jueves, 22 de enero de 2026

Tres Segundos.

                                     


Perfectamente pudo sucederme a mí. Fueron tres segundos. 

Uno. Dos. Tres. Apenas tres segundos. Esa fue la diferencia. 

Sentí el silbido cortando el aire a la altura de mi hombro. Yo caminaba mirando el horizonte que se escondía detrás de una barrera de edificios, coches y árboles secos que cortinaban la vista del cielo besando el mar. Caminaba rumbo al puerto por la cuadrícula de la Ciudad Vieja, mitad peatonales mitad construcciones ruinosas, mitad modernidad mitad pasado en decadencia. 

El silbido pudo más, me sacó del aburrido letargo de otra tarde de agosto. No llovía, era duro mantenerse en pie. Lo vi caer frente a mi, la sangre pinto el aire con un abanico desesperado y tibio. Pollock. Un Pollock rojo y sin lienzo. Cayó de espaldas con los brazos abiertos, crucificado en la vereda de baldosas rotas y grises. 

No pude gritar, la desesperación murió en mi garganta sin rozar los dientes. El estaba vestido de blanco como si fuese parte de un ritual. No pude gritar. Quedé petrificado mirándolo estallar y caer. 

Tres segundos. Yo estaba vestido de azul.

¿Fue mi día? ¿El azul? ¿Los tres pasos-segundos? 

No hubo tumulto. No hubo llantos ni gritos. No hubo sirenas. Solamente el y yo. El y yo en la intemperie de la parte devastada de la Ciudad Vieja. Miré a los costados en un acto reflejo luego de descifrar la locura en la que estaba sumergido. Nada ni nadie. Silencio y soledad. Y horror a borbotones. 

Mi horror a borbotones púrpura hasta vaciar de sangre el alma del caído. Tres segundos de diferencia. Tres segundos. Tres rojos. Tres segundos azules. Dos silencios y el espanto.

fino.

Música: Pigs (Three different ones) - Pink Floyd.

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