miércoles, 20 de mayo de 2020

Esta agua, este tiempo.

                                             

                            


Llegaba empapado, una lluvia inesperada y espesa con olor a solvente químico caía a mares sobre el camino por el que Martín regresaba a su guarida. Era una lluvia extraña que entreverada con el sol, caía azotando la ciudad en ruinas. Apenas tuvo fuerzas para entrar a su habitación semivacía donde se protegía de casi todo. Una repisa, un cuadro y una silla pegada al ventanal era todo lo que le quedaba en el mundo. Exhausto se dejo caer sobre la silla mientras que a sus pies comenzaba a formarse un charco. Le escurría agua desde el pelo, corría por su cara, por su camisa, por el pantalón y el olor penetrante del líquido nauseabundo que se metía por sus narinas lo quemaba como el fuego. El cuadro colgado a su frente en la pared tenía pintado un paisaje de montañas con un inmenso lago petrificado y azul. Estaba rodeado de agua. Agua en sus ojos, en su cuerpo y a sus pies. Las paredes descascaradas parecían vivas, eran como la crueldad, como la indiferencia. Martín cansado cerró los ojos y reclino su cabeza hacia atrás. Recordó las caminatas interminables por la playa, cuando el mundo era mundo y sus pies se mojaban en el límite difuso que existe entre el mar y la arena. Por un instante volvió a ser feliz. Revivió el profundo silencio que se sentía bajo el agua, el golpeteo apagado de las olas rompiendo en la superficie, allá arriba. Pensó en abrir los ojos, pero la habitación lo hostigaba de tan cuadrada e inmóvil. Todo se confundía en su mente, el ventanal, la respiración, el cuadro, el lago. Sentado sobre esa silla se deshojaba, se iba escurriendo en cámara lenta. Estaba agotado, inmerso en sus pensamientos. Le dolían los ojos al balancearse inquietos bajo los parpados cerrados. Afuera seguía lloviendo a cantaros y el agua se desprendía de las nubes duras e impenetrables, se desplomaban por su propio peso sobre todo lo que quedaba con vida. Comprendió que el tiempo ya no existía, que el reloj marchaba hacia atrás. Doce, nueve, seis, tres, uno, uno, uno...ya no había tiempo.

El cuadro seguía ahí.

Sobre la silla descansaba un apelmazo de ropa amorfa y empapada que chorreaba viscosidad. En el suelo, un par de zapatos flotaba dentro de un inmenso charco de agua, que presuroso, se escapaba rumbo a la calle por la rendija bajo la puerta.

 

fino.  Mayo 2020

martes, 28 de abril de 2020

Amèn ( en constante mutación)


Mandrax, cirrosis, paranoia, gastritis
ribotril, talasa, clonazepam,
cemento, Velho Barreiro, sida.
Hiel.
Grasa saturada, hepatitis A-B-C
diazepam, vino, cogumelos
artrosis, artritis, ataxia.
Miedo.
Delgotrix, control 20, birra
amnesia, diarrea, cáncer
grappa, tabaco, maconha.
Soledad.
Insomnio, ansiedad, anorexia
rohypnol, oxicodone, cocaína
temblores, locura, misticismo.
Sangre.
Dios,satanàs, Jesús 
los 197,  dictadores
bulimia, tristeza, codicia
 y todos los otros espantos...

fino.

lunes, 27 de abril de 2020

Detrás del telón.


                                                               




Cuando se abrió el telón, la sala repleta quedó en silencio. En medio del escenario, sobre en una silla y bajo una luz cenital blanca, Ricardo Sobral tenía sentado sobre su rodilla derecha a Renzo. Mimetizados, el artista y su muñeco vestían iguales: zapatos negros de charol, frac, moño negro y camisa blanca. Idénticos. Al mirarlos de cerca o desde poca distancia, el público diferenciaba uno de otro solamente por dos líneas negras, paralelas, que bajaban por la comisura de los labios, hacia el mentón de Renzo. Era cautivante ver al ventrílocuo asombrar a los asistentes con su juego de voces, con los movimientos leves y mecánicos de la marioneta, pero sobre todas las cosas, por los gestos y las pausas con las que marcaba el ritmo del espectáculo. Era un show insuperable. A los lados y detrás los artistas, un juego de espejos dejaba ver, a propósito, la mano derecha de Ricardo Sobral que se hundía por un agujero en la espalda Renzo, como si fuera un pozo por el cual brotaba la magia teatral. Desde allí, toda fantasía se transformaba en realidad. Las risas, la desmesura y los aplausos de los concurrentes marcaban el éxito total de la función, que nadaba veloz entre reflexiones y ocurrencias. Se podían ver lágrimas en las mejillas del público y en sus rostros, la felicidad de haber obtenido lo que buscaban cuando decidieron entrar al teatro. Al final del show, llegaron los aplausos, las aclamaciones y los gritos de aprobación durante varios minutos. Los personajes, desde el escenario, saludaban con pequeñas reverencias a intervalos regulares, agradeciendo la euforia generalizada. Sin cambiar su postura erguida, Ricardo Sobral agradecía con voz pausada y potente, al tiempo que su compañero, en un delicado y lento movimiento, bajaba la cabeza hasta dejar fijo el mentón contra el pecho. Era una simbiosis perfecta y en un espectáculo sublime, el ventrílocuo y su muñeco habían atravesado las barreras de la realidad y de la fantasía. Con arte y maestría se lograba ocultar el artificio durante más de dos horas de show. Y quizás, como tantas veces en la vida, la bofetada impiadosa de una mentira, marcaba la cara de todos los asistentes. Verdad y embuste disueltos por la seducción de un ejecutante virtuoso. El telón púrpura se cerró separando al artista del público, que de pie lo despedía con un aplauso estruendoso y duradero. Aún iluminado por el foco en el escenario, Renzo dejó la falda de su muñeco. Se quitó de la espalda la mano inanimada. Dobló por la cintura el cuerpo inerte de Gonzalo Sobral y lo acomodó bajo su brazo izquierdo. Caminó rumbo al camarín, mientras que con un pañuelo húmedo, iba borrando de su cara las marcas negras dibujadas en la comisura de sus labios.
                                        
fino.
 
Del libro: El Gen de la Bestia

martes, 21 de abril de 2020

Otro final para A.

                           



                                                                                                                                                                 Soy un sueño, un espectro, un ángel.                                                                      

                                                                                        (a Luc Besson)

Me niego a cortarme las alas o a esconderlas bajo una gabardina raída. Me niego a dejar las calles pese a tanto dato que va achicando el tiempo necesario para procesar. Me opongo a que todo se termine contaminado con el hedor del ocaso.
Busco desde los techos almas perdidas en cualquier cuerpo que las contenga. Espío desde los pretiles y mis ojos chorrean sangre. Cerca de una esquina, a dos cuadras de las suelas de mis zapatos, veo un cartel despintado sobre una puerta de vaivén a medio caer. Con un aleteo frágil vuelo hasta allí. Llego a la acera de baldosas amarillas y manchadas de herrumbre por las lágrimas de las cortinas metálicas. Falta poco para la caída del sol y adentro, el bar, está atestado de descarriados con sed eterna. Cruzo la puerta sin tocarla ni moverla, entro y mi sombra se proyecta entrecortada en el techo tapizado de hongos añejos y vapores de tabaco. El silencio solo se rompe cuando se apoyan los vasos en las mesas o con el tintinear de hielos girando. Una niebla espesa flota en el aire, tiene olor a sudor, a tristeza y alcohol. Miro entre los extraviados buscando a quien salvarle el día o quizás la vida. Veo a una mujer en un rincón, casi al límite del infierno. Tiene la blusa desprendida hasta el ombligo, el sostén desgarrado y el maquillaje borroneado por llantos viejos. Sus dedos finos están cubiertos de anillos y su mano derecha apoyada sobre la mesa aprieta un vaso de whisky. Avanzo hasta ella. Un destello leve surca sus ojos azules y adivina mi presencia. Con un movimiento elegante toma el paquete de cigarrillos que descansa en la mesa. Saca uno y lo enciende con lentitud exasperante.
-¿Que buscas de mí? –preguntó mientras soltaba una bocanada de humo hacia el techo.
-Nada que te pueda hacer peor –respondí.
Ella soltó una risa ahogada en un sorbo de licor.
-¿Nada que me pueda hacer peor? Claro, eso es seguro. No hay nada peor que estar muerta en vida –dijo con resignación.
Por un instante, apenas por un instante, el ambiente denso y oscuro del bar, se transformó en una zona un poco menos confusa cuando  apoyó el vaso sobre la mesa y dejo ver una sonrisa que retenía rastros de hermosura.
-Vine a purificar tus sueños. Viene a empujarte hacia la salida –dije con voz pausada, para que pudiera retener la esperanza que intentaba transmitirle.
Al oír mis palabras me busco en vano entre la oscuridad que tenía frente a sus ojos. Unas lágrimas lentas y saladas comenzaron a caer desde sus ojos claros, opacos, perdidos. Ella bebió de un sorbo todo el líquido de su vaso. Apagó con rabia el cigarrillo en el cenicero atestado de puchos aplastados. Se llevó las manos temblorosas a la cabeza, intentando comprender si finalmente la locura se había apoderado de ella o si lo que escuchaba era real.
-¿Donde mierda te metiste todos estos años? ¿Ahora que estoy a punto de desbarrancar venís a ofrecerme una mano? Mejor págame otro whisky, puto ángel de mierda -dijo casi gritando.
Unos pocos de los perdidos que bebían en la barra, giraron para mirar desde donde venía ese reclamo urgente y descontrolado. Acerqué mi mano hasta su frente arrugada, llevé algo de calor a su cabeza fría y confusa.
-Llevo mil años acá, maldita bruja. ¡Llevo acá mil años! -repitió apagándose de a poco.
-Amiga, ¿no te parece que es hora de abandonar esta isla? –le dije.
-¿Amiga? ¡No me llames amiga! No tengo amigas y menos que tengan alas enganchadas en la espalda. Sos un fantasma, un diablo creado por la confusión de este whisky barato –gritó.
-Yo también estoy perdida. Salvémonos juntas. Yo tampoco quiero dejar mis alas en un culo de botella. Salvémonos -le dije.
Ella se paró vacilante, trastabilló al intentar dar el primer paso hacia la puerta. Tomó con asco el paquete de cigarrillos y su cartera. Se alisó con movimientos torpes la pollera, la blusa y posó orgullosa sus ojos en mis ojos. Se acercó hacia mi. Con sus manos frías me tocó la cara, acarició mi pelo y lentamente me besó en la boca. Me beso con deseo, con intensidad.
Algunos de los devotos feligreses del bar, miraban con asombro y desconcierto etílico, como la mujer besaba ardientemente un espejo, mientras caían desde el techo, como una llovizna en cámara lenta, miles y miles de blanquísimas plumas.
                                                                                                                                                                                                                 
fino.

jueves, 2 de abril de 2020

Dónde.


                                               
                                                                                                                                                                    197



Dónde estás?
Dónde tu carne se transformó en alimento?
Yo te busco sin verdad
y esperando saber dónde.
Roto por dentro y por fuera
dejamos retazos invisibles
descompuestos en el tiempo.
Dónde la sangre derramada?
y el hálito frágil del suspiro?
¿Dónde los dedos crispados,
tallando paredes o
moldeando el amargo lodo del olvido?
Que calla tu silencio?
Nada duele más que este dolor.
Dónde?
dónde tu música,
dónde la piel deshojada
en minerales humanos?
Ni siquiera espero su verdad, que imagino
que ya sé,
una vez más pregunto
dónde la memoria?
dónde la justicia?
dónde?
¿Dónde?



fino.
 
 
Logo: Madres y familiares de detenidos Desaparecidos.
Por verdad y justicia. Uruguay
Música: Frágil - Sting

martes, 31 de marzo de 2020

Ludwig Van.

   


No podía descansar, tenía tormentas en el alma.Daba vueltas en la cama sin pensar en el cuerpo que sollozaba a su lado. Una lluvia de palabras inconexas, giraban en su mente, al tiempo que daba manotazos esporádicos en la oscuridad del cuarto. La reja del miedo era poderosa y eso lo volvía loco. Fue con la explosión cerca de su oído, que sus pensamientos se desvanecieron. Sólo un salto al vacío podía acomodarle los nervios. Abrió la ventana para respirar, no estaba dispuesto a morir y eso lo tenía claro, saltar no era una alternativa. El cielo estaba gris, la calle mojada. En su cabeza aún retumbaba el sonido del disparo. Fue un casi. Hasta su nariz llegó el olor a pólvora y se sintió limpio. Ella estaba parada a su lado, con el revolver flotándole entre las manos. Quién sabe que locura la arrebató de la espera y decidió reclamarle atención con la desesperada alarma de un tiro. El quedó unos minutos mirándola y recordó lo que era caminar sin sentirse sospechoso, caminar sin sentir paranoia. Paz, sintió un poco de paz. Se levantó de la cama y no le dijo nada, ni siquiera la miró mientras se vestía. Salió a caminar por la noche descargando miradas furtivas sobre todo lo que se movía. Estaba cansado de perder las cosas más simples, las que el dinero no puede comprar o las que pierden valor apenas se pagan. En la cintura cargaba un peso muerto que ya no deseaba cargar. De eso también estaba seguro. Era una caricatura de si mismo, no existía, no sangraba. Vio el cartel luminoso del cine, leyó el título de la película que se proyectaba en continuado, sonrió y se decidió a entrar. El cine estaba casi vacío, eligió el asiento más apartado. Desde la pantalla, Alex , un loco vestido de blanco, cantaba, bailaba y pateaba a un anciano amordazado en el suelo. La continuidad de escenas violentas lo mantuvieron atornillado a la butaca, sin la posibilidad de sacar la vista de la película. Dejó el cine en la escena en la que Alex saborea su venganza en un hospital, cuando mastica con desparpajo la comida que le dan en la boca. Salió con la cabeza gacha. Escuchó gritos. Ella lo estaba señalando y los policías le apuntaban con sus armas, estaba rodeado. Finalmente, su cara quedó contra el piso, las manos en la espalda y el metal helado apretándole las muñecas. Sintió los golpes en las costillas, pero sólo veía sombras moviéndose en la oscuridad. No le quedó tiempo ni fantasía para el ritual de sentirse arrepentido. Y como en la película, la quinta sinfonía de Ludwig Van Beethoven, comenzó a recorrerle el cerebro, a alterarlo, a modificarlo. Sólo deseaba alejarse del dolor. Era una estrella que se apagaba cayendo desde el cielo. Era un flujo imperfecto, una frecuencia sin alma, sin señal.




fino. 

Abril 2020

miércoles, 25 de marzo de 2020

Desapareces.

                                                         




Desapareces.
 Llegás y como un flash
desapareces. 
Fantasma ardiente,
fantasma sin renacer
en este teatro de demonios degradados.
Desapareces 
entre las manos dulces de la más bella.
Patéticas ánimas
vuelven tras tus pasos
        por los jardines sombríos del origen.
Sos un enigma en mi soledad helada
soy puro llanto,
 que no podes oír.
Desapareces en las fronteras olvidadas,
fagocitadas
por cualquier transe suicida.
     Desapareces
en habitaciones subterráneas,
 desiertas, sucias.
Llegás y desapareces
encadenada a líricos desamores,
llegàs y desapareces
 en las copas vacías de mi inocencia gastada.
Desapareces impaciente,
desapareces después del húmedo beso de llegada.
  Quedan mil preguntas sin hacer
y van tras tu cuerpo ajeno a mis manos.
Despareces,
profanando hueso y carne en cámara lenta.
Desapareces, ser alucinado
taciturno,
 ser de ojos vendados
idilio invencible en mi memoria.
Alma y espíritu van
bajo el manto piadoso de tus labios que vienen y se van…
 Desapareces
 y volvés a desaparecer.

fino.

viernes, 20 de marzo de 2020

Dos sillas.

                                                      

     

                       

Dos sillas vacías a la mesa del pasado
y una música cortinado saudades,
          dos vasos servidos
a la salud de tu alegría.
Mientras mis ojos quedan fijos
el sol besa el horizonte.

Ahora te vas
repitiendo a gritos las tardes perdidas,
paso a paso
en las tardes perdidas,
y cuanto duele preguntarse  por qué.

 Ahora te vas
   quizás nunca volverás.
Dos sillas vacías
  frente a otra noche hermosa
 y en un solo de guitarra, el Cuba, detona mi cabeza
          en tanto canto así :
     " Ahora no hay remedio que devuelva el tiempo
             ahora no hay receta ..."
 
fino.
 
Música de fondo: No hay receta - Claudio Taddei.

viernes, 13 de marzo de 2020

Su Perro Andaluz

                                                                  

                                                                   




La navaja estaba apoyada sobre el ojo de Silvana, como una lengua rozando la espina dorsal. Al final fui yo quién percibió el corte que la foto nunca mostró. Lo que veía ante mi era la síntesis de todos los engendros sobrenaturales con los que Silvana había coqueteado tanto. Su ojo y también su cuello pagarían por invocar al innombrable. No era un recuerdo, ni una fantasía, ni una ensoñación, para ella era un ritual de resurrección. En la foto en blanco y negro que sostenía en mis manos, la sangre estaba agazapada escamando el instante previo. Un primer plano del rostro de Silvana y por el lado izquierdo de su cabeza, los dedos de un hombre le separaban los párpados. Índice y pulgar tensionados impidiéndole pestañear. La otra mano del verdugo sostenía la navaja filosa en paralelo a la ceja y frente al ojo lloroso a punto de explotar. Rostro, ojo, navaja y manos rendidos a los pies de un deseo enfermizo y criminal. Ella había leído cientos libros y artículos en los que se hablaba de la conexión entre las fotografías, la  sanación y la muerte, y estaba decidida a brindarse como ofrenda. Yo no quería creerle, pensé que se trataba de desvaríos causados por el sufrimiento, pero la foto en mis manos mostraba lo contrario. El lente había captado una vida a punto de terminar, una huella petrificada, un instante fugaz de soledad. Hacerse mutilar buscando apropiarse de otro cuerpo, de otra vida, era su salto el vacío ante tanta desesperación. Siempre hay algo que perder, había escrito con letra temblorosa en el sobre en que me había llegado la foto. Era su deseo, su declaración final. Había caído en la trampa. Ahora el noticiero matinal comentaba sobre un cuerpo mutilado aparecido en la escollera. Afuera el sol comenzaba a salir y el rocío embellecía los rosales. 

                                                                                                   (gracias Luis Buñuel)
fino.

Marzo 2020.       ilustración: Diego Soria.

viernes, 8 de noviembre de 2019

Un último café.


                                                                      


                          
Lo mire fijo y esperé su respuesta.
- Cumpliremos con todo lo pactado. De eso puede estar segura –dijo sin mirarme a los ojos.
Claro que al darme esa respuesta lo único que logró fue dejarme más intranquila.
- Lo entiendo. pero de todas maneras, necesitaba que me lo confirmaran. Como imaginará se trata de mucho dinero. Fue un gran esfuerzo llegar a dicha suma. Usted nos comprenderá –dije sin alterarme.
- Lógicamente Sra. de Fernández, pero no tiene de que preocuparse. Apenas tengamos novedades nos comunicaremos con usted.
Al despedirnos el vendedor mantenía el mismo tono de voz, la misma métrica en el uso de las palabras y esa exasperante semi-sonrisa dibujada en la boca. Dejé la automotora sin perder el nerviosismo que me había llevado hasta allí. Después de todo, no era un modelo difícil de conseguir, lo que más complicaba el asunto era el color. Pero a Luis, mi esposo, se le había metido en la cabeza que ese azulcito eléctrico sería la diferencia. La estúpida diferencia con los autos fotocopiados de los vecinos de la cuadra. Últimamente me preguntaba, cada vez que me sucedían cosas como esta, ¿Que fue lo que me llevo a vivir con un hombre así? Casi seguro porqué en algún momento todas las locuras coinciden. Pensándolo fríamente, por su carita de ángel y su cuerpo perfecto, o tal vez el modo salvaje con que hacíamos el amor. Si. Eso. Sobre todo eso. Antes no me molestaba cuando me decía cosas a contra mano de mis principios. Pero ahora no soporto esa frivolidad con la que maneja los asuntos que son tan importantes para mi. Hace tiempo todas mis rabietas desaparecían cuando el me besaba, cuando me envolvía entre sus brazos y terminábamos sudorosos y enredados sobre la cama. Ahora el tiempo pasó. Ese fuego entre nosotros sigue encendido, pero cada vez me molestan más las cosas que antes no. Intentando sacarme esos pensamientos de la cabeza, entré en un bar. Lo llame por teléfono para contarle la charla con el vendedor. Palabra por palabra. Coma por coma y punto por punto, como a el le gusta. Le explique que pronto recibiríamos el auto. Pero por su modo de hablarme, adivine que no estaba muy conforme con mi trámite. Luego prosiguió. Que debía haber insistido. Que debería haber exigido. Que el dinero era nuestro. Que se habían comprometido a entregarnos el cero kilómetro en treinta días. Que esto, que aquello. Alejé el teléfono de mi oído. Le pedí al mozo que esperaba frente a mi, un café grande y dos medidas de whisky sin hielo. Odio el alcohol. Desde la mesa, donde había apoyado el teléfono, el murmullo monocorde seguía ululando y llegaba hasta mi cerebro. Apenas percibí una pausa en su monólogo, levante el aparato y le dije que yo pensaba exactamente igual que el. Le pregunté a que hora llegaría a casa esa noche. Respondió, con la seguridad de siempre, que a eso de las diez. Me despedí con un beso y con el “te quiero” más falso que había pronunciado en toda mi vida. Me tragué de un sorbo el whisky y revolviendo maquinalmente el café caí en la cuenta que no le había echado nada de azúcar. Repasando lo que había visto dentro de la heladera en la mañana, pensé en un posible menú. Pero resolví que ya no iba a cocinar. Tenía todo el tiempo el mundo. Elegí tomarme el café antes que se me enfriara para siempre, como el amor.





                                 



fino.
Noviembre 2019.                                 Ilustraciòn: Diego Soria.

miércoles, 16 de octubre de 2019

Hiel púrpura.

                                                                    



Soy puto, ¿y qué? –dijo Marcos mientras miraba a su padre a los ojos, desafiante y con sed de venganza.
La cara sudorosa del viejo se deformaba bajo un cono de luz opalina. Con los brazos extendidos y las manos crispadas apretando el vacío que los separaba, estalló en llanto al oír la confesión de su hijo.
-Estás enfermo –dijo desencajado.
Marcos sonrió. Posó el dedo índice de su mano derecha sobre sus labios imitando la foto de la enfermera que todavía cuelga en algún hospital olvidado.
-Ya no voy a esconderme –.
Juvenal no soportó la pose de su hijo y se dejó caer desarticulado sobre el sillón. Se llevó las manos a la cara tapando su vergüenza con los anillos de oro que  no podían pagarle una vuelta atrás en el tiempo. No se derrumbaba el sueño del hijo en la lista infinita de doctores en la familia. Tampoco estaba en peligro la continuidad del apellido que abría todas las puertas. Estaba en caída libre su postura intransigente frente a los cambios de doctrinas, que el rechazaba sin escrúpulos ni descanso ante quienes osaran pensar diferente. El solo se preguntaba: ¿Dios mío, porqué esta maldición? ¿Porqué a mi?. Viéndolo desangrarse por la herida, Marcos apretó el acelerador y decidió sacrificarlo allí mismo. Dejaría caer sobre su padre el rencor que lo había asfixiado durante tantos años.
-¿Querés que te diga algo más? Fue tu hermano Esteban que con su lengua y sus dedos inmundos terminó con mi inocencia. El santo de tu hermano, ese gran hijo de puta del que estás tan orgulloso, y que no es ni por asomo un poco más hombre que yo.
El viejo totalmente fuera de la si, se removía en su asiento poseído por un odio que le pintaba la cara de rojo y hacía que su corazón estuviese a punto de explotar.
-Solo eso faltaba, acusar a tu tío. Ya no te queda nada por destruir-.
-Si que me queda. Podrías preguntarle a Clarita por que se fue de casa apenas tuvo la capacidad de hacerlo.
-¡Ahh, no!. Metes a tu hermana también.
- No. Yo no la meto. Fue Esteban quien la arrastró a la desesperación. Mientras vos vivías en tu mundo y con los ojos tapados. No podrán comprar el perdón. Voy a terminar con todo.
-Dejàte de inventar estupideces. ¿Querès mariconear? Agarrà  tus cosas y mandate a mudar en el primer avión. No hagas más daño-.
-Si, claro, hacerte daño. ¿Sabès una cosa? No quiero la culpa que me regala tu miedo. Ustedes van a tener que hacerse cargo. Hasta acá llegó mi silencio.
Marcos volvió a sentir la impotencia del desprotegido, del humillado. Había vomitado el dolor de mil noches ahogadas en la almohada, mientras destrozaban su inocencia frente a la ceguera de la carne. El sueño de Juvenal y Esteban  De los Campos se destruía. Ellos, dueños de cosas y de humanos. El viejo se mordió el labio hasta sangrar. Una columna púrpura le nació en la comisura y en un descenso veloz le mancho el cuello de la camisa blanca y siguió dibujando el curso de un río deforme hasta llegarle al corazón. No fue un balazo, ni un accidente lo que le quitó la vida. Fue la incapacidad de entender que no hay rejas para detener la miseria humana cuando el enemigo vive dentro. El corazón de Juvenal De los Campos se había detenido. Marcos lo percibió y no sintió absolutamente nada. 
Tampoco le importó no sentirlo.


fino.
Octubre 2019.
 Del libro: El Gen de la Bestia.    Ilustraciòn : Diego Soria.
 

miércoles, 2 de octubre de 2019

La posibilidad del accidente.

                                                                          



Se aferró con furia al volante mirando la luz que venía hacia el a toda velocidad. Decidió pisar el acelerador a fondo al tiempo que cerraba los ojos.
La oscuridad total en la que estaba envuelto se fue disipando por un fino haz de luz que caía por lo que parecía ser el ojo de una cerradura. Palpó su cara, sus piernas y poco a poco comprobó que todo estaba en su sitio, la nariz en el lugar de la nariz, la boca en lugar de la boca, sus pulmones funcionaban y el corazón  bombeaba un fuego eléctrico hacia los ojos. Separó los labios y susurrando pidió lo que mas deseaba en el mundo: “ ¡Agua, agua!”. Las palabras rebotaron en su entorno y se fueron alejando lentas, obstinadas hacia el infinito. Intentó separar su cuerpo de la cama en la que estaba recostado pero no pudo despegarse un solo milímetro, apenas consiguió mover las manos, era un ave herida aleteando después de un disparo certero. Necesitaba ayuda, saber donde estaba atrapado. Sus ojos se llenaron de lágrimas al ver la imagen de Magdalena, recortada por la luz. Su pecho estaba oprimido por el desconsuelo, las lágrimas rodaron por sus mejillas ,bajaron por el cuello hasta empaparle la nuca. Rescató con la lengua el resto de una lágrima con la que apenas humedeció sus labios, maldijo en un idioma imposible de comprender al pensar que se estaba alimentando en el infierno. La sal de la lágrima no hizo mas que agigantar su sed, ella se acercó y con un paño blanco embebido en agua fresca. Comenzó a limpiarle las heridas de su cuerpo lacerado, le lavo las manos, los pies y el torso ensangrentado. Otra vez ella, su amor, calmaba sus heridas mientras que con voz pausada enumeraba las veces que él había traicionado, las veces que había engañado y todas las promesas, que por soberbia, había dejado de cumplir. El sucumbió en la miseria de sentirse hueco, sin paz. Su vida comenzaba y terminaba allí, en el origen de esa luz, en ese faro inmóvil y en las palabras implacables de ella. Eso lo desencajo, se dio asco, tuvo miedo y sintió el horror de haber fallado siempre. Intentó gritar con todas sus fuerzas pero esta vez un silencio inhumano le estalló en la boca. Quedó atrapado en el aire grasoso del terror y sujetándose con todas sus fuerzas a los lados de la cama, se desvaneció. En ese segundo infinito, el tiempo se detuvo. Despertó en el limite difuso de lo real y lo imaginario, despertó en el temporal caótico de los deseos ajenos. El, gigante y minúsculo, descreyendo de su propia historia vio a Magdalena guiándolo a través del ruido ensordecedor de neumáticos derrapando en una frenada violenta.
Levantó el pie del acelerador, soltó desesperado el volante, abrió los ojos y se llevó las manos a la cara frotándose con furia. La luz a su frente ya no existía y lentamente el auto volvió a transitar por esa vieja carretera desierta, oscura.

  fino.
 
Del libro: El Gen de la Bestia

martes, 17 de septiembre de 2019

Elegía II

                                                                       



A ella la alimentan con químicos mientras se retuerce sobre la cama pidiendo ayuda. Otras veces está muerta en vida como una estatua de carne que solo consigue mover los ojos. Las paredes blancas de la sala están muy lejos de ser puras y santas, tampoco es tan real el paisaje que se dibuja más allá de la ventana. Solo existe el vacío que la va acercando de a poco a otra mañana. Cuando las sábanas le queman la piel un color ceniciento transforma su belleza en un recuerdo lejano. El sufre al verla. Ella no tiene lugar para agujas en los brazos, la morfina la lleva hasta el delirio y la trae de los pelos a la vida como una jauría. Entonces ella alucina y su voz se transforma en jeroglíficos, en colores de agua. Sacame de este turquesa. Sacame esto podrido y reventalo contra la pared, le dice esperando que el pueda entenderla y consiga encontrarle una salida. El llora y cae en la cuenta de que muchas veces se habla de dolor y de coraje simplemente porqué esas palabras llegan a la boca. Ella implora, balbucea y convulsiona cuando la enfermera aumenta la dosis. Un flash le azota el cerebro hasta dejarla consciente solo por veinte segundos. Veinte segundos fatales, asesinos en los que ella lo mira y al encontrarse con sus ojos lo destroza. Ahí, cuando de verdad es ella, le dispara sin piedad confesándole: Ya no quiero vivir así. El la acaricia, la toma de la mano, intenta tranquilizarla para que pueda respirar y acercarse un poco más a su alma. Pero hace la misma estupidez que todos ¿a quien diablos se le ocurre llevar metáforas a un entierro? Ahora cuando todo se acerca al fin, el solo desea creer en otras maneras de nacer, en otras vidas. Ella, que siempre regalo luz, huele a muerte y traga remedios sangrando ocres llenos de dolor. El piensa en sus hijos, piensa en arrancarle el respirador, los cables y desviarla de la carretera hasta hacerla volcar, para que deje de vivir su muerte , y el matar un poco de la suya.


fino.






Agosto 2019.

Del libro: El Gen de la Bestia.