Lucas preguntó si la cantina de las viviendas estaba abierta. Bato dijo que sí, pero intentó esquivar la caminata.

-Yo no quiero caminar más. Estoy hecho mierda.

-¿Vamos hasta ahí Karina? No prendas eso hasta que lleguemos –dijo Lucas mirando el porro que Bato había terminado de armar.

-Yo tampoco quiero caminar más. Yo aguanto acá –dijo ella.

-Bueno dale ¡No lo prendan eh! –ordenó Lucas y salió caminando con la botella vacía en la mano. Bato y Karina quedaron solos.

El intentó revivir el instante anterior, quería volver a sentir la llama que había visto en la profundidad de los ojos verdes de Karina.

-¿De dónde sos Kari?

-¿No te acordás de mí?

-Qué ¿Nos conocemos? No me acuerdo.

-Yo si me acuerdo. Vos saliste con una amiga. Mariel.

-Si, claro. Pero hace bastante tiempo, y fueron como quince minutos –dijo sonriendo.

-Nos conocimos en su cumpleaños.

-La verdad es que no me acuerdo. Disculpame.

-Si. Esa noche estabas bastante bravito, medio zarpado. Recién habías llegado de Brasil.

-Algo me acuerdo de ese cumple, pero de vos no ¿Y qué haces con Lucas? ¿Desde cuándo sos la novia?

-¿Novia? Ni ahí. Tomamos algo juntos y nada más. Él me dijo de venir a buscar a sus amigos y lo acompañé.

-Pero venían de la mano…

-¿Y eso te hace novio de alguien? ¡Que boludo!

- Si, súper boludo. Sonó como de una abuela ¿no? Ja. Bueno, entonces mirá. ¡Bienvenida! ¡Este es nuestro reino! –dijo Bato extendiendo los brazos en cruz, con las palmas de las manos hacia arriba, levantando la cabeza y mirando al cielo.

-Si, lo sé. Por eso viene. Sabía que te podía encontrar. 

Bato la miró fijo y su corazón volvió a latir. Era una música que llegaba desde las cavernas. Buscó en el fondo de su mochila interior algo que lo conectara con alguna sensación parecida. Siempre era él quien insinuaba, y ahora de la nada, se veía pisando un terreno resbaloso. Ella lo miraba fijo y desde el contorno de sus labios dejaba asomar la punta de su lengua. Y no era perversión, era honestidad y provocaba en él un cortocircuito, un torbellino. Estaba listo.       

Lucas llegó con dos botellas de vino cortado. Se sentó junto a Karina y ofreció con una mano la bebida y con la otra un encendedor. Bato encendió el porro y Karina bebió un pequeño sorbo de la botella. Lucas sonreía frotándose las manos y esperando su turno para fumar.

-¿De qué hablaban che? –preguntó Lucas mirando a la bella.

-Que nos conocíamos –dijo Bato inhalando el humo dulce y espeso.

-¿Si? ¿De dónde?

-Ella es amiga de Mariel, una novia que tuve.

-¿Mariel? No me acuerdo –dijo Lucas agarrando el porro.

-Fue cuando vos estaba en Estados Unidos y yo llegaba de Brasil. Fue en esa época.

-Qué chiquito todo ¿No?

-Si será –dijo ella.

La noche los caminó por encima hablando de boludeces, bajando las botellas, matando fríos y olvidos. Las primeras luces del alba comenzaban a aparecer en medio de las viviendas dormidas. Cada uno a su modo y a su tiempo aterrizaba en la conclusión de que la noche llegaba a su fin. Lo mejor sería irse a dormir. Karina los dejó solos unos minutos, buscó un lugar alejado y oculto donde poder orinar. Lucas, al verla perderse en las sombras de la plaza gastada, preguntó a su amigo que le parecía la chica. Confesó que la conocía poco, pero que intuía que su suerte de amante frágil comenzaba a cambiar. Bato sonrió, dijo que fuera despacio, con calma, que no volviera a caer en la trampa de siempre.

-Lucas, no jodas ¡La conocés hace cuatro horas! Los cuentos de hadas son eso ¡Cuentos! ¡No jodas!

Lucas rompió los susurros con una risa hambrienta y entre carcajadas y veneno terminó de un trago el último resto de vino.

Los dos la vieron salir desde atrás de los arbustos. Karina, un pie tras otro, en cámara lenta, venía caminando con las manos en los bolsillos. Ellos la miraban. Un pie tras otro, ondulando sobre el pasto. Bonita, con sus pantalones ajustados que le marcaban las caderas. Ella flotaba en el aire denso y su pelo ondulado y castaño oscilaba en una cadencia sugestiva abanicándole la espalda. Paso a paso, llegando bajo la luz opaca de los focos gastados. Ella joven y hermosa, dueña de los ojos más lindos que pudiesen existir. Libre y simple, avanzando con la mirada incandescente que Bato volvió a recibir como un fogonazo en la sien. Y en ese destello de lucidez, él se preguntó qué carajo podía buscar una mujer así en un tipo gastado. Él era solo un recuerdo, quizás ella estaba anclada en el pasado o veía un resquicio por donde colarse y rescatarlo antes de que fuese demasiado tarde. A él le costaba creer que alguien pudiera amarlo. Ella llegó, y le pidió a Lucas que la acompañara hasta la avenida para tomar un taxi. 

-¿No querés que te lleve hasta tu casa? –preguntó Lucas.

-No ¡Qué vas a ir hasta allá! Me tomo un taxi en la esquina y llego al toque.

-¿Estás segura?

-Si. No te compliques. Nos vemos Bato –dijo ella al tiempo que acercaba su cara ofreciéndose para un besos de despedida.

Mientras se besaban, otra vez al límite de la tentación, ella le dejaba en la mano un papel arrugado y criminal. Bato lo guardó con disimulo y sintió el fuego del deseo quemándole la mano, las tripas, la carne. 

-Amigo, déjame cincuenta mangos para el boleto –dijo Bato ocultando en esas palabras las ganas infinitas de abrazar a Karina y besarla. Lucas, sin verlos y envuelto en la nebulosa del porro y el alcohol, buscaba en el fondo de sus bolsillos un billete.  

-¿Nos juntamos mañana? –preguntó Lucas al dejarle el dinero.

-Claro. Caigo a eso de las seis. 

-Chau, nos vemos –dijo Karina tirándole un beso a Bato con la punta de los dedos.

Lucas y Karina abandonaron la plaza en busca del taxi. Bato se quedó mirando las botellas vacías tiradas en el piso, con la esperanza de que aún quedase un último trago. Apretó el papelito arrugado que Karina le había dado, lo sacó del bolsillo y lo miró. Era un número de teléfono.

Comenzó a caminar rumbo a la parada del ómnibus, que a esa hora ya estaba por pasar. Miró a Karina y a Lucas que caminaban separados. Se tocó la frente, arriba de la ceja, sintió una puntada y un dolor casi antiguo. Pensó que siempre hay algo que aprender, por más que todo sea lejano y sabido. Mentalmente comenzó a prepararse para otra pelea, para otro descanso obligado por nocaut sobre el pasto mojado de rocío, bajo los pinos de la plaza.

 

fino.                    del libro: Mil Bares

Junio 2021.

 


miércoles, 9 de junio de 2021

Ella es así. (La carta perdida).

 

                                                    

   (Música de fondo : Tu vida Mi vida -Fito Páez)

 

Cuantas veces imaginé verla llegar. Como aquella vez, arrasando sobre el empedrado, comiéndose el mundo. Ella era así, con pelo corto en los lados, largo atrás y con el cerquillo libre flotándole en la frente. Como aquella vez, la camisa hindú roja, ojotas y un short hecho de un vaquero cortado, mostrándome todo su poder. Era libre, poderosa, ingobernable. Hablaba de no parar, de seguir insistiendo por donde las balas picaban cerca, estaba peleada con el mundo. Y mis manos abiertas sobre sus hombros lindos y firmes, apenas podían rozarla. Ella era así. No dejaba que la sostuviera, que le acercara un poco de agua, apenas aceptó mis besos, alguna caricia perdida, fugaz sobre su piel morena y brillante. No me quería cerca. No me quería lejos. Me dejó una dirección falsa y la promesa de encontrarnos en Brasil, me dejo un hueco en el pecho y comiendo de su mano. Me costó olvidar sus besos sedientos y salados bajo el sol que se filtraba entre los árboles de la Prote. Me costó dejarla. Me quería lejos. Cuantas veces imaginé verla llegar. Cuantas veces corrí a buscarla sabiendo que estaba cerca, cuantas veces se escondió al oír mi voz. Me quería cerca. Nunca me contaba a donde se iba cuando se perdía, con quién hablaba, donde dormía. Solo llegaba, me dejaba lamerla, bañarla, cuidarla y beber algunas gotas de su miel. Me quería lejos, y se volvía a escapar. Cuantas veces imaginé verla llegar y no partir. Ella era así, linda. Su cuerpo tallado, perfecto y vibrante, las piernas poderosas, firmes al ritmo de sus pasos. Sus senos duros, perdidos entre mis manos y yo, deseándola más y más. Ella me quería lejos. A veces me dejaba llegar, yo quería más que el insuficiente cuentagotas de su tiempo.

Hoy estoy sentado a la mesa de un bar frente a su casa. Espero verla, sueño despierto que aparezca y me vea. Su cara. Quiero ver su cara, quiero ese instante supremo, ínfimo. Ahí estará la verdad y la respuesta. Juraría que la amo sobre alguna tabla sagrada o dentro de este vaso de cerveza. Pero la puerta de su casa esta cerrada, y las ventanas, y no hay luces vivas mordiendo los resquicios de las cortinas. Vacío, ahí se respira vacío, ahí adentro y acá afuera. Pido otra copa, me clavo a la tabla de salvación de sus ojos lejanos, y a la esperanza de que también me siga amando ¿Y si no? A llorarla a mi cuartito. Siempre fui un imbécil. Me cuesta hablar y mostrar aunque sea un poco las raíces. Es mejor escribir, a ella le gusta leer. Y yo no cambio. Y ella no cambia. Entonces nos tapan las aguas turbias, los peligros desalmados que siempre acechan sobre el amor ¿Está ahí? Creo que algo se mueve ¿Es la cortina? ¿Un reflejo? ¿Mi deseo? Voy a apostarme todo a la esperanza, y si pierdo aguantaré cada uno de mis reproches, pero necesito saber. A fin de cuentas estoy solo. Diez minutos. Esperaré diez minutos y si una señal no se presenta me entrego al olvido. Una señal. Abro una puerta desesperada hacia el intento, hacia el fracaso. Debo estar loco. No es ninguna novedad. Esperar por milagros en lugar de hacer lo que se debe hacer ¿Será el alcohol? ¿Será que mis neuronas se fagocitan la cordura en un baile caníbal y perverso? Ahí, en la ventana ¿Una silueta? ¿Son reflejos o las luces del tráfico haciendo sombras chinas sobre mi necesidad? Apago todas las llaves de mi mente y cuento hasta diez. Uno...dos...tres...cuatro...esta vida no vale tanto. Pero siempre fuimos así. Libres y enjaulados en nosotros, enjaulados en el pasado.

 fino.

Junio 2021.

jueves, 3 de junio de 2021

Ojos dentro de ojos.

                                                               



 

El taxi se movía lento. Cientos de personas por ambos lados de la calle y sobre las aceras, caminaban tan lento o más que ese coche.   Él, desde la ventanilla, abanicaba el tedio mirando los edificios, los colores, vidrieras y carteles luminosos. Un frío gris en cuentagotas comenzaba a parir la noche. Buscó con la mirada algún punto de referencia y le explotó en la cara como una tormenta repentina, una gigantografía. Era la propaganda de un perfume que, congelada en la pared de un edificio comercial, ocupaba su horizonte inmediato a unos cien metros de su cara. Pero no se centró en la belleza de la chica del anuncio, ni en la forma sinuosa del envase ambarino, se vio imantado en la profundidad de los ojos verdes, apenas delineados, de esa mujer. Allá arriba, a lo lejos, esos ojos como dos lunas de jade lo estaban encandilando. El taxi apenas avanzaba, apenas. ¿Que detenía todo más adelante?  ¿Un choque? ¿Un cuerpo sobre el pavimento? ¿Una manifestación? El motivo no importaba, pero el taxi apenas se movía. Pagó, agradeció y se bajó. Parado en la vereda lo envolvió un silencio profundo y total. Volvió a mirar la foto y distinguió una forma dentro de esos ojos, unos dibujos extraños en las pupilas que hacían foco en el iris verdemar. Esos diseños difusos lo atarían hacia el núcleo, no podía mirar otra cosa. Comenzó a caminar por la acera entreverándose con la gente que iba acelerando el paso mientras, otra vez, él apenas avanzaba. Lo pisaban, lo pechaban, lo empujaban corriéndolo de su centro, él mantenía su mirada negra azabache clavada en aquella otra mirada, allá arriba, a noventa metros de distancia. La multitud a contramano lo sacudía hacia adelante y hacia atrás con la velocidad invasiva de los suicidas, era un junco semi anclado al fondo de una laguna. El viento a ras del suelo y aquellos ojos verdes que parecían llorar lo llamaban en secreto. La noche caía sobre la calle, y sobre todas las calles, idénticas, calcadas, y las luces aumentaban su brillo anunciando la oscuridad total del cielo. A pesar de todas las puertas abiertas y de todas las caras iguales, las almas se iban encerrando en si mismas sin que importase el gentío. Se coló por sus oídos y por el silencio que lo envolvía desde antes, un susurro apenas audible, un canto de sirena. Allá arriba, a noventa metros, las imágenes dentro aquel cielo verde iban mutando en círculos y mareas fugaces. Fue creciendo el murmullo y las voces y la avenida redoblaba el tiempo en los pasos vertiginosos de los otros. Un sabor amargo brotó dentro de su boca y se mezcló con la espuma de su saliva, que contuvo y trago sin asco, como tantas otras veces después de las frustraciones y de los fracasos. Sintió que se despegaba del suelo y atravesaba el espacio, devorando la distancia que lo alejaba de aquellas retinas y mientras se consumían las fronteras, el se iba hundiendo en un humor acuoso, en un instante perdido del mundo. Y se vio nadando por canales adversos y por cristalinos inundados de luces verdes fosforescentes. Estaba naciendo, volviendo al océano vítreo y esmeralda de todas las cosas sin nombre, de las preguntas más simples e inocentes de la infancia. Su piel se desmaterializaba en pequeños jirones plateados y lisos al contacto leve con la fricción rugosa del agua. Abajo, las cabezas y los brazos de los cardúmenes apáticos parecían presas, listas para devorar y ser devoradas. Olas apretadas en un fluir presuroso que no calmaban la angustia de toda esa gente y que sostenían obstinadas sus mentes de pez. El dejaba de ser así, se desprendía de las urgencias y de las palabras dichas por decir. Allá abajo, todos en uno, uno dentro de todos, y eran, y fingían ser, y no estaban fingiendo estar. El nadaba calmo, lento, consumiendo horas dentro de un segundo, a solo noventa metros, se iba apagando, iba desapareciendo. Un aroma a primavera lo acercó a la orilla, los ruidos de las frenadas y los bocinazos terminaron de dejarlo parado otra vez en la calle. Pero el sólo deseaba volar, para poder caer y volver a levantarse, necesitaba transformarse. Desde la espalda recibió un empujón enérgico que lo hizo trastabillar, al tiempo que lo envolvían las voces histéricas de la ciudad desenfrenada. Puro llanto, pura artillería visual desde los escaparates y las vidrieras implacables de los cazadores. Bajó la vista hacia el suelo y miró sus pies. Estaba descalzo y parado sobre un charco de agua musgosa. No comprendió quién era, ni de dónde venía, ni hacia donde se dirigía, estaba en el lugar donde las cosas dejan de ser, donde todo es incierto. Sin pensarlo paró un taxi, se subió, y dijo una dirección que salió desde su boca como un tic añejo. Exhaló y se buscó en el retrovisor. Encontró en el espejo el antifaz de su cara y sus ojos verdes, intensos, volvieron a marcarle el rumbo, sintió el placer de creerse salvado, por lo menos hasta mañana.

  fino.

Junio 2021.