jueves, 20 de junio de 2019

La mitad de todo



Al momento que golpeaban a la puerta, Gabriel dejaba caer sobre la olla de barro unas gotas de aceite y las verduras que había estado cortando. Tiras de morrón rojo, cebolla colorada, morrón verde y ajo crepitaban sobre el barro caliente, cuando se escucharon otra vez los golpes. Apoyó la cuchara de madera sobre una tabla y llegó hasta la puerta con paso acelerado. Era Laura, tenía puesto el vestido ajustado y rojo que tanto le fascinaba, traía una botella de vino blanco, un ramo de flores y las últimas perlas de sol que le quedaban a la tarde.
-Pasá, ya estoy cocinando –dijo Gabriel al besarla en la mejilla.
Le dio la espalda y ella quedó sorprendida en el umbral de la puerta, esperaba un beso más fogoso o mucho más profundo. Todo sigue igual, vino blanco sabiendo que comeríamos carne roja, pensó él mientras sumaba rodajas de tomates y zanahorias sobre las verduras que cambiaban de color al cocinarse en la temperatura justa. Agregó una taza de caldo sin escucharla cuando preguntó si dejaba el vino en la heladera.
-Me alegró muchísimo recibir tu llamada, hace tiempo que esperaba –dijo ella al tiempo que guardaba la botella en el refrigerador.
-Si. Nos debíamos este encuentro, demoré demasiado, pero necesitaba pensar. Pone algo de música, movete tranquila, estás en tu casa -dijo él concentrado en su tarea.
Nunca mejor dicho pensó ella, que extrañaba sus cosas y que permanecían en el mismo sitio en que las había dejado. Eligió un disco de Sade, música especial para una noche especial, dejo la púa en el surco y la voz sensual de la cantante comenzó a invadir el apartamento, las caderas de Laura dibujaban curvas sobre el swing.
-¿Tomamos un poco de vino? –preguntó ella imaginando una velada perfecta.
-Si, claro. Acá hay una botella abierta.
Ella con dos copas en la mano disfrutaba atraída por el perfume a romero y tomillo fresco que el recién había desparramado sobre la cocción junto con una hoja de laurel. La salsa estaba llegando a su punto máximo, era momento de agregar las rodajas de papas y los bifes de lomo. Era el momento justo de cocinar todo en su jugo y a fuego lento. Tiempo, todo era cuestión de tiempo.
- Te llamé por qué necesito hablarte –dijo Gabriel mientras dejaba sobre la mesada el repasador, perfectamente doblado como siempre.
-Yo también lo necesito Gabriel y además quería disculparme.
-Shh, no digas nada. No hace falta, lo que pasó, pasó. No me interesa saber nada más del asunto. Solo quiero que estemos bien.
La cara de Laura se iluminó. La copa de vino tinto que terminaba de beber le quitó los nervios y las palabras de Gabriel hicieron el resto. Sonrió, sabía que él no podía dejarla así como así. Ella entrecerró los ojos y se dejó envolver por la música que la arrastraba a lugares conocidos. Amaba ese disco, era la banda sonora de tantas noches de amor, el as en la manga al momento de las caricias. Laura apagaba las luces y prendía velas de colores que había desperdigadas por todo el apartamento. Gabriel sacudió la cabeza lentamente sabiendo lo que Laura proyectaba. Con la copa vacía en la mano fue camino hacia la botella, decidió rectificar el sabor de la cena, una pizca de azúcar para atenuar la acidez y luego volcó el resto del vino sobre la preparación para mejorar la consistencia. Ella bailaba y nunca imaginó lo que Gabriel le diría.
- Ahí sobre la mesa hay unos papeles. Necesito que los firmes.
Ella fijo la vista en los documentos y asombrada comenzó a leer, él le allanó el camino dejando de lado las formalidades que guardaban las palabras.
-Mira, es la mitad de todo, del apartamento, del terreno y la cuenta del banco. Creo que es lo justo para poder comenzar una nueva vida. Lo sentimental es otra cosa, para mi todo eso esta muerto y vos ya te encargaste de ese velorio.
Laura quedó petrificada con los papeles en la mano mirándolo con ojos perdidos. El le señalo una birome y camino a la cocina le dijo:
-En diez minutos cenamos, solo faltan unas arvejas frescas y un poco de perejil.
Sade llenaba el silencio con la cadencia de su voz cuando se escuchó el portazo en la puerta de calle. Gabriel suspiro y dejó caer los hombros, destapó otra botella de vino tinto, extendió el mantel, colocó la olla en una tabla sobre la mesa alumbrada por las velas. El aroma de la comida se volvió insoportable y el vino blanco moría avinagrado en la heladera.
-La mitad de todo –dijo en voz alta mientras servía dos platos y llenaba las dos copas.




fino.
junio 2019.

1 comentario:

  1. Qué buena historia! Con un final tan ácido como ese vino en la heladera.
    Con pocos elementos construís una realidad cercana a cualquiera de nosotros con un toque de sensibilidad que es la que nos llega a través de tus palabras.
    Me encantó!

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