sábado, 12 de marzo de 2022

Sin final.

 

Ella llegó hasta el bar. Dejo su bolso en una silla desocupada, colgó el abrigo en el respaldo y tiró las llaves sobre la mesa. Recién ahí lo miró a los ojos y, como si despertaran juntos cada mañana, lo saludó.

-Buenos días amorcito ¿Como estás?

El, postergando las palabras, optó por acercar su boca a la de ella y, con el deseo de quien saborea una fruta prohibida, la beso con ternura, con calma. Despegó sus labios, separó su cara apenas unos centímetros y aun con los ojos entrecerrados respondió:

-No tan bien como vos, pero estoy.

-Gracias por venir, en algún momento dude que quisieras hacerlo.

-Dejate de bobadas. Sabes que es solo chiflar y este perro corre a tu falda.

-¡Que boludo que sos!

-No te hagas la sorprendida. Entre todos los trofeos de tu vitrina, este es el que más luce y dos por tres cuando te das un respiro, le sacas un poco de brillo.

-¡Que tarado!

El llamó al mozo, que sin ganas de dejar de mirar el partido en la televisión colgada de una de las paredes del local, se acercó con aires de suficiencia.

-¿Que se va a servir la dama?

-Tráigame un café por favor.

-Como no. Enseguida.

-Y bueno, por fin podemos encontrarnos –dijo Marcos, intentando concentrarse en otra cosa que no fuera el rostro radiante de Silvana –mejor contame... ¿Como estás? –preguntó con premura.

-Estoy bien. Tranquila. Vos sabès que me repongo rápido de las caídas, y lo de encontrarnos nunca está de más ¿No?

-Claro que no. Claro que no. –afirmó Marcos, al tiempo que sacaba sus ojos de los de ella y respiraba profundo, muy profundo, buscando alivio. Alivio de su cara divina, de sus ojos negros, de su pelo cayendo sobre los hombros. Silvana le contó que estaba de nuevo en Montevideo desde hacía diez días y que no había encontrado antes la oportunidad de contactarlo. Ella había borrado sus e-mail, no tenía el teléfono que algunas vez había conseguido. Así que desde que estaba en la ciudad había merodeado los lugares que sabía que el frecuentaba, el parque, el barrio, la rambla y sobre todo las calles del centro. La solución fue citarlo por un amigo en comùn.

-Demoraste –dijo Marcos, mientras ella hurgaba en su bolso buscando los cigarrillos y el encendedor. Ella mantenía la costumbre de fumar, de fumar mucho.

-Si, me fue difícil encontrar el momento. Quería estar tranquila para que pudiéramos hablar largo y tendido, pero me fue imposible. Apenas me dio para arreglar este encuentro.

-¿Viniste con él, verdad?

-Si.

-Me imaginé. No me costó comprenderlo.

-Lo sé.

-Y ahora ¿tenés tiempo de quedarte un rato o vas a desaparecer cuando den las doce?

-Siempre igual vos, no cambias más, eso hace que te siga amando.

-Cuantas confesiones en pocos segundos. Decime: ¿Como estás?

-Estoy bien. Pero no me gusta ocultar cosas, esto se parece un poco al pecado y me pone inquieta.

-¿Por qué te arriesgas, entonces, a hacer cosas que pensas que no están bien?

-¿Me estás tomando el pelo? ¿Que me preguntas bobito?

-Bueno, sucede que pasó mucho tiempo para vernos y todo está tan raro. No sé. Todo es difuso, no sé si esto que estoy sintiendo y viendo es real o lo estoy soñando.

-Lo mismo me pasa a mi. Es que cuando se espera tanto tiempo por algo, se imagina muchas veces y es difícil que todo sea perfecto. Quizás seamos nosotros mismos quienes malogremos este momento tan ansiado ¿No te parece?

-Es muy probable.

Marcos no sacaba los ojos de Silvana, la miraba hablar y fotografiaba todos los detalles, su pose, su modo de mover las manos, como pronunciaba cada palabra, quería atrapar cada gesto de su rostro. La deseaba cada vez más, más que siempre.

-Decime Sil ¿Ella, como esta?

-Divina. Carolina es divina, tiene tus ojos, tu sonrisa, es por eso que siempre estuviste conmigo. En estos años estuviste más presente de lo que te podès imaginar. Debe ser por eso que me fue imposible olvidarte. Solo lo hago de a ratos. Y es peor cuando pienso que dejamos muchas cosas inconclusas. Cada tanto todas ellas vuelven a aparecer, vuelven a desestabilizarme, me  revuelven la herida y hace que todo esto no termine nunca. En gran parte esa es también la explicación por la que hoy estoy acá, y de que quiera hacer cosas que no están bien. Soy capaz de engañarlo.

-¿Engañarlo? ¿Tomar un café y hablar conmigo, es engañar?

-Quiero llegar mucho mas allá, no te hagas el tonto. Acaso... ¿no querés que nos besemos hasta reventar y que eso nos lleve a cualquier otro lugar?

-Es que todos estos días esperando, me hicieron pensar muchas, muchísimas cosas.

-¿Que pensaste?

-En que si estar juntos por unas horas no nos hará mal. ¿Este instante tiene sentido? ¿No nos hicimos mucho daño ya? ¿Podremos seguir cada uno en la suya, como si no pasara nada? ¿Vos podrías seguir tu vida, como si este encuentro no ubiese existido? ¿Podrìas hacerlo?

-No se si puedo, solo se que te deseo y eso puede mas que mil dudas o mil preguntas. Ahora solo quiero estar con vos. Acariciarte, besarte, hacerte el amor hasta agotarme, quedarme abrazada y pegada a vos, como antes.

-¿Como antes? El antes ya pasó Silvana. El antes ya pasó.

Silvana revolvió el café que se enfriaba en la taza inmóvil, buscaba en el silencio alguna palabra para poder continuar. En su garganta se iba formando un nudo que oprimía y le cortaba el aire. Con el movimiento circular de la cuchara buceaban en el líquido sus ojos, imaginaba el cuerpo desnudo de Marcos. Quería dejar atràs todas las barreras que pudiesen existir, todas las dudas. Solo desaba ser amada por él, y la urgencia ganaba terreno a toda velocidad entre los años perdidos.

-El antes quiero revivirlo ahora Marcos. Necesito tenerte dentro de mí, necesito completar mi vida, solo vos podes hacerlo. Es solo con vos, aunque solo sean unas horas. Quiero sentir todo nuestro mundo en mi. Como cuando llegó Carolina, como cuando comprendí que fuiste lo más importante en mi vida echa de retazos. Necesito volver a completarme. Necesito que me ayudes.

Marcos se llevo las manos a la cara, luego revolvió su pelo con los dedos crispados, la miró a los ojos con amor. Comprendió que en ese instante, una vez más su vida daba un vuelco que no estaba esperando y por más que pasaran los años, ella estaba desarmándolo.

Ella otra vez,  desarmándolo.

 

fino.

                                                       Del Libro: Mil Bares.

Mùsica: Donde no se lee - Spinetta.

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