jueves, 25 de marzo de 2021

Dos gotas de amor.

                                                    



Vale lo miraba desde atrás de los ojos, desde el fondo de su alma. Las pocas veces que habían sido felices dormían lejos, allá, en el pasado. Hoy buscaba otros horizontes y no permitiría que la volvieran a herir. Dos perlas de sangre y amor colgaban de su collar brillante, eran perlas que le iluminaban el rostro mucho más que el sol.

Ella brillaba en la oscuridad, también bajo el sol o cuando su pelo negro y revuelto le caía por la cara como lluvia, y la protegía del viento, y de miradas indeseables. Ella era fuerte.

-Vale, perdón –dijo Marcos intentando retenerla otro instante.

-Ya te perdoné, pero también te dije adiós. 

Vale remarcó sus palabras con un gesto de su boca, ese que Marcos conocía muy bien. Era el fin. Ella se levantó de la silla, lo dejo solo en la penumbra de la sala del apartamento que ya no compartirían. Bajo los pasos firmes de Vale morían años de vida en común, miles de deseos y cientos de promesas incumplidas. Ella ya no quería jugar al amor. Cargó en la mochila las pocas cosas que había dejado la última vez y ahora, mientras caminaba por las vísceras de Montevideo, enterraba los huesos blancos y resecos del amor. Cuando aquella vez Marcos viajó en busca de un futuro para los dos, ella aun confiaba, aun creía en algo mejor, hasta que comprendió que seguramente el no volvería, no volvería a ser el mismo.

Ella había dejado de escribirle por qué hacerlo le hacia daño, dejó de responder sus mensajes para recordar que estaban lejos y que nunca nada sería igual. El tiempo había arrasado con todos los puentes y de su historia solo quedaban algunos pedazos, algunos rincones semi-cubiertos en los que esconderse a llorar. Fue difícil descubrir que ese amor no conducía a nada y ella lo fue soltando en su soledad desterrada, lo fue liberando, a escondidas dentro de la piel que la cubría. El también, a diez mil kilómetros de distancia. Era culpa del puto dinero, del destierro que separa, que devora y que va marginando hasta apagar el deseo y la pasión. Ahora, mientras ella se alejaba caminando en la avenida, el, cobarde y vencido, no había podido devolverle la fe. Esta vez lo habían dejando para siempre. Ella comprendió a destiempo que, lo que nunca es, nunca puede durar, y se escapó de todo, de sus miedos, de ella y de el. ¿Que tenían para darse? ¿Sus cuerpos? ¿Las ganas de comerse el mundo? Ese mundo que ahora entraba en cuatro baldosas. Nada podía salir bien, y si algo había salido bien, fue por pura casualidad o porqué la estrella que cayó aquella noche desde el cielo, les cumplió el deseo que solo se da una vez. Pero los caminos son para andar y muchas veces hay que hacerlo sin preguntarse demasiado. Y de eso si que sabían. Ella y su piel morena necesitaba encontrar las caricias justas para cambiar de rumbo, como el que marcaba su lunar descolgado de la boca.

Necesitaba esperanzas, necesitaba vivir sin esperar por nada, ni nadie.

Vale se fue sin mirar atrás, encendió un cigarrillo, se acomodó los auriculares y subió el volumen. El modo aleatorio se accionó y como esas cosas que suceden pocas veces, mágicamente, como aquella primera noche, García le regaló “No te animás a despegar”. 

 

fino.

 

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