miércoles, 17 de junio de 2020

Empiezo mañana.

 Era asqueroso. Asqueroso y desagradable. Lo veía desde lejos sentado frente a mí en otra mesa junto a la puerta del bar. Ni los ruidos de la calle, ni el bullicio general lograban tapar el volumen de su voz. Comentaba y opinaba de mil temas a la vez, engullía y sorbía un café que estaba frío de tanto esperar mientras la comida se le escapaba por la comisura de la boca. Entre la camisa blanca desabotonada hasta el abdomen y el saco azul de marca, escondía una gruesa billetera que hacía juego con su bronceado. Hablaba sobre corruptos, sobre acomodos con amigos y negocios turbios. Hablaba despectivamente y poco a poco fue agotando mi flaca y cascoteada paciencia. Siguió con relatos de sus divorcios costosos, de aventuras y engaños que habían patinado sobre su panza prominente. No habían pasado veinte minutos desde que yo me había sentado a mi mesa, cuando él ya había destruido a medio país y a cientos de familias. Pensé, cuanto desprecio guarda en su interior un ser humano así, creer que su posición y su auto caro (al que vigilaba a través del ventanal) lo ponían por encima del resto de los mortales, por encima de los que estábamos allí. Los vivos de verdad la vamos de callado, hay que ser demasiado otario para andar a los gritos agitando el avispero, pero el se creía con derechos adquiridos, lo pensaba y lo decía. Ya llevaba casi una hora hablando, no había bebido más de tres sorbos de café y en todo ese tiempo su compañero de mesa apenas había logrado hablar, puedo asegurar que su cuello estaba contracturado de tanto asentir y negar. Yo no podía concentrarme en lo que leía, entraba y salía del texto acompañando por el sube y baja de aquella voz estridente. Leía, pensaba y juntaba combustible imprimiéndole presión a la caldera de mi cabeza alienada. Todavía que no me sale una, este viene a refregarme a los gritos su suerte. Me vi levantando la mirada y fijando mis ojos en su cara despreciable, estaba transportándome hacia un lugar donde mi mente volaba y se perdía en el infinito. Cuando cruzamos las miradas cortó el monólogo racista que había comenzado a elaborar en el funcionamiento de quién sabe que engranajes misteriosos, pues yo casi no escuchaba, solo lo veía mover su boca grasosa.

-¿Que mirás? –me dijo con mi misma cara de asco.

-Lo pelotudo que sos –respondí sin apagar los rayos de furia que salían de mis ojos.

-¿Perdón? ¿Qué te metés donde no te llaman?

-¿No me llaman? Si estás hablando como para que te escuchen desde el otro lado del río. Dejate de joder.

 -Yo hablo lo que quiero y cuando quiero. Vos calladito ahí, en tus asuntos, no te metas conmigo.

-¡Si patrón, como no! ¿Alguna otra cosita?

-Sí, que dejes de mirarme y que no te hagas el vivo.

-¿Sabés lo que pasa? Es que con tantas boludeces que estás hablando a todo volumen, es imposible no mirarte. Y lo que es peor, no puedo dejar de pensar en cómo puede existir gente como vos. Sos despreciable, pero imagino que ya te lo deben haber dicho millones de veces.

-Cerrá el culo, bobo. Callate.

-¡No me callo nada enfermo! Porque es así, sos un enfermo. Te crees dueño de la verdad y no estoy obligado a escuchar lo que decís. Acá cada cual está en sus cosas, pero aunque no lo queramos hay que prestarle atención al señor mientras habla mierda de todos. ¿Te crees tan importante, como para arrastrarnos a comer tu discurso? Si hablas a todo volumen, es para que todos escuchemos tu verdad. ¿Y sabes una cosa? ¡No me importa tu verdad! Estamos como estamos por gente como vos. ¡Imbécil ¡ Estamos rodeados de prepotentes como vos, que tienen la creencia estúpida de sentirse superiores –dije y paré por un instante mi retórica sincericida de rata de caño gritando para la tribuna.

Respiré profundo buscando alguna mirada cómplice entre los presentes, alguien que me acompañara en mi postulación como “Gil del Año”. Todos miraban hacia otro lado. Gané por nocaut. A esa altura yo estaba parado sobre una silla y solo en mi discurso, pero eso no importaba. El me miraba con más asco que antes. Y heroico, no lo dejé contestar.

-¡Esto es lo que creamos, Señores! Caímos en desgracia. Soportamos de brazos cruzados a ladrones como este, y eso no lo aguanto más.

¡Esto es lo que creamos, Señores! -dije señalándolo con el índice y mirando hacia todos lados esperando aplausos redentores. Nada.

Ya sin aire, vacío y con los ojos inyectados en sangre esperaba que alguien, que no fuera él, dijese algo, pero el silencio se hizo más profundo aun. Y lo volví a romper.

-¡Es seguro que si pensamos con el monedero seguirán naciendo monstruos como este! ¡Te voy a matar!

Cuando la niebla se dispersó de mi mente y mis ojos perdieron la sangre acumulada que los había enceguecido, todo seguía exactamente igual. Yo, sentado con el libro entre las manos mirando como el indeseable movía la boca. El, comiendo como un cerdo mientras su compañero de mesa sacudía la cabeza como los perritos chinos en los autos. Me prometí que dejaría de beber por las mañanas, era claro que el alcohol me estaba alterando la percepción, el metabolismo y los sentidos. Salí como quemado en aceite, busqué otro lugar donde poder leer en paz y pensar en alguna pequeña estafa que me diera un poco de dinero fácil, si es que lograba bajar de la nube espesa en la cual estaba inmerso. Encontré un bar de copas, añejo y sucio al borde de la clausura. Sin mirar mucho a los parroquianos acodados en el mostrador di las buenas tardes genéricamente con un susurro amorfo. Recibí un murmullo. Pedí un medio y medio triple y sin hielo. Me lo acercaron y lo bebí de un trago. Repetí el pedido. Apenas abrí el libro cuando el alcohol otra vez distendió mi masa encefálica atrofiada y me encontré riendo carcajadas sin poder evitarlo. Volví a prometer que ya no tomaría alcohol desde temprano. Pedí otra vuelta triple. Hoy será un día largo, muy largo. 

fino.

Junio 2020.

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