jueves, 25 de junio de 2020

Las Manos.

                                                             

Fue una picardía que terminó transformándose en tragedia. Todo el dolor de esa gente angustiada y empantanada en el río lo reflejaba. Eso lo asustaba, lo atemorizaba de verdad, tanto como su padre. Desde la cima del árbol en el que estaba oculto podía verlos a todos, incluso al viejo. Lo vio girar la cabeza, mirar hacia el monte con las manos hundidas en los bolsillos, con el pucho que nunca salía de esa boca pastosa; lo vio cuando, echando humo, comenzó a caminar hacia el, como intuyendo donde se escondía. Martín besó la rama, clavó la frente y las uñas de los dedos en la corteza húmeda del árbol, y susurrando muy bajito empezó a implorar que su padre no lo descubriera, que esas manos huesudas no salieran nunca de los bolsillos. Sabía de lo que era capaz. 

Todo comenzó cuando Martín llegó hasta el muelle con una antorcha encendida. Un palo envuelto en trapos empapados en kerosén, buscaba uno de esos pescados gigantes que a veces los pescadores dejan ocultos en el fondo de los botes, para levantarlos más tarde, cuando el carro cargado hasta el tope se lleva toda la pesca al precio de la miseria. Los trabajadores cansados esconden alguna pieza para llevarse al rancho cuando el río vuelve lento a la soledad. Engañan el desconsuelo del abuso con algún dorado gordo que, sin fiesta ni alegría, va a parar a la parrilla adobado con litros de vino agrio y barato. Un buen día de trabajo. Martín, con el fuego en las manos, se metió a revisar entre los botes, después que todos subieron la ladera para guardar las redes en los galpones. Mientras revolvía buscando un pescado, tropezó con esa boya de porquería y rodó por la chalana. Los trapos con kerosén volaron por el aire escupiendo llamas vivas que llovieron, como gotas de fuego, sobre los tres botes amarrados. Ahí fue cuando todo se descontroló. El nailon, los bidones de plástico con restos de nafta y las maderas arrugadas por el sol, terminaron haciendo el resto. Bajo la luz de la luna ardían las tres chalanas, el tesoro escaso de los pobres, tan pobres como él. Entonces se tiró al agua y nadó río abajo más de doscientos metros. Tuvo suerte, nadie lo vio. Se acercó a la orilla donde el río se pegaba con el monte y subió por la pendiente hasta lo más profundo de la noche. Trepado al árbol más alto se puso a mirar cómo llegaban corriendo a grito pelado los pescadores, los niños y las mujeres, intentando evitar lo inevitable. Se puso a llorar.        Martín no tenía consuelo mientras veía acercándose la braza minúscula del pucho, apareciendo y desapareciendo intermitente entre árboles y matorrales. No tenía salida ni esperanza. Pero él les iba a decir a todos, cuando pudiera tranquilizarse y hablar, les iba a contar. Podía ayudarlos a pescar cuando arreglaran los botes quemados. Él los iba a ayudar, sin cobrar ni un mísero bagre descarnado. Pero ahora no. Ahora tenía miedo de lo que iba a pasar. Como cuando faltó a la escuela para quedarse jugando en el camino, en el pasto bajo el sol tibiecito con las lombrices que amontonaba en el frasco. Como cuando con el Ignacio chico le robaron los huevos de la bataraza a Doña Chola. O sin ir más lejos, cuando lo encontraron pitando un armado de chala atrás del galpón del Medina. Pero esto iba a ser peor, lo sabía. Esto iba a ser igualito a cuando se paró adelante de su madre para que el viejo, mamao, no le cruzara la cara con el cinto y después siguiera y siguiera y siguiera hasta que se le cansaron los brazos. Esto iba a ser igualito, lo sabía. Pero no lloraba por eso. Lloraba por sus hermanos más chicos, por su madre y por el pobre del Julito, que por mucho menos que eso viven llevándole flores todos los domingos. Él sabía que esta vez se había pasado de la raya, pero fue sin querer. Fue para llevarle el pescado a la Marisa, que estaba sin comer desde hacía dos días, que estaba a puro pan viejo y agua, metida sola en el monte, más arriba, y que no tenía donde estar, y que la mama lo mandaba a llevarle el pan, y que la panza le crecía cada día por el bebito, y que no era ninguna puta, y que tenía la cara hinchada, llena de moretones y cicatrices por ese cinto de mierda, por el rebenque, y por las manos huesudas que él no volvería a permitir que salieran de los bolsillos nunca, nunca más.


fino.

Junio 2020.

miércoles, 17 de junio de 2020

Empiezo mañana.

                                                                   



 Era asqueroso. Asqueroso y desagradable. Lo veía desde lejos sentado frente a mí en otra mesa junto a la puerta del bar. Ni los ruidos de la calle, ni el bullicio general lograban tapar el volumen de su voz. Comentaba y opinaba de mil temas a la vez, engullía y sorbía un café que estaba frío de tanto esperar mientras la comida se le escapaba por la comisura de la boca. Entre la camisa blanca desabotonada hasta el abdomen y el saco azul de marca, escondía una gruesa billetera que hacía juego con su bronceado. Hablaba sobre corruptos, sobre acomodos con amigos y negocios turbios. Hablaba despectivamente y poco a poco fue agotando mi flaca y cascoteada paciencia. Siguió con relatos de sus divorcios costosos, de aventuras y engaños que habían patinado sobre su panza prominente. No habían pasado veinte minutos desde que yo me había sentado a mi mesa, cuando él ya había destruido a medio país y a cientos de familias. Pensé, cuanto desprecio guarda en su interior un ser humano así, creer que su posición y su auto caro (al que vigilaba a través del ventanal) lo ponían por encima del resto de los mortales, por encima de los que estábamos allí. Los vivos de verdad la vamos de callado, hay que ser demasiado otario para andar a los gritos agitando el avispero, pero el se creía con derechos adquiridos, lo pensaba y lo decía. Ya llevaba casi una hora hablando, no había bebido más de tres sorbos de café y en todo ese tiempo su compañero de mesa apenas había logrado hablar, puedo asegurar que su cuello estaba contracturado de tanto asentir y negar. Yo no podía concentrarme en lo que leía, entraba y salía del texto acompañando por el sube y baja de aquella voz estridente. Leía, pensaba y juntaba combustible imprimiéndole presión a la caldera de mi cabeza alienada. Todavía que no me sale una, este viene a refregarme a los gritos su suerte. Me vi levantando la mirada y fijando mis ojos en su cara despreciable, estaba transportándome hacia un lugar donde mi mente volaba y se perdía en el infinito. Cuando cruzamos las miradas cortó el monólogo racista que había comenzado a elaborar en el funcionamiento de quién sabe que engranajes misteriosos, pues yo casi no escuchaba, solo lo veía mover su boca grasosa.

-¿Que mirás? –me dijo con mi misma cara de asco.

-Lo pelotudo que sos –respondí sin apagar los rayos de furia que salían de mis ojos.

-¿Perdón? ¿Qué te metés donde no te llaman?

-¿No me llaman? Si estás hablando como para que te escuchen desde el otro lado del río. Dejate de joder.

 -Yo hablo lo que quiero y cuando quiero. Vos calladito ahí, en tus asuntos, no te metas conmigo.

-¡Si patrón, como no! ¿Alguna otra cosita?

-Sí, que dejes de mirarme y que no te hagas el vivo.

-¿Sabés lo que pasa? Es que con tantas boludeces que estás hablando a todo volumen, es imposible no mirarte. Y lo que es peor, no puedo dejar de pensar en cómo puede existir gente como vos. Sos despreciable, pero imagino que ya te lo deben haber dicho millones de veces.

-Cerrá el culo, bobo. Callate.

-¡No me callo nada enfermo! Porque es así, sos un enfermo. Te crees dueño de la verdad y no estoy obligado a escuchar lo que decís. Acá cada cual está en sus cosas, pero aunque no lo queramos hay que prestarle atención al señor mientras habla mierda de todos. ¿Te crees tan importante, como para arrastrarnos a comer tu discurso? Si hablas a todo volumen, es para que todos escuchemos tu verdad. ¿Y sabes una cosa? ¡No me importa tu verdad! Estamos como estamos por gente como vos. ¡Imbécil ¡ Estamos rodeados de prepotentes como vos, que tienen la creencia estúpida de sentirse superiores –dije y paré por un instante mi retórica sincericida de rata de caño gritando para la tribuna.

Respiré profundo buscando alguna mirada cómplice entre los presentes, alguien que me acompañara en mi postulación como “Gil del Año”. Todos miraban hacia otro lado. Gané por nocaut. A esa altura yo estaba parado sobre una silla y solo en mi discurso, pero eso no importaba. El me miraba con más asco que antes. Y heroico, no lo dejé contestar.

-¡Esto es lo que creamos, Señores! Caímos en desgracia. Soportamos de brazos cruzados a ladrones como este, y eso no lo aguanto más.

¡Esto es lo que creamos, Señores! -dije señalándolo con el índice y mirando hacia todos lados esperando aplausos redentores. Nada.

Ya sin aire, vacío y con los ojos inyectados en sangre esperaba que alguien, que no fuera él, dijese algo, pero el silencio se hizo más profundo aun. Y lo volví a romper.

-¡Es seguro que si pensamos con el monedero seguirán naciendo monstruos como este! ¡Te voy a matar!

Cuando la niebla se dispersó de mi mente y mis ojos perdieron la sangre acumulada que los había enceguecido, todo seguía exactamente igual. Yo, sentado con el libro entre las manos mirando como el indeseable movía la boca. El, comiendo como un cerdo mientras su compañero de mesa sacudía la cabeza como los perritos chinos en los autos. Me prometí que dejaría de beber por las mañanas, era claro que el alcohol me estaba alterando la percepción, el metabolismo y los sentidos. Salí como quemado en aceite, busqué otro lugar donde poder leer en paz y pensar en alguna pequeña estafa que me diera un poco de dinero fácil, si es que lograba bajar de la nube espesa en la cual estaba inmerso. Encontré un bar de copas, añejo y sucio al borde de la clausura. Sin mirar mucho a los parroquianos acodados en el mostrador di las buenas tardes genéricamente con un susurro amorfo. Recibí un murmullo. Pedí un medio y medio triple y sin hielo. Me lo acercaron y lo bebí de un trago. Repetí el pedido. Apenas abrí el libro cuando el alcohol otra vez distendió mi masa encefálica atrofiada y me encontré riendo carcajadas sin poder evitarlo. Volví a prometer que ya no tomaría alcohol desde temprano. Pedí otra vuelta triple. Hoy será un día largo, muy largo. 

fino.

Junio 2020.

miércoles, 10 de junio de 2020

En sesenta minutos.

                                           


 

 

Estaba disperso y le costaba concentrarse. Los temblores le habían comenzado por los pies, después siguieron por las manos mientras que el corazón aumentaba al doble las palpitaciones. Estaba seguro que era por las pastillas, se había tragado mal las mitades que debía tomar o las había tomado por segunda vez en el correr de la mañana. No lo sabía, no lo recordaba. Si en ese momento alguien le hacía la pregunta, el estaba dispuesto a decir a quien quisiera oírlo que la culpa era de ella, por haber salido a pasear cuando más la necesitaba. Era una sinvergüenza. Traicionarlo de esa manera después de tantos años. A ella, esas mañas le aparecieron cuando a el se le empezó a caer el pelo, de eso estaba completamente seguro. Ella, que siempre protestaba y no comprendía que los años no llegaban solos. Justo a el, que no le gusta mentir, que le gusta adornar con cuadros de paisajes y con los retratos de la familia la casa hermosa que le había regalado. Porque el se la había regalado, para que ella tuviera, para que no anduviera diciendo cosas por ahí. El, que casi siempre era bueno con ella. Además solo la golpeaba cuando ella no le hacia caso, cuando se lo merecía o si la comida estaba fría y asquerosa. Solo esas veces, después no. Casi nunca. Pero sabía que en el fondo ella agradecía que el la quisiera tanto, por eso le dejaba todo pronto para que no le faltara nada cuando ella iba a salir toda la tarde, como hoy. A fin de cuentas en una relación de tantos años siempre hay pozos, como en el asfalto. Ya había pasado casi una hora y observándolo todo con cierta distancia, el veía todo más claro, fue traicionado sin razón. Lo juraría sobre el cristo incrustado en la pared. Ahora sentía que los temblores aumentaban, que la mandíbula se le trancaba y que la lengua se le desparramaba hacia la pera. Estaba envuelto en susurros y en un río de baba espumosa. El, que era un héroe, que era un señor, ya ni su estúpido cuerpo le obedecía. Pensaba, ordenaba, pero su mente no acataba las órdenes cuando más necesitaba. Cayó al piso, estaba solo y seguro que este sería su fin, pero no iba a llorar, no debía llorar como una mujercita. El, que era un ser diferente y que sabía un poco de todas las cosas, como no se había percatado al tomarlas, del asombroso parecido entre las pastillas para el corazón y el veneno para ratas. Pero, a pesar que estaba quedándose duro y que la respiración le faltaba, no iba a llorar, no era una mujercita.

 

 fino.  

Junio 2020

martes, 2 de junio de 2020

Mariposas.

                                                        



 

Terminó de tomar su café sentado junto al ventanal del bar, observando la calle, pensando su soledad. Dejó unos billetes sobre la mesa, saludo de lejos la moza, abrió la puerta y salió. Parado en la calle, de espaldas al bar, levantó la vista hacia cielo, respiró profundo y exhaló tanta tensión como aire llevaba acumulado en los pulmones. Miró hacia ambos lados de la vereda eligiendo hacia qué lado comenzaría a caminar. Hacia la izquierda. Camino calle abajo y a unos pocos pasos, junto a la mesa de saldos de una librería, la figura de una muchacha revolviendo libros, atrajo su atención. Al pasar junto a ella, sus ojos se posaron en las manos tatuadas que escarbaban sobre los libros. Todo se detuvo, el día se apagó, un telón negro y gigante cayó sobre ellos envolviéndolos. El no podía sacar la vista de esas manos tatuadas, en solo un segundo descifró el mapa y la historia que vivía en esos dibujos. Eran tallos verdes, delicados, frágiles, un espiral de tallos flotando en diferentes direcciones que nacían en las uñas rojo sangre y se le enredaban entre los dedos, como buscando florecer. En esos dibujos ella mostraba sus secretos, las huellas de su vida. El se paró a su lado y ella, sin girar a mirarlo, sin sobresalto ni sorpresa dijo:

-Te estaba esperando. Sacame de acá.

Se tomaron de la mano y comenzaron a caminar. La luz de la mañana los iluminó, dos desconocidos sin historia común que recordar. El se perdió en un rostro impaciente y bello, en sus ojos claros, en el pelo rojizo y enrulado que le caía sobre los hombros quemados por el sol. En silencio giraron en la primera esquina que cruzaron, sin saber bien el porqué, el presentía que ella debía estar a su lado. Crecía en ambos, a cada paso, el deseo. Encontraron abierta la puerta de un edificio y entraron, fueron escaleras arriba, uno, dos, cinco, nueve pisos, hasta que se enfrentaron a la puerta de la azotea, la atravesaron y caminaron hasta el pretil. Recorrieron como perros enjaulados el área del edificio, sin encontrar más salida que el abismo hacia la calle. Oyeron el estruendo de la puerta al golpearse a sus espaldas, el piso vibró. Sintieron el encierro. Sin soltarse de las manos, se miraron a los ojos.

-Ni vos ni yo podemos seguir escapando. Voy a ceder el control y a descarrilar en tus brazos –dijo ella con una voz que parecía no salir de su boca.

-Si amor, dejemos de vivir en la oscuridad.

Ceder el control, el eco de esas palabras resonó como un disparo, era seguro que nacía otro tiempo, otra forma y otra sangre. Desde lejos llegó una música que ambos conocían, lo tomaron como una señal, como un nuevo mensaje del destino. Vieron como lentamente en cada tallo tatuado, se comenzaba a dibujar un suelo y una raíz. Los tallos ascendían por los brazos y explotaban en rosas rojas sin espinas. Con una simple promesa nacía ante ellos una ruta alternativa. Sin saberlo ni esperarlo, juntos pulsaron el botón preciso y se desnudó la parte inmaterial de un mecanismo misterioso. Pulsaron el botón de lo ausente, de las trabas injustificadas del amor. El pasado se volvió pasado, solo había futuro y eso era más que suficiente.

Se besaron, al tiempo que un remolino de mariposas se posaban sobre las rosas tatuadas. Cambiar es inevitable.


fino. Junio 2020