viernes, 4 de septiembre de 2026

Àngela de Noche.

 

                                                      


El cansancio estaba haciendo su parte y el reloj se congelaba a cada paso de su tic-tac. Ángela inhalaba, retenía y exhalaba muy lentamente como pidiendo piedad, entregándose a la idea que el miedo anclado en su corazón era el más terrorífico de todos los miedos. Decidió parar de caminar por un instante, miró la bifurcación en el camino. Pensar, le costaba pensar. Sabía que fuera cual fuera la decisión que iba a tomar debía ser la correcta o no viviría para contarlo. Sentía sobre sus hombros el peso del desencanto, una pesa gigante de hierro aplastándole las ganas, la energía. Necesitaba encontrar el camino justo, el verdadero. Miró a su alrededor. La espesura y la humedad que nacía de las entrañas del bosque no hacían más que dejarla al filo de la cornisa. Una sombra inmensa comenzaba a apagar la tarde, los rayos de sol morían inexorables entre la copa de de los árboles más altos. En sus ojos su vida y su espanto. Debía ponerse otra vez en movimiento, a pesar del cansancio, a pesar del peso muerto sobre sus hombros.

Encendió un cigarrillo, su boca roja hambrienta se llenó de fuego y deseo. Después de exhalar la primera bocanada de humo azulado, volvió a pensar en él. Después de mucho tiempo volvió a pensar en él. Era como un acto reflejo, cada vez que algo no funcionaba, cada vez que algo la enredaba, él, invisible, volvía para aplacar en algo su locura, su dolor. Una especie de consuelo, de aroma dulce y placer gastado que se metía entre lo que le hacía mal.

Recordarlo. Acariciarlo, dormirlo entre su pelo. Él, como un complicado mecanismo de relojería, se metía como una cuña otra vez en su vida. Él, la llave que abría sus tinieblas, su cuerpo al borde el abismo.

Subió las escaleras. Abrió la puerta. Tiro dentro del wáter toda la basura que tenía escondida, todas las pastillas de botiquín. Vació las botellas con alcohol, las cartas oxidadas, las tarjetas de memoria, los vientos cruzados, el orín, las manchas de humedad, los ecos redundantes, los gritos de horror. Descargó la cisterna. La piel se desprendió de su cuerpo como quemada por el sol, el sudor de su cuerpo empantanó las cruces. Quizás pudiese renacer...quizás.


fino-

Arte: Lily Gar    - 

Música: O Homen dos Olhos de Raio X - Lennine