viernes, 28 de enero de 2022

Matando nuestro amor.

                                                   


     

Camino en la noche

por calles tristes y frías,

caigo en lúgubres bares

y esas caras sin amigos

van buscando otra vida

en un vaso-beso de terror.

Camino olfateando el temor,

camino tras de ti,

camino por los límites de tu cuerpo

hacia senderos regados de sangre.

Voy hacia donde las cosas se rompen,

hacia el desmadre

      donde no se escucha más que llanto

donde no importan los luminosos

       ni los anuncios presos de espanto.

Ahí es cuando me relamo,

llorando,

matando nuestro amor.

La calle es un espejo

y las ventanas miran hacia aquí,

camino lento

babeando,

asechando.

Camino

por tu espina dorsal,

me relamo

llorando,

matando nuestro amor.

 

fino.

 

Música de fondo:  Hey – Red Hot Chili Peppers

 

lunes, 24 de enero de 2022

Herederos del Kaos... Gracias.

                                              



 

Un saludo y un abrazo gigante a los amigos

de Herederos del Kaos ( Barcelona, España)

por publicar y difundir mis textos.

Abrazo sincero... Gracias. 

fino.

 

https://bit.ly/3rtwzKH

jueves, 13 de enero de 2022

En el vuelo de un Ángel Negro.

                             

                                                           

                                           (A Gonzo. Por tu vida hermano.)

Lo que más me dolió fue no estar ahí para pararlo y abrasarlo.

Lo imagino modelando el instante previo, cayendo en las garras de la angustia.

Sé que debería estar desesperado. Cuando llevo mi mente hasta los tiempos en que caminábamos juntos, cuando el amor y la amistad nos rodeaban como una coraza indestructible, vuelvo a escuchar su respiración acomodándose al ritmo del camino y de las ideas que amasábamos como pan. Aquello era todo, lo valía todo. Éramos fuertes y uno. Pero esto fue la nada, y también caigo en esa nada.

Cierro mis ojos y lo veo llorando, cantando con los dientes apretados su melodía preferida. Era su manera decir con músicas cada uno de los momentos de la vida. Veo su mapa, su pista y sus medallas. Lo veo como si estuviese ahí, con las manos vacías, crispadas y preguntándose las razones. Hasta que decidió dejar caer toda esperanza en el saco roto de una soga.

Irrumpo en las paredes descascaradas del cuarto oscuro en las que se fundían sus fantasmas congelados. Araño los rincones en los que monstruos le bailaban en círculos concéntricos a milímetros de su cuerpo flaco y herido. Veo sus ojos verdes y hermosos, apagándose al anestesiar de un trago largo la resaca lacerante que arrastraba desde hacia cientos de años. Lo presiento acercándose al balcón apagado que daba hacia ninguna parte, hacia ninguna luz, ni pura ni artificial. Sè que miró la fila interminable de autos que se amontonaban en la calle, veo en sus ojos esos coches fúnebres dentro y fuera de la pieza.

Sé que encendió ese milésimo cigarrillo y que le temblaba en sus labios finos y morados, y por sus mejillas veo cayendo lágrimas pesadas, grasosas.

Sé que de espaldas a la calle apoyó los codos en la baranda y miró hacia la habitación minúscula, hacia las paredes gastadas, escritas y dibujadas a botellazos de vino tinto y agrio. Estaba cansado de pensarlo. Era el día.

Fue hasta la pared que sostenía la puerta del baño, buscó un lugar en blanco. Escribió un poema desesperado y maldito. Bebió de otra botella, de la que estaba casi repleta y puso otra canción. En una hoja limpia e indecente escribió los motivos y las mismas palabras que nos había repetido en los últimos dos años. Fue desprendiéndose de su soledad y de la maraña de imágenes que el cerebro le vomitaba cada maldita vez que se emborrachaba. Escuchó el disco rayado de la pena, de la noria y la impotencia. Escribió y, como siempre, mezcló la letra de alguna canción. Como siempre.

Y fijó la vista en el techo, en el anclaje de la lámpara, en la resistencia al peso muerto de los huesos y de su carne en llaga viva, invisible. Y subió a la silla, y se anudo a la desesperanza. Y lloró por ella, por su soledad, por no haber encontrado la salida del laberinto. Gritó. Reventó. Nos borró en el vuelo de un ángel negro.

A miles de kilómetros de distancia, a décadas de una amistad emparchada, frágil y quebradiza, mi alma llora porqué mi amor fue en vano e insuficiente a la hora de abrazarlo.


fino.                  Del libro: Mil Bares.

Música de fondo: Like a Stone - Audioslave.

 

Máscaras.

 

Voy rasgando y tirando mis máscaras en la calle, la de mi cara, la de mis bolsillos, la de mi cabeza y mi alma. Listo, ahora están desparramadas, volando por ahí, por esquinas, por veredas y cordones. Verás flotando en el aire mis interminables caretas o las verás acumuladas sobre suelos dispersos, en el filo de las baldosas o encima de este asfalto triste. Eso me da la certeza de que ellas siempre estarán conmigo. Mis máscaras y yo. Indisolubles, reflejados, sin necesidad de espejos. Somos conocidos hasta el hartazgo, sentenciados en esta ciudad gastada, ciudad que otra vez  vuelve a estar aplastada por traficantes de sueños y seres mezquinos que nos van asando a fuego lento. Mis máscaras, ellas y yo, enchastrando lo poco que quedaba  limpio. Afuera cae, al menos eso veo, una lluvia infinita que ahoga los ecos de mis deseos muertos y aquí adentro voy perdiendo la verticalidad, reboto contra las puertas, contra los muebles y las paredes, vuelco los vasos y derramo el alcohol, germen de tanto mareo. Reboto, invisible. Solo me queda masticar, desempolvar, amarrar y soltar la maldita cuerda del tiempo. Acá encontré más,... más máscaras, más espacios que completar, mientras se van secando los pétalos de las rosas que volqué dentro de tu taza de café. Vuelvo a masticar, a despellejar el cartón y el plástico podrido de otras máscaras que otros dejaron en la calle donde mueren los misterios y los rayos escasos de la felicidad. Soy una sombra con heridas que va más profundo que la carne, que también está podrida. Masticar, lamer los perfumes del trance, intentar esquivar la trampa impiadosa de ansiar permanecer en vos, aunque ya no estés. Tiro mis máscaras en las calles y vomito lo que me queda de esperanza, pero soy previsible y en ellas se ve cada partícula de mí. Previsible, todo volando por ahí, chocando, violando la pulcritud insana de otros cuerpos vivos. Mis máscaras. Simple, mis máscaras. Yo.

fino.                Del libro: Mil Bares.

Mùsica de fondo : Lost in you- LP.


martes, 11 de enero de 2022

No Veo.

 

                                                              


No veo.

El cielo y las nubes se escondieron tras un velo, que es oscuridad.

Tal vez metiendo los dedos en el enchufe o vaciando la botella de veneno pueda encontrar el antídoto imperfecto. Debo buscar aunque más no sea un crepúsculo, una pincelada lejana de luz en el vuelo de un ave.

No veo y creo que es para siempre, o eso siento.

Pero todo continúa, voy a tientas mientras escucho voces más allá de no sé donde. Escucho rumores, cataratas y estrellas reventando en el infinito, sin mis parpados ni mis retinas. Tengo miedo. Perdí el olfato y los aromas son extrañas oleadas de aire encajonado recorriendo mis fosas nasales.

Nada, no puedo saber por donde voy caminando. Reconocerme en un trozo de papel gastado ya no será posible, tampoco lo será morder pétalos de rosas hervidas bajo algún rayo de sol.

Sopa fría, acero caliente, soledad.

Ahora los ruidos, el crujir las ramas aplastadas por el silencio, la mente muteada por alguna llave mágica.

No veo... y nunca volveré a verte. Te fuiste para siempre.

Me dejo caer, sin conexiones, sin tiempo ni voluntad de escarbar en la posibilidad de otro fracaso. Tengo miedo y lo peor es que te seguiré amando aunque nunca vuelva a verte.

Tengo pánico y unas incontenibles ganas de gritar:

-... -.

  

fino.       Enero 2022.

Música de fondo: Sozinho - Caetano Veloso.