miércoles, 20 de mayo de 2020

Esta agua, este tiempo.

                                             

                            

Llegaba empapado, una lluvia inesperada y espesa con olor a solvente químico caía a mares sobre el camino por el que Martín regresaba a su guarida. Era una lluvia extraña que entreverada con el sol, caía azotando la ciudad en ruinas. Apenas tuvo fuerzas para entrar a su habitación semivacía donde se protegía de casi todo. Una repisa, un cuadro y una silla pegada al ventanal era todo lo que le quedaba en el mundo. Exhausto se dejo caer sobre la silla mientras que a sus pies comenzaba a formarse un charco. Le escurría agua desde el pelo, corría por su cara, por su camisa, por el pantalón y el olor penetrante del líquido nauseabundo que se metía por sus narinas lo quemaba como el fuego. El cuadro colgado a su frente en la pared tenía pintado un paisaje de montañas con un inmenso lago petrificado y azul. Estaba rodeado de agua. Agua en sus ojos, en su cuerpo y a sus pies. Las paredes descascaradas parecían vivas, eran como la crueldad, como la indiferencia. Martín cansado cerró los ojos y reclino su cabeza hacia atrás. Recordó las caminatas interminables por la playa, cuando el mundo era mundo y sus pies se mojaban en el límite difuso que existe entre el mar y la arena. Por un instante volvió a ser feliz. Revivió el profundo silencio que se sentía bajo el agua, el golpeteo apagado de las olas rompiendo en la superficie, allá arriba. Pensó en abrir los ojos, pero la habitación lo hostigaba de tan cuadrada e inmóvil. Todo se confundía en su mente, el ventanal, la respiración, el cuadro, el lago. Sentado sobre esa silla se deshojaba, se iba escurriendo en cámara lenta. Estaba agotado, inmerso en sus pensamientos. Le dolían los ojos al balancearse inquietos bajo los parpados cerrados. Afuera seguía lloviendo a cantaros y el agua se desprendía de las nubes duras e impenetrables, se desplomaban por su propio peso sobre todo lo que quedaba con vida. Comprendió que el tiempo ya no existía, que el reloj marchaba hacia atrás. Doce, nueve, seis, tres, uno, uno, uno...ya no había tiempo.

El cuadro seguía ahí.

Sobre la silla descansaba un apelmazo de ropa amorfa y empapada que chorreaba viscosidad. En el suelo, un par de zapatos flotaba dentro de un inmenso charco de agua, que presuroso, se escapaba rumbo a la calle por la rendija bajo la puerta.

 

fino.  Mayo 2020

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