miércoles, 13 de marzo de 2019

La Gárgola.

 

                                                                             

                                                                    


Le decíamos “La Gárgola”, estaba siempre perdido en los rincones y hablaba  muy poco. Era desgarbado y de tan alto se le formaba en la espalda una joroba que lo encorvaba hacia adelante. Su pelo largo y desmechado ocultaba sus rasgos aniñados y un par de ojos tristes que daban la impresión de estar pidiendo auxilio. Llegaba cada tarde a donde nos juntábamos, saludaba mascullando un “Hola” casi imperceptible y se quedaba a un costado. No se sabe quién lo había arrimado a la barra, pero él se fue quedando hasta hacerse parte del paisaje. Casi nunca decía más de dos o tres palabras, habláramos de música, de sexo o de bueyes perdidos. Era generoso a la hora de la colecta para cervezas, vino o para hacer refuerzos y muchas veces era el único que tenía plata. En esos días gastábamos horas y noches sentados en la plaza analizando el mundo, la revolución y elaborábamos las más complejas teorías sobre cómo cambiar la sociedad con la filosofía que nos inspiraban los culos de las botellas que, vacías, íbamos apilando. “La Gárgola” siempre llegaba cuando todos ya estábamos reunidos desde hacía rato, saludaba y se acomodaba en un rincón sin hablar. Pocas veces reía cuando los vapores del alcohol nos disfrazaban de payasos pasadas las dos de la mañana. Candidato y blanco fácil de las bromas, otras veces luego de que hiciera el aporte para la colecta, lo dejábamos solo en un murito esperando, mientras nosotros nos perdíamos caminando la madrugada entre divagues y charlas de borrachos. Nunca se molestaba, era un tipo manso, no peleaba ni discutía, él simplemente estaba ahí.

Una tarde el padre Julito, un amigo de la barra, vino a contarnos que se habían llevado preso a su hijo, por haberse entreverado en un negocio turbio. Quedamos impactados y sin poder encontrar consuelo por su mala suerte Después del relato y las explicaciones del veterano, cuando la charla cayó en el silencio de la incredulidad y la impotencia, “La Gárgola” llamó aparte al padre de Julito y se pusieron a charlar durante unos cuantos minutos. Vimos que “La Gárgola” le daba la mano al viejo y desde lejos, mirando a la barra, saludó despidiéndose. Nos dio la espalda y se fue caminado por un sendero de la plaza hasta perderse en la avenida. El padre de Julito se acercó y con cara de asombro preguntó:

-¿Quién es este muchacho?

Le explicamos que no lo sabíamos muy bien, que en realidad lo conocíamos muy poco. El viejo, con los ojos vidriosos y sin entender muy bien, nos dijo:

-Este muchacho dice que no me preocupe. Que en dos días viene y me trae plata para pagar un buen abogado que saque a Julito de los problemas. Quedamos impactados, incrédulos, y sin entender nada. Empezamos a tirar de la madeja, a hacer conjeturas, a rastrear como sabuesos, alguna pista que nos permitiera comprender. Alguien dijo que “La Gárgola” era de familia acomodada, otro, que los padres tenían un comercio. Otro, que había heredado una pequeña fortuna. La verdad es que nada estaba claro, navegábamos en un río de suposiciones que no hacían más que entreverarnos la cabeza. Lo cierto es que, devorados por la profundidad de la noche, nos fuimos a dormir sin entender mucho qué era lo que estaba pasando. Algunos días después, ya con Julito entre nosotros, luego de arrepentimientos y de historias para el olvido, no podíamos sacarnos de la cabeza la imagen de “La Gárgola” entregándole al padre de Julito un sobre repleto de dinero y colaborando con un grueso puñado billetes para la colecta nuestra de cada día. Aquella tarde tampoco habló. Simplemente se acomodó a un costado y soportó nuestras risotadas, nuestras bobadas. Solo hacía muecas apagadas que, en su idioma, era toda una muestra de felicidad. Ese día dejó de aparecer, de la misma manera que había llegado se fue, no lo vimos más. Miento. Vimos su cara en un recorte de diario que contaba la noticia de un delincuente muy buscado y peligroso que a punta de revolver asolaba un barrio pudiente desde hacía varios meses. Un joven violento y despiadado a la hora de los hechos, rezaba el pasquín.

 

fino.                                                                  ilustraciòn: Diego Soria.




1 comentario:

  1. Como te comenté en otro de tus relatos, me encanta como escribís, esos retratos tan urbanos y conocidos.
    Un abrazo.

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