jueves, 27 de mayo de 2021

Algún puente.

                                                                    


   

-¿Esta frío no?

-Parece –dijo Carla cortante.

-Y si, pleno invierno, no se puede pedir otra cosa.

-...

-Si al menos lloviera un poco, serviría para algo.

-...

-¿Dieron lluvia para hoy?

-...

-Es un disparate

-...

-Que locura, siento tanto frío.

-... 

-Pero ahora te encontré a vos. Ya no me puedo quejar.

Carla miraba por la ventana hacia afuera del bar sin siquiera asentir con la cabeza. Se mordía los labios para no mandarlo a la mierda. Seguía aguantando giles por unos pesos y talvez algunas cervezas. Seguía aguantando que le masticaran la cabeza y la poca paciencia que le quedaba. Pero ella igual remaba contra la corriente, iba con las piernas al revés y la cabeza  hacia abajo. Cada día le importaban menos las cosas. Cada día menos cosas.

Llegaron hasta el hotel como dos sombras, sudados y borrachos. Carla pidió una habitación sin los cuidados ni la vergüenza de otros tiempos. Tomaron el ascensor y subieron hasta el cuarto piso. Entraron. Ella abrió la ventana para cambiar el aire seco y barato del aerosol con un aroma mentiroso a pinos del bosque. Miró hacia afuera y vio a las palomas que se escondían en los resquicios del puente que cruzaba frente al hotel. Vio sus desechos, sus basuras grisáceas y pegajosas chorreando por las columnas que sostenían la estructura, apagando su antigua belleza, transformándolo en un vencido y sucio puente. Una ciudad divina, un hotel perdido y un puente histórico al que ella, mirándole las entrañas, lo descubría tétrico, espeluznante. Cerró la ventana, prefería la tortura del aire apretado y viciado de la  habitación minúscula. El salió del baño luego de apagar la urgencia con la que había llegado. Apenas sonrío mientras se secaba las manos y tiraba la toalla sobre el pequeño sillón que había debajo de la televisión soldada a la pared. Sin mirar a Carla comenzó a desvestirse con intenciones de subirse a ella lo más rápido posible, no por el mandato de un deseo desenfrenado sino para evitar pagar más de una hora de la tarifa del hotel. Ella al verlo a los ojos decidió que demoraría más. No importaba si diez minutos más, con eso sería suficiente para que pagara el sobre precio.

-Basura. Estúpido- dijo en voz baja.

Ahora fue Carla quién entró al baño y cerró la puerta tras de si. Se subió la minifalda y bajó su tanga blanca con encajes. Sentada en el bidet dejó salir apenas unas gotas de orín pese a todas las cervezas que había bebido. Forzó pequeños cortes epilépticos de los músculos vaginales, pequeñas torturas y deseos retenidos con los cuales estirar al máximo el momento. Desplegó unos tramos del rollo de papel higiénico que había sobre la mesada imitación mármol de la pileta del baño. Se limpió con tedio y lentitud preparándose para la insulsa ceremonia. Sentía asco. Al salir apagó la luz, los sentidos y las terminaciones nerviosas. Se acostó junto a él.

Después de una hora y veinte minutos salieron del hotel. Carla tenía el pelo mojado y fumaba un cigarrillo. El la despidió con un beso en la mejilla e invitándola a un nuevo encuentro para el viernes siguiente en el bar.

-Si claro... –dijo ella dudando y sin poder pronunciar su nombre, lo había olvidado.

Bajó hacia la Rambla por la calle que empezaba a apagarse. Eran cerca de las nueve de la noche. El aire fresco del río, comenzó a secarle el cabello y a despejarla de los últimos vapores del alcohol. Se acercó hasta la puerta abierta de un kiosco que mantenía la reja cerrada, pidió una cerveza fría, una caja de cigarrillos y un encendedor. Pagó con uno de los dos billetes de mil pesos que el cerdo estúpido le había dado. Estaba aburrida. Llegó hasta el murallón de la rambla, se sentó con los pies colgados hacia el mar y se dejó llevar por el brillo de la luna que dibujaba columnas sobre el agua. Estaba aburrida de todo, no quería seguir así. Sacó de uno de los bolsillos de su abrigo un porro. Destapó la cerveza haciendo palanca con el encendedor, dio un sorbo largo y lento de la botella. Fumó y bebió con desesperación hasta terminar todo. En su cabeza y en su cerebro unos neutrones a toda velocidad iban gestando su Nagasaki mental. Carla suspiraba, vomitaba bocanadas de aire caliente y eléctrico. La botella terminó en el agua luego de volar por el aire más de seis metros hacia arriba y quince hacia adelante acompañada por un grito de “¡Basta!” que le salió desde lo más profundo de sus entrañas, y en eso casi dejó su garganta.

Y lloró. Perdida y cansada, lloró. Destrabó los cerrojos de su pasado y dejó salir bañados en lágrimas saladas los fantasmas enjaulados. Sus rencores, los olvidos y su descalabro. Y lloró pensando que hay más pasado y más formas del pasado que el propio pasado. Dejó la cornisa, volvió sobre sus pasos hacia la avenida principal y por segunda vez en el día se quedó mirando el puente.

Ella se parecía a ese puente. Sólida por fuera, rota y vacía por dentro. Libre en su prisión. Era un camino alto del suelo, como un arco iris desolado. Carla iba alejándose de las sombras, quería llegar hacia el otro lado.

 fino.

           

jueves, 20 de mayo de 2021

Apagones.

 

                                                         


                 

 

Nunca fue tan valiente como para mentirse. Sentado en el sofá, con la sala a media luz y de espaldas a la persiana totalmente baja, decidió comenzar a hacerlo.

La puerta de calle permanecía cerrada y dentro de esa habitación sellada, Nicolás bebía vino de una copa atornillada a su mano izquierda. Paseó la mirada sobre sus tesoros que se desparramaban a borbotones desde repisas y paredes. Se acercó hasta una de las paredes, una que sostenía una veintena de cuadros con fotos de sus amigos, de sus momentos imborrables que se habían ganado el derecho a través de los años a ser enmarcados aunque, salvo él, nadie nunca se detenía a mirarlos. Dejó la copa en un estante de la biblioteca que compartía la otra mitad de la pared. Repasó esas fotografías, viajó a su pasado, hacia el origen de su noche.

Le costó aceptar, como siempre, que muchos de los retratados ya formaban parte del ayer. A su lado, y a un volumen exquisito, el equipo de audio le daba un poco de aire fresco al encierro. El eco de sus pulsaciones rebotaba por los cuatro rincones, sacudiendo sus sentidos, la quietud y la tristeza. Esas fotos eran ojos extraviados en la nuca de su vida. Desde la calle se colaban por resquicios y rendijas, ejércitos implacables de radioactivos megabytes, ondas invisibles que por su bien, según decían, intentaban sacarlo de un anclado trance primitivo. En la pared de la izquierda junto al rincón, calatheas, difenbaquias y drácenas rodeaban una lámpara de pie que desparramaba luz sobre una pintura con colores y formas extrañas que amaba con locura. Pero también amaba las vasijas de barro hechas a mano, los recuerdos de sus viajes y otros adornos que llenaban los espacios. Se sentó sobre la alfombra buscando paz y equilibrio. A su derecha lo sostenían vivo otras bibliotecas y un mueble de madera lustrada con puertas de vidrio que casi tocaban el techo donde acumulaba, catalogados por estilo, más de mil discos que mantenía a resguardo de polvo y de intrusos. Discos y libros que ocupaban mucho espacio y desbordaban sus cofres, pero que él se negaba a comprimirlos para guardarlos en un puño. Todo cambio tiene un precio y no estaba dispuesto a pagarlo con el asco de un sonido apagado y frágil. Desde las bibliotecas, los lomos coloridos de cientos de libros le susurraban frases y momentos. Se levantó, eligió uno al azar y al sostenerlo en la mano, se abrió en una página que alguna vez remarcó.

Leyó, decodificó, transpiró, respiró.

Todo lo que poseía en esa habitación lo habían traído a este instante, y todo eso era lo que lo impulsaba. Él era todo eso. Necesitaba ir más lento, necesitaba detenerse a moldear cada hora nueva, cada nuevo minuto. Entre esas cuatro paredes la telaraña del camino le dejaba ver todo lo que había atrapado, todo lo que lo movilizaba y expandía.

Era por su bien y eso también estaba claro.

Volvió a sentarse en la alfombra azul que hacía contraste con el cielo raso blanco. Sobre la mesa ratona, en el centro de la habitación, velas encendidas de diferentes tamaños y colores proyectaban sombras difusas en el techo.

Y el momento llegó. Los sahumerios, otra copa de vino y otro disco y otro libro al azar para apartarlo del mundo hostil, del “ahí afuera”. Este era su lugar en el mundo. Y así, mientras bebía acorazado por la música, siguió mintiéndose, pensando que nada sucedía, que no lo afectaban los neutrones de tarjetas sd, ni el canibalismo post-ansiedad. Se mentía pensando que solo estaba intentando escaparse del inexorable paso del tiempo. A todas luces el dolor lo iba vistiendo de introspección. Sin furia y con tranquilidad descolgó el peso de su cuerpo de la masa de mil quinientos kilowatts, de las fibras milimétricas, de zonas conectadas y de los pulgares lacerantes.

Decidió apagar el celular, para siempre.

 

 

fino.

jueves, 13 de mayo de 2021

VW.


                                             



Estaba sumergida en la oscuridad terrible de no tener la luz de una primera frase. Los codos apoyados en la mesa y con sus manos flacas se sostenía la cabeza. Su mente vagaba en el continente rectangular y silencioso de su habitación. El temor la estaba asolando, el temor y la hoja en blanco. La soledad del lugar se retroalimentaba con la desesperación de sus ojos frente al papel. Virginia se levanto de la silla, abrió de par en par las ventanas que daban al jardín y respiró en la profundidad frugal de los rosales en flor. Aspiró fuegos dulces y naranjas, aspiró rosados pálidos y humedades añejas, la de los pétalos marchitos mezclados sobre el pasto. Todo lo podía sentir, todo lo vivía y a su vez lo iba aniquilaba con bocanadas de un cigarro armado, un tabaco dulzón que sostenía desafiante entre sus dedos. Escuchó tres golpes en la puerta, se acomodó con calma su vestido blanco con puntillas. Giro, sus pies descalzos flotaron sobre la alfombra y volvió a sentarse. Otra vez los golpes, insistió en ignorarlos eligiendo mantenerse dentro de su mundo de cuatro paredes. Algo del amor se escondía entre su nariz afilada y el pelo largo desmelenado que huía de moños y rodetes. Ella era libre. Recorrió sin atajos un camino lleno de fantasmas y de voces oscuras que le murmuraban en los oídos. Se envolvió en su tapado marrón y salió silenciosa por la puerta de su cuarto hacia el jardín de la vieja casona. Sigilosa, escapó de todos entre los árboles buscando el río que la esperaba quieto en su profundidad. Fue juntando piedras que guardo en los bolsillos, fue juntando manojos de flores coloridas para regalarle a los fantasmas, sus fantasmas.

Caminando lentamente, se metió en el río.

 

fino.

 

Marzo 2021.

 

 

viernes, 7 de mayo de 2021

Sin su cuerpo.

 

                                                                        


 

El cuarto olía a flores gastadas de cementerio, olía a silencio. Ella no podía hacerse cargo de todo lo dicho y pensado. Suspiró. La noche la espiaba desde la ventana, desde las patas de la cama, desde arriba del ropero. Desnuda y tiritando deseo se acarició los muslos hasta que sus dedos penetraron en la profundidad de su sexo. Se masturbó en silencio, mordiéndose los labios, sudando espasmos de gemidos ahogados. Llegó al orgasmo asesinando la pasión y los restos del amor que todavía sentía por él. Sobre su cama tibia volvió a recordarlo por milésima vez. Se estiró sobre las sábanas buscando aflojar su cuerpo endurecido por las contracciones del placer. El amor que sentía ya no era tan potente como el pensamiento.Seguramente él estaría bebiendo en alguna cantina oscura y triste, lo conocía demasiado. También sabía que no volvería a verlo nunca más, ella había marcado la distancia y de los jugos que se habían desprendido de su cuerpo, él ya no bebería. Fue hasta el baño y buscó un jabón perfumado, como el que usa él en otra parte del mundo. Deseaba olerlo, quería tener sobre la piel ese mismo aroma, mientras los restos de sudor se iban perdiendo por el desagüe. Era un nuevo día. Con un toallon verde oscuro se secó los restos de humedad y luego se envolvió el cuerpo. No pensaba vestirse. Caminó hasta la cocina y de la heladera sacó una botella con su vino rosado dulce preferido y unas piedras de hielo. El vaso quedó lleno y un cigarrillo encendido se apoderó de la mano que tenía libre. Fumó y bebió de pie junto a la ventana que daba hacia la avenida apenas iluminada por una luna menguante. Sonrío al encontrar la coincidencia con su estado de ánimo. Aun así estaba en paz. El orgasmo había exorcizado por unos minutos sus demonios tempranos, había aplacado sus recuerdos y la falta de piel verdadera. Solo debía prepararse para el contraataque que, con certeza, llegaría antes del amanecer. Volvió a llenar el vaso con vino y puso una canción de amor, “Nao é fácil” inundó la sala. Era la música más adecuada. Un pequeño escalofrío le recorrió la espina dorsal y se disipó al llegar a la cintura, se ahondó en sus glúteos. Su deseo por él, lentamente volvía a apoderase de ella. Nunca un abandono la había excitado tanto, quizás la angustia y la incertidumbre eran necesarias para romper las cadenas que la separaban de la libertad. Libertad bastardeada en los brazos de otro amor. El toallon fue cayendo lentamente desprendiéndose de su cuerpo, mientras bailaba al ritmo de la música. Los pezones duros y oscuros de sus pechos firmes se balanceaban sedientos. Hermosa y bella, eternamente contenida en su piel morena flotaba sobre sus piernas torneadas. El pelo mojado caía sobre sus hombros tibios. La luz tenue de las velas dibujaba su silueta en la pared y el humo del cigarrillo disfumaba los contornos haciéndola volar en los aires del recuerdo.

Él, perdido en la distancia, también pensaba en ella.

 

fino.

Mayo 2021