miércoles, 9 de enero de 2019

Los disparos



                                                                            

A Gonzalo lo despertó el rocío de la madrugada cayendo sobre su cuerpo desflecado. Desmayado por el alcohol dormía desde hacia tres horas sobre pasto húmedo en la soledad de la plaza que esta en medio de las viviendas. Los pies helados, la boca pastosa por una sed asesina terminaron de sacarlo del colapso. Una luz mortecina iluminaba desde hacia rato el contorno de los bloques de apartamentos de paredes grises y de ladrillos rojos gastados por tanta intemperie y demasiada tristeza. Se levanto como pudo, trastabillando hasta que encontró el punto que lo retuvo con los pies sobre la tierra ya que su cabeza estaba en algún planeta perdido. Rebusco en los bolsillos del pantalón vaquero haciendo equilibro sobre una cuerda floja imaginaria, se aferró a la pelusa del bolsillo izquierdo y a los billetes arrugados del derecho. Respiró profundo el aire de la madrugada de cara al cielo y con los ojos apretados intentó matar las voces que no dejaban de atormentarlo, voces de tonos deformes y fuera del rango animal. Voces que le habían quedado rondando de la fiesta y de la charla entreverada antes de terminar dormido sobre el pasto. Ahora estaba solo. Abrió los ojos, caminó por las sendas de baldosas destruidas y tramposas mientras intentaba ordenar sus necesidades.
Su cerebro logró codificar : Frío. Hambre. Sed.
Atravesó la cancha de basket, los juegos infantiles, el terraplén, y bajó las escaleras que lo llevaron a la avenida. Alejandro y Javier arreglaban el mundo que giraba alrededor de su mesa y de la tercera botella de vino tinto que se tomaban en el bar, cuando vieron a través del ventanal a Gonzalo que se acercaba caminando eludiendo toda línea recta. Se quedaron mirando a su amigo al que unas horas antes habían dejado durmiendo en la plaza de todos los días. Alejandro despegándose apenas de su asiento se inclinó sobre la mesa y con las piernas corrió un poco hacia atrás su silla, al volver a acomodarse pensó: “que hijo de puta, ya esta arriba otra vez”. Javier apoyado con los codos sobre la mesa, unía las palmas de las manos junto a su pecho e imaginaba la cara pondría Gonzalo al leer la carta que debía entregarle. El bolichero con los ojos escondidos detrás de unas ojeras inmensas, vio que Gonzalo atravesaba la puerta del bar  y de inmediato  supo que su cama y su mujer, escaleras arriba, iban a tener que esperarlo unas cuantas horas más.
-¿Que te sirvo Gonza? ¿Lo de siempre?- preguntó resignado el bolichero.
-Si Boliche, pero triple, sin hielo, un buen vaso de agua fresca y también algo para masticar. La puta que me parió, se me parte la cabeza y estoy cagado de frío –dijo apenas dejo caer su cuerpo sobre una silla de madera que crepitó como en el centro de una hoguera.
-¿Descansaste un poco, eh animal? –preguntó Alejandro con una sonrisa cómplice pintada en la cara, mientas escarbaba con las uñas de una mano la unión de dos tablas de la mesa.
-Quisimos despertarte para que vinieras con nosotros, pero fue imposible. Estabas muerto –dijo Javier.
-Si. Me estoy pasando de tragos y de mambo. Tengo que encontrar la manera de aflojar un poco, pero la verdad es que tengo la cabeza en cualquier cosa.  Prefiero estar anestesiado y no pasarme todo el santo día comiéndome el coco –confesó Gonzalo.
-Decídelo a mi si chupará, que en este mes duplique las ventas –dijo el bolichero mientras descargaba el contenido de la bandeja sobre la mesa.
-Se ve que mucha guita no ganás, mirá los refuerzos de mierda que haces para tu clientela  –bromeó Alejandro cuando el bolichero volvía hacia al mostrador.
Mirando a Gonzalo, Javier sacó del bolsillo de su campera la hoja doblada que tanto lo angustiaba y que le pesaba mas de una tonelada pues intuía que muchas cosas cambiarían apenas entregara ese maldito papel, apoyó la carta en la mesa y le dijo:
-Gonza, mientras dormías vino Sandra. Trató de despertarte y como no pudo se fue al toque. Me dejo esto para vos. El rostro de Gonzalo cambió de color, de gesto, fue un golpe inesperado  separó los labios para susurrar algo que se ahogó de inmediato en el aire espeso del bar. Agarró con fuerza la hoja que comenzó a temblarle entre los dedos crispados como si estos hubiesen leído en braille lo que Sandra había escrito. Sus amigos captaron la imposibilidad de cualquier diálogo entre los tres y se enroscaron  hablando entre ellos dos de bueyes perdidos. El bolichero sentado detrás del mostrador, enjabonaba y enjuagaba vasos percudíos en un ritual mecánico y aburrido, que solo interrumpía para controlar el panorama despegando apenas la vista de su rutina sin levantar casi la cabeza. Gonzalo se paró, terminó de un trago el liquido de su vaso, caminó hasta el baño y entró, con la espalda trancó la puerta y envuelto en el vaho que desechan los cuerpos quemados por el alcohol, leyó la carta.

“Vuelvo a lo de mi madre. Estoy cansada de andar rodando de casa en casa. Estoy cansada de las noches largas y de sus ruidos, agotada de rebotar entre toda la basura en que nos metimos. No te culpo, yo también lo elegí. Quiero que sepas que estoy embarazada y que pienso tener el bebe. Que es solo mío, no nuestro. Es lo único que me pertenece en toda la mierda que me rodea y espero que sea lo que me traiga de nuevo a la tierra. Vos siempre me decías que volviera a mi casa, que en ningún lugar iba a estar mejor, que no importaban los problemas que tuviera con mi madre, que nada podía ser mejor que estar ahí. Recién ahora lo entiendo. Vuelvo y va a ser mejor que no me busques. Este bebe es mío, de nadie más. Te amo. Vos seguí tu vida y ojalá encuentres lo que estas buscando. Lo muestro estuvo bien mientras duró. No me busques. No me escribas, tus cartas ya no me interesan”.

Los labios rojos de Sandra impresos con lápiz labial, lo besaron a modo de firma desde el último renglón del papel, solo un gélido beso como despedida era lo todo lo que tenía. Gonzalo arrugó la carta contra sus ojos encendidos de impotencia y rabia. No pensó en que Sandra apenas había cumplido los dieciseis o en ese padre delincuente que seguramente lo buscaría para matarlo por que le habían cogido a su nena. No pensó en recuperarla ni en cuidarla para siempre. Sandra ya había decidido y contra eso nada era posible. Por eso la amaba. Por ese idioma sin palabras que habían inventado la tarde que se dejaron llevar sobre un colchón prestado, cuando ella le juraba que sabía lo que hacia sin que la sangre de una primera vez la mojara. La recordó desnuda arrodillada ardiendo temblorosa sobre él, arqueada hacia adelante con el pelo negro entreverado cayéndole entre los pechos duros y nuevos. Volvió a recordarla gimiendo, mientas lamía el sudor picante de su cuerpo caliente y cuando unidos por el cordón umbilical del sexo explotaron interminables sobre el origen de todo deseo. Si, cuando desesperados y libres se ahogaron en saliva y se consolaron entre promesas y suplicas de más, más... y más. Ahora sentía como el amor y la paternidad lo mutilaban descuartizándolo con el bisturí filoso del abandono.Era otra frontera que Gonzalo cruzaba sin la intención de hacerlo, eran  más trampas de la carretera que había elegido recorrer. Su mente le pedía llegar a casa, juntar un poco de ropa, elegir algunos de sus pequeños tesoros y meterlos en un bolso, sacar del cajón la plata que venía juntando desde hacia casi un año y subirse por fin a ese bus que lo llevase a Brasil como tantas veces juntos ellos dos lo habían soñado. Gonzalo estaba solo. “Hay veces en que las cosas por algo se dan”, pensó justificando su cobardía. Salió del baño en un trance narcótico, miraba pero no veía que sus amigos movían la boca y agitaban las manos con gestos desesperados. Tampoco notó  el desorden de sillas tiradas y mesas dadas vuelta, los cuadros, los vasos rotos y las botellas desparramadas por el piso. Una ráfaga inesperada de violencia, como un torbellino había azotado el bar buscando calma en la venganza, mientras Gonzalo leía.
Ni Alejandro, ni Javier, ni el bolichero pudieron frenarlo para avisarle y hacerle comprender lo que le se venía encima. Gonzalo no escuchaba. Gonzalo no veía. Salió del bar sin detenerse, parados en la vereda, de boca abierta, con las manos en la cabeza y con ojos llorosos, los tres lo vieron desaparecer como a un fantasma por la avenida que apenas se mantenía encendida. Había algo de malicia y vértigo en su silencio, estaba atado a un cuerpo sin sangre y la vida que dejaba atrás sobre esas calles ya no la encontraría en ningún otro sitio.

A media mañana, cuando salió del letargo y sin comprender como, Gonzalo estaba viajando en un ómnibus por una carretera con rumbo norte. Era un cuerpo sin alma. Boca, pies, hombros, un ser desacomodado sin miedo ni intensidad. En la mochila que sostenía sobre los muslos, guardaba algo de ropa, un libro que no terminaba de descifrar y su cuaderno de tapas azules plagado de garabatos lacrimógenos. En la mano derecha sostenía una botella de vodka apenas comenzada, se quedó buceando un instante en la etiqueta azul y blanca con palabras en ruso. Algo crecía en su pecho y lo sostenía a pesar de todo, abrió la ventana, saco la botella y fue volcando el liquido que se negaba a caer dibujando una llovizna paralela antes de mojar la carretera. Su cabeza distorsionada le proyectaba un aluvión de fotos entreveradas de la madrugada, imágenes saturadas de golpes, gritos y corridas. Aun le taladraba en los oídos una frase: “cuando te agarre te mato, hijo de mil puta” y los gritos, los golpes y más gritos y más golpes, pero sobre todas las cosas el eco de los tiros y los ruegos desesperados de  Sandra llorando abrazada a los pies de su padre.
Ella.
Siempre ella, salvándolo de todo.

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