viernes, 10 de julio de 2020

Traición de ajedrez

Era un golpe duro. Las promesas pasaron a formar parte de un mal viaje. Cada cuenta en su collar y ese fue el modo. Hablar, hablamos poco, hablamos lento.

-Nunca dije que la amaba, sucedió, simplemente sucedió –me dijo.

-Yo creo que no sos sincero –respondí.

-Está bien, tenés razón. Pero no fue un juego –afirmó el traidor y al decirlo bajó la cabeza.

Cada palabra era como fuego, entre nosotros dos estaba la mesa y el miedo. El disco giraba en su enredo, un espiral sonoro, surco a surco y a un volumen criminal. Cohen, sonaba Cohen. Él estiró los brazos hacia adelante, trenzó los dedos y los hizo sonar, yo llené mi copa en un ritual sombrío. Los lentes negros no eran suficientes para ocultar los rayos crudos de la confesión. Él, el traidor, siguió con su discurso:

- Si, yo la amo y ese es mi problema, al fin de cuentas el error es de los dos, si es que fue un  error.

- Si hablás así, sos un cobarde. Sembrar en ella la duda no es de caballero, ni te va a dar mi perdón. Hipócrita, caíste en la trampa en la que juramos no caer. No nosotros dos – respondí.

- Quizás, lo tendría que pensar.

- Cobarde. Lo que decís es propio de un cobarde sin huevos.

El traidor, arrastró los lentes negros hacia la punta de su nariz, me miró taladrándome el cerebro, el deseaba taladrarlo. Muchas veces una mirada hace heridas de las que cuesta sanar. Estábamos frente a frente, con los codos apoyados en la mesa y el mantel hacía las veces de paño y aguantaba los misiles de la mejor forma en que los podía aguantar. El aire se hacía cada vez más denso, pesado, estaba a punto de crujir y descascararse.

-Mejor sería preguntarle a ella, al fin de cuentas esa es la razón de que estemos así –me dijo.

-Por primera vez tenés la razón -respondí.

Ella apareció. La Reina. Fue un rayo de sol lacerante. Era el dolor compartido de jugar ese extraño ajedrez y dijo:

-Los escuchaba desde la otra habitación, no creo necesario que sigan hablando. No soy ningún trofeo, ni tengo el encanto de cualquier tesoro prometido.

Con esas palabras tapó lo huecos de nuestro silencio. Después exhaló, cerro los ojos, apretó los parpados y envolvió la tarde entera con ese simple gesto.    

 -¿Te sirvo otra copa? –me preguntó el traidor.

-No, creo que ya fue suficiente –respondí.

-Quien diría que alguna vez, nosotros, estaríamos hablando de esto –me dijo casi susurrando.

-Yo no hablo, pienso en voz alta –dije.

-Claro, pasa que yo ya no existo en tu horizonte. ¿Acaso no recordás las veces que te dije que te quiero o las otras mil veces que te lo repetí? -dijo el traidor tensando al máximo el momento.

-Lo sé y por eso es que todo termina acá –lo acribillé.

-Si vos lo decís, esta bien.

-Si, esta bien. Pero sos vos quien se queda con ella.

-No fui yo quien decidió que las cosas fueran así –se disculpó.

Ella miraba, solamente nos miraba en silencio. La bestia de la traición nos comió, encendida e implacable nos devoró, cuando pensamos que nunca nos tocaría, pero apareció y el sabor a veneno entre esas cuatro paredes fue difícil de tragar. Por la punta de la mesa se nos caía el destino.

-Me vuelvo a Montevideo -dije.

-Yo me quedo, va a ser lo mejor –habló el traidor.

La miramos a los ojos, pusimos todo el orgullo, todo nuestro amor en las cuadriculas del tablero. Quedamos frente a sus ojos como un trozo de hielo al sol. Ella nos miró sobre el paño en blanco y negro. Abrió la boca, comenzó a articular la voz, soltó las primeras letras de una frase. Ella nos dijo:

-Jaque Mate.

 

fino.

Julio 2020.

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