miércoles, 17 de junio de 2020

Empiezo mañana.

                                                                   



 Era asqueroso. Asqueroso y desagradable. Lo veía desde lejos sentado frente a mí en otra mesa junto a la puerta del bar. Ni los ruidos de la calle, ni el bullicio general lograban tapar el volumen de su voz. Comentaba y opinaba de mil temas a la vez, engullía y sorbía un café que estaba frío de tanto esperar mientras la comida se le escapaba por la comisura de la boca. Entre la camisa blanca desabotonada hasta el abdomen y el saco azul de marca, escondía una gruesa billetera que hacía juego con su bronceado. Hablaba sobre corruptos, sobre acomodos con amigos y negocios turbios. Hablaba despectivamente y poco a poco fue agotando mi flaca y cascoteada paciencia. Siguió con relatos de sus divorcios costosos, de aventuras y engaños que habían patinado sobre su panza prominente. No habían pasado veinte minutos desde que yo me había sentado a mi mesa, cuando él ya había destruido a medio país y a cientos de familias. Pensé, cuanto desprecio guarda en su interior un ser humano así, creer que su posición y su auto caro (al que vigilaba a través del ventanal) lo ponían por encima del resto de los mortales, por encima de los que estábamos allí. Los vivos de verdad la vamos de callado, hay que ser demasiado otario para andar a los gritos agitando el avispero, pero el se creía con derechos adquiridos, lo pensaba y lo decía. Ya llevaba casi una hora hablando, no había bebido más de tres sorbos de café y en todo ese tiempo su compañero de mesa apenas había logrado hablar, puedo asegurar que su cuello estaba contracturado de tanto asentir y negar. Yo no podía concentrarme en lo que leía, entraba y salía del texto acompañando por el sube y baja de aquella voz estridente. Leía, pensaba y juntaba combustible imprimiéndole presión a la caldera de mi cabeza alienada. Todavía que no me sale una, este viene a refregarme a los gritos su suerte. Me vi levantando la mirada y fijando mis ojos en su cara despreciable, estaba transportándome hacia un lugar donde mi mente volaba y se perdía en el infinito. Cuando cruzamos las miradas cortó el monólogo racista que había comenzado a elaborar en el funcionamiento de quién sabe que engranajes misteriosos, pues yo casi no escuchaba, solo lo veía mover su boca grasosa.

-¿Que mirás? –me dijo con mi misma cara de asco.

-Lo pelotudo que sos –respondí sin apagar los rayos de furia que salían de mis ojos.

-¿Perdón? ¿Qué te metés donde no te llaman?

-¿No me llaman? Si estás hablando como para que te escuchen desde el otro lado del río. Dejate de joder.

 -Yo hablo lo que quiero y cuando quiero. Vos calladito ahí, en tus asuntos, no te metas conmigo.

-¡Si patrón, como no! ¿Alguna otra cosita?

-Sí, que dejes de mirarme y que no te hagas el vivo.

-¿Sabés lo que pasa? Es que con tantas boludeces que estás hablando a todo volumen, es imposible no mirarte. Y lo que es peor, no puedo dejar de pensar en cómo puede existir gente como vos. Sos despreciable, pero imagino que ya te lo deben haber dicho millones de veces.

-Cerrá el culo, bobo. Callate.

-¡No me callo nada enfermo! Porque es así, sos un enfermo. Te crees dueño de la verdad y no estoy obligado a escuchar lo que decís. Acá cada cual está en sus cosas, pero aunque no lo queramos hay que prestarle atención al señor mientras habla mierda de todos. ¿Te crees tan importante, como para arrastrarnos a comer tu discurso? Si hablas a todo volumen, es para que todos escuchemos tu verdad. ¿Y sabes una cosa? ¡No me importa tu verdad! Estamos como estamos por gente como vos. ¡Imbécil ¡ Estamos rodeados de prepotentes como vos, que tienen la creencia estúpida de sentirse superiores –dije y paré por un instante mi retórica sincericida de rata de caño gritando para la tribuna.

Respiré profundo buscando alguna mirada cómplice entre los presentes, alguien que me acompañara en mi postulación como “Gil del Año”. Todos miraban hacia otro lado. Gané por nocaut. A esa altura yo estaba parado sobre una silla y solo en mi discurso, pero eso no importaba. El me miraba con más asco que antes. Y heroico, no lo dejé contestar.

-¡Esto es lo que creamos, Señores! Caímos en desgracia. Soportamos de brazos cruzados a ladrones como este, y eso no lo aguanto más.

¡Esto es lo que creamos, Señores! -dije señalándolo con el índice y mirando hacia todos lados esperando aplausos redentores. Nada.

Ya sin aire, vacío y con los ojos inyectados en sangre esperaba que alguien, que no fuera él, dijese algo, pero el silencio se hizo más profundo aun. Y lo volví a romper.

-¡Es seguro que si pensamos con el monedero seguirán naciendo monstruos como este! ¡Te voy a matar!

Cuando la niebla se dispersó de mi mente y mis ojos perdieron la sangre acumulada que los había enceguecido, todo seguía exactamente igual. Yo, sentado con el libro entre las manos mirando como el indeseable movía la boca. El, comiendo como un cerdo mientras su compañero de mesa sacudía la cabeza como los perritos chinos en los autos. Me prometí que dejaría de beber por las mañanas, era claro que el alcohol me estaba alterando la percepción, el metabolismo y los sentidos. Salí como quemado en aceite, busqué otro lugar donde poder leer en paz y pensar en alguna pequeña estafa que me diera un poco de dinero fácil, si es que lograba bajar de la nube espesa en la cual estaba inmerso. Encontré un bar de copas, añejo y sucio al borde de la clausura. Sin mirar mucho a los parroquianos acodados en el mostrador di las buenas tardes genéricamente con un susurro amorfo. Recibí un murmullo. Pedí un medio y medio triple y sin hielo. Me lo acercaron y lo bebí de un trago. Repetí el pedido. Apenas abrí el libro cuando el alcohol otra vez distendió mi masa encefálica atrofiada y me encontré riendo carcajadas sin poder evitarlo. Volví a prometer que ya no tomaría alcohol desde temprano. Pedí otra vuelta triple. Hoy será un día largo, muy largo. 

fino.

Junio 2020.

miércoles, 10 de junio de 2020

En sesenta minutos.

                                           


 

 

Estaba disperso y le costaba concentrarse. Los temblores le habían comenzado por los pies, después siguieron por las manos mientras que el corazón aumentaba al doble las palpitaciones. Estaba seguro que era por las pastillas, se había tragado mal las mitades que debía tomar o las había tomado por segunda vez en el correr de la mañana. No lo sabía, no lo recordaba. Si en ese momento alguien le hacía la pregunta, el estaba dispuesto a decir a quien quisiera oírlo que la culpa era de ella, por haber salido a pasear cuando más la necesitaba. Era una sinvergüenza. Traicionarlo de esa manera después de tantos años. A ella, esas mañas le aparecieron cuando a el se le empezó a caer el pelo, de eso estaba completamente seguro. Ella, que siempre protestaba y no comprendía que los años no llegaban solos. Justo a el, que no le gusta mentir, que le gusta adornar con cuadros de paisajes y con los retratos de la familia la casa hermosa que le había regalado. Porque el se la había regalado, para que ella tuviera, para que no anduviera diciendo cosas por ahí. El, que casi siempre era bueno con ella. Además solo la golpeaba cuando ella no le hacia caso, cuando se lo merecía o si la comida estaba fría y asquerosa. Solo esas veces, después no. Casi nunca. Pero sabía que en el fondo ella agradecía que el la quisiera tanto, por eso le dejaba todo pronto para que no le faltara nada cuando ella iba a salir toda la tarde, como hoy. A fin de cuentas en una relación de tantos años siempre hay pozos, como en el asfalto. Ya había pasado casi una hora y observándolo todo con cierta distancia, el veía todo más claro, fue traicionado sin razón. Lo juraría sobre el cristo incrustado en la pared. Ahora sentía que los temblores aumentaban, que la mandíbula se le trancaba y que la lengua se le desparramaba hacia la pera. Estaba envuelto en susurros y en un río de baba espumosa. El, que era un héroe, que era un señor, ya ni su estúpido cuerpo le obedecía. Pensaba, ordenaba, pero su mente no acataba las órdenes cuando más necesitaba. Cayó al piso, estaba solo y seguro que este sería su fin, pero no iba a llorar, no debía llorar como una mujercita. El, que era un ser diferente y que sabía un poco de todas las cosas, como no se había percatado al tomarlas, del asombroso parecido entre las pastillas para el corazón y el veneno para ratas. Pero, a pesar que estaba quedándose duro y que la respiración le faltaba, no iba a llorar, no era una mujercita.

 

 fino.  

Junio 2020

martes, 2 de junio de 2020

Mariposas.

                                                        



 

Terminó de tomar su café sentado junto al ventanal del bar, observando la calle, pensando su soledad. Dejó unos billetes sobre la mesa, saludo de lejos la moza, abrió la puerta y salió. Parado en la calle, de espaldas al bar, levantó la vista hacia cielo, respiró profundo y exhaló tanta tensión como aire llevaba acumulado en los pulmones. Miró hacia ambos lados de la vereda eligiendo hacia qué lado comenzaría a caminar. Hacia la izquierda. Camino calle abajo y a unos pocos pasos, junto a la mesa de saldos de una librería, la figura de una muchacha revolviendo libros, atrajo su atención. Al pasar junto a ella, sus ojos se posaron en las manos tatuadas que escarbaban sobre los libros. Todo se detuvo, el día se apagó, un telón negro y gigante cayó sobre ellos envolviéndolos. El no podía sacar la vista de esas manos tatuadas, en solo un segundo descifró el mapa y la historia que vivía en esos dibujos. Eran tallos verdes, delicados, frágiles, un espiral de tallos flotando en diferentes direcciones que nacían en las uñas rojo sangre y se le enredaban entre los dedos, como buscando florecer. En esos dibujos ella mostraba sus secretos, las huellas de su vida. El se paró a su lado y ella, sin girar a mirarlo, sin sobresalto ni sorpresa dijo:

-Te estaba esperando. Sacame de acá.

Se tomaron de la mano y comenzaron a caminar. La luz de la mañana los iluminó, dos desconocidos sin historia común que recordar. El se perdió en un rostro impaciente y bello, en sus ojos claros, en el pelo rojizo y enrulado que le caía sobre los hombros quemados por el sol. En silencio giraron en la primera esquina que cruzaron, sin saber bien el porqué, el presentía que ella debía estar a su lado. Crecía en ambos, a cada paso, el deseo. Encontraron abierta la puerta de un edificio y entraron, fueron escaleras arriba, uno, dos, cinco, nueve pisos, hasta que se enfrentaron a la puerta de la azotea, la atravesaron y caminaron hasta el pretil. Recorrieron como perros enjaulados el área del edificio, sin encontrar más salida que el abismo hacia la calle. Oyeron el estruendo de la puerta al golpearse a sus espaldas, el piso vibró. Sintieron el encierro. Sin soltarse de las manos, se miraron a los ojos.

-Ni vos ni yo podemos seguir escapando. Voy a ceder el control y a descarrilar en tus brazos –dijo ella con una voz que parecía no salir de su boca.

-Si amor, dejemos de vivir en la oscuridad.

Ceder el control, el eco de esas palabras resonó como un disparo, era seguro que nacía otro tiempo, otra forma y otra sangre. Desde lejos llegó una música que ambos conocían, lo tomaron como una señal, como un nuevo mensaje del destino. Vieron como lentamente en cada tallo tatuado, se comenzaba a dibujar un suelo y una raíz. Los tallos ascendían por los brazos y explotaban en rosas rojas sin espinas. Con una simple promesa nacía ante ellos una ruta alternativa. Sin saberlo ni esperarlo, juntos pulsaron el botón preciso y se desnudó la parte inmaterial de un mecanismo misterioso. Pulsaron el botón de lo ausente, de las trabas injustificadas del amor. El pasado se volvió pasado, solo había futuro y eso era más que suficiente.

Se besaron, al tiempo que un remolino de mariposas se posaban sobre las rosas tatuadas. Cambiar es inevitable.


fino. Junio 2020

miércoles, 20 de mayo de 2020

Esta agua, este tiempo.

                                             

                            


Llegaba empapado, una lluvia inesperada y espesa con olor a solvente químico caía a mares sobre el camino por el que Martín regresaba a su guarida. Era una lluvia extraña que entreverada con el sol, caía azotando la ciudad en ruinas. Apenas tuvo fuerzas para entrar a su habitación semivacía donde se protegía de casi todo. Una repisa, un cuadro y una silla pegada al ventanal era todo lo que le quedaba en el mundo. Exhausto se dejo caer sobre la silla mientras que a sus pies comenzaba a formarse un charco. Le escurría agua desde el pelo, corría por su cara, por su camisa, por el pantalón y el olor penetrante del líquido nauseabundo que se metía por sus narinas lo quemaba como el fuego. El cuadro colgado a su frente en la pared tenía pintado un paisaje de montañas con un inmenso lago petrificado y azul. Estaba rodeado de agua. Agua en sus ojos, en su cuerpo y a sus pies. Las paredes descascaradas parecían vivas, eran como la crueldad, como la indiferencia. Martín cansado cerró los ojos y reclino su cabeza hacia atrás. Recordó las caminatas interminables por la playa, cuando el mundo era mundo y sus pies se mojaban en el límite difuso que existe entre el mar y la arena. Por un instante volvió a ser feliz. Revivió el profundo silencio que se sentía bajo el agua, el golpeteo apagado de las olas rompiendo en la superficie, allá arriba. Pensó en abrir los ojos, pero la habitación lo hostigaba de tan cuadrada e inmóvil. Todo se confundía en su mente, el ventanal, la respiración, el cuadro, el lago. Sentado sobre esa silla se deshojaba, se iba escurriendo en cámara lenta. Estaba agotado, inmerso en sus pensamientos. Le dolían los ojos al balancearse inquietos bajo los parpados cerrados. Afuera seguía lloviendo a cantaros y el agua se desprendía de las nubes duras e impenetrables, se desplomaban por su propio peso sobre todo lo que quedaba con vida. Comprendió que el tiempo ya no existía, que el reloj marchaba hacia atrás. Doce, nueve, seis, tres, uno, uno, uno...ya no había tiempo.

El cuadro seguía ahí.

Sobre la silla descansaba un apelmazo de ropa amorfa y empapada que chorreaba viscosidad. En el suelo, un par de zapatos flotaba dentro de un inmenso charco de agua, que presuroso, se escapaba rumbo a la calle por la rendija bajo la puerta.

 

fino.  Mayo 2020

martes, 28 de abril de 2020

Amèn ( en constante mutación)


Mandrax, cirrosis, paranoia, gastritis
ribotril, talasa, clonazepam,
cemento, Velho Barreiro, sida.
Hiel.
Grasa saturada, hepatitis A-B-C
diazepam, vino, cogumelos
artrosis, artritis, ataxia.
Miedo.
Delgotrix, control 20, birra
amnesia, diarrea, cáncer
grappa, tabaco, maconha.
Soledad.
Insomnio, ansiedad, anorexia
rohypnol, oxicodone, cocaína
temblores, locura, misticismo.
Sangre.
Dios,satanàs, Jesús 
los 197,  dictadores
bulimia, tristeza, codicia
 y todos los otros espantos...

fino.

lunes, 27 de abril de 2020

Detrás del telón.


                                                               




Cuando se abrió el telón, la sala repleta quedó en silencio. En medio del escenario, sobre en una silla y bajo una luz cenital blanca, Ricardo Sobral tenía sentado sobre su rodilla derecha a Renzo. Mimetizados, el artista y su muñeco vestían iguales: zapatos negros de charol, frac, moño negro y camisa blanca. Idénticos. Al mirarlos de cerca o desde poca distancia, el público diferenciaba uno de otro solamente por dos líneas negras, paralelas, que bajaban por la comisura de los labios, hacia el mentón de Renzo. Era cautivante ver al ventrílocuo asombrar a los asistentes con su juego de voces, con los movimientos leves y mecánicos de la marioneta, pero sobre todas las cosas, por los gestos y las pausas con las que marcaba el ritmo del espectáculo. Era un show insuperable. A los lados y detrás los artistas, un juego de espejos dejaba ver, a propósito, la mano derecha de Ricardo Sobral que se hundía por un agujero en la espalda Renzo, como si fuera un pozo por el cual brotaba la magia teatral. Desde allí, toda fantasía se transformaba en realidad. Las risas, la desmesura y los aplausos de los concurrentes marcaban el éxito total de la función, que nadaba veloz entre reflexiones y ocurrencias. Se podían ver lágrimas en las mejillas del público y en sus rostros, la felicidad de haber obtenido lo que buscaban cuando decidieron entrar al teatro. Al final del show, llegaron los aplausos, las aclamaciones y los gritos de aprobación durante varios minutos. Los personajes, desde el escenario, saludaban con pequeñas reverencias a intervalos regulares, agradeciendo la euforia generalizada. Sin cambiar su postura erguida, Ricardo Sobral agradecía con voz pausada y potente, al tiempo que su compañero, en un delicado y lento movimiento, bajaba la cabeza hasta dejar fijo el mentón contra el pecho. Era una simbiosis perfecta y en un espectáculo sublime, el ventrílocuo y su muñeco habían atravesado las barreras de la realidad y de la fantasía. Con arte y maestría se lograba ocultar el artificio durante más de dos horas de show. Y quizás, como tantas veces en la vida, la bofetada impiadosa de una mentira, marcaba la cara de todos los asistentes. Verdad y embuste disueltos por la seducción de un ejecutante virtuoso. El telón púrpura se cerró separando al artista del público, que de pie lo despedía con un aplauso estruendoso y duradero. Aún iluminado por el foco en el escenario, Renzo dejó la falda de su muñeco. Se quitó de la espalda la mano inanimada. Dobló por la cintura el cuerpo inerte de Gonzalo Sobral y lo acomodó bajo su brazo izquierdo. Caminó rumbo al camarín, mientras que con un pañuelo húmedo, iba borrando de su cara las marcas negras dibujadas en la comisura de sus labios.
                                        
fino.
 
Del libro: El Gen de la Bestia

martes, 21 de abril de 2020

Otro final para A.

                           



                                                                                                                                                                 Soy un sueño, un espectro, un ángel.                                                                      

                                                                                        (a Luc Besson)

Me niego a cortarme las alas o a esconderlas bajo una gabardina raída. Me niego a dejar las calles pese a tanto dato que va achicando el tiempo necesario para procesar. Me opongo a que todo se termine contaminado con el hedor del ocaso.
Busco desde los techos almas perdidas en cualquier cuerpo que las contenga. Espío desde los pretiles y mis ojos chorrean sangre. Cerca de una esquina, a dos cuadras de las suelas de mis zapatos, veo un cartel despintado sobre una puerta de vaivén a medio caer. Con un aleteo frágil vuelo hasta allí. Llego a la acera de baldosas amarillas y manchadas de herrumbre por las lágrimas de las cortinas metálicas. Falta poco para la caída del sol y adentro, el bar, está atestado de descarriados con sed eterna. Cruzo la puerta sin tocarla ni moverla, entro y mi sombra se proyecta entrecortada en el techo tapizado de hongos añejos y vapores de tabaco. El silencio solo se rompe cuando se apoyan los vasos en las mesas o con el tintinear de hielos girando. Una niebla espesa flota en el aire, tiene olor a sudor, a tristeza y alcohol. Miro entre los extraviados buscando a quien salvarle el día o quizás la vida. Veo a una mujer en un rincón, casi al límite del infierno. Tiene la blusa desprendida hasta el ombligo, el sostén desgarrado y el maquillaje borroneado por llantos viejos. Sus dedos finos están cubiertos de anillos y su mano derecha apoyada sobre la mesa aprieta un vaso de whisky. Avanzo hasta ella. Un destello leve surca sus ojos azules y adivina mi presencia. Con un movimiento elegante toma el paquete de cigarrillos que descansa en la mesa. Saca uno y lo enciende con lentitud exasperante.
-¿Que buscas de mí? –preguntó mientras soltaba una bocanada de humo hacia el techo.
-Nada que te pueda hacer peor –respondí.
Ella soltó una risa ahogada en un sorbo de licor.
-¿Nada que me pueda hacer peor? Claro, eso es seguro. No hay nada peor que estar muerta en vida –dijo con resignación.
Por un instante, apenas por un instante, el ambiente denso y oscuro del bar, se transformó en una zona un poco menos confusa cuando  apoyó el vaso sobre la mesa y dejo ver una sonrisa que retenía rastros de hermosura.
-Vine a purificar tus sueños. Viene a empujarte hacia la salida –dije con voz pausada, para que pudiera retener la esperanza que intentaba transmitirle.
Al oír mis palabras me busco en vano entre la oscuridad que tenía frente a sus ojos. Unas lágrimas lentas y saladas comenzaron a caer desde sus ojos claros, opacos, perdidos. Ella bebió de un sorbo todo el líquido de su vaso. Apagó con rabia el cigarrillo en el cenicero atestado de puchos aplastados. Se llevó las manos temblorosas a la cabeza, intentando comprender si finalmente la locura se había apoderado de ella o si lo que escuchaba era real.
-¿Donde mierda te metiste todos estos años? ¿Ahora que estoy a punto de desbarrancar venís a ofrecerme una mano? Mejor págame otro whisky, puto ángel de mierda -dijo casi gritando.
Unos pocos de los perdidos que bebían en la barra, giraron para mirar desde donde venía ese reclamo urgente y descontrolado. Acerqué mi mano hasta su frente arrugada, llevé algo de calor a su cabeza fría y confusa.
-Llevo mil años acá, maldita bruja. ¡Llevo acá mil años! -repitió apagándose de a poco.
-Amiga, ¿no te parece que es hora de abandonar esta isla? –le dije.
-¿Amiga? ¡No me llames amiga! No tengo amigas y menos que tengan alas enganchadas en la espalda. Sos un fantasma, un diablo creado por la confusión de este whisky barato –gritó.
-Yo también estoy perdida. Salvémonos juntas. Yo tampoco quiero dejar mis alas en un culo de botella. Salvémonos -le dije.
Ella se paró vacilante, trastabilló al intentar dar el primer paso hacia la puerta. Tomó con asco el paquete de cigarrillos y su cartera. Se alisó con movimientos torpes la pollera, la blusa y posó orgullosa sus ojos en mis ojos. Se acercó hacia mi. Con sus manos frías me tocó la cara, acarició mi pelo y lentamente me besó en la boca. Me beso con deseo, con intensidad.
Algunos de los devotos feligreses del bar, miraban con asombro y desconcierto etílico, como la mujer besaba ardientemente un espejo, mientras caían desde el techo, como una llovizna en cámara lenta, miles y miles de blanquísimas plumas.
                                                                                                                                                                                                                 
fino.

jueves, 2 de abril de 2020

Dónde.


                                               
                                                                                                                                                                    197



Dónde estás?
Dónde tu carne se transformó en alimento?
Yo te busco sin verdad
y esperando saber dónde.
Roto por dentro y por fuera
dejamos retazos invisibles
descompuestos en el tiempo.
Dónde la sangre derramada?
y el hálito frágil del suspiro?
¿Dónde los dedos crispados,
tallando paredes o
moldeando el amargo lodo del olvido?
Que calla tu silencio?
Nada duele más que este dolor.
Dónde?
dónde tu música,
dónde la piel deshojada
en minerales humanos?
Ni siquiera espero su verdad, que imagino
que ya sé,
una vez más pregunto
dónde la memoria?
dónde la justicia?
dónde?
¿Dónde?



fino.
 
 
Logo: Madres y familiares de detenidos Desaparecidos.
Por verdad y justicia. Uruguay
Música: Frágil - Sting

martes, 31 de marzo de 2020

Ludwig Van.

   


No podía descansar, tenía tormentas en el alma.Daba vueltas en la cama sin pensar en el cuerpo que sollozaba a su lado. Una lluvia de palabras inconexas, giraban en su mente, al tiempo que daba manotazos esporádicos en la oscuridad del cuarto. La reja del miedo era poderosa y eso lo volvía loco. Fue con la explosión cerca de su oído, que sus pensamientos se desvanecieron. Sólo un salto al vacío podía acomodarle los nervios. Abrió la ventana para respirar, no estaba dispuesto a morir y eso lo tenía claro, saltar no era una alternativa. El cielo estaba gris, la calle mojada. En su cabeza aún retumbaba el sonido del disparo. Fue un casi. Hasta su nariz llegó el olor a pólvora y se sintió limpio. Ella estaba parada a su lado, con el revolver flotándole entre las manos. Quién sabe que locura la arrebató de la espera y decidió reclamarle atención con la desesperada alarma de un tiro. El quedó unos minutos mirándola y recordó lo que era caminar sin sentirse sospechoso, caminar sin sentir paranoia. Paz, sintió un poco de paz. Se levantó de la cama y no le dijo nada, ni siquiera la miró mientras se vestía. Salió a caminar por la noche descargando miradas furtivas sobre todo lo que se movía. Estaba cansado de perder las cosas más simples, las que el dinero no puede comprar o las que pierden valor apenas se pagan. En la cintura cargaba un peso muerto que ya no deseaba cargar. De eso también estaba seguro. Era una caricatura de si mismo, no existía, no sangraba. Vio el cartel luminoso del cine, leyó el título de la película que se proyectaba en continuado, sonrió y se decidió a entrar. El cine estaba casi vacío, eligió el asiento más apartado. Desde la pantalla, Alex , un loco vestido de blanco, cantaba, bailaba y pateaba a un anciano amordazado en el suelo. La continuidad de escenas violentas lo mantuvieron atornillado a la butaca, sin la posibilidad de sacar la vista de la película. Dejó el cine en la escena en la que Alex saborea su venganza en un hospital, cuando mastica con desparpajo la comida que le dan en la boca. Salió con la cabeza gacha. Escuchó gritos. Ella lo estaba señalando y los policías le apuntaban con sus armas, estaba rodeado. Finalmente, su cara quedó contra el piso, las manos en la espalda y el metal helado apretándole las muñecas. Sintió los golpes en las costillas, pero sólo veía sombras moviéndose en la oscuridad. No le quedó tiempo ni fantasía para el ritual de sentirse arrepentido. Y como en la película, la quinta sinfonía de Ludwig Van Beethoven, comenzó a recorrerle el cerebro, a alterarlo, a modificarlo. Sólo deseaba alejarse del dolor. Era una estrella que se apagaba cayendo desde el cielo. Era un flujo imperfecto, una frecuencia sin alma, sin señal.




fino. 

Abril 2020

miércoles, 25 de marzo de 2020

Desapareces.

                                                         




Desapareces.
 Llegás y como un flash
desapareces. 
Fantasma ardiente,
fantasma sin renacer
en este teatro de demonios degradados.
Desapareces 
entre las manos dulces de la más bella.
Patéticas ánimas
vuelven tras tus pasos
        por los jardines sombríos del origen.
Sos un enigma en mi soledad helada
soy puro llanto,
 que no podes oír.
Desapareces en las fronteras olvidadas,
fagocitadas
por cualquier transe suicida.
     Desapareces
en habitaciones subterráneas,
 desiertas, sucias.
Llegás y desapareces
encadenada a líricos desamores,
llegàs y desapareces
 en las copas vacías de mi inocencia gastada.
Desapareces impaciente,
desapareces después del húmedo beso de llegada.
  Quedan mil preguntas sin hacer
y van tras tu cuerpo ajeno a mis manos.
Despareces,
profanando hueso y carne en cámara lenta.
Desapareces, ser alucinado
taciturno,
 ser de ojos vendados
idilio invencible en mi memoria.
Alma y espíritu van
bajo el manto piadoso de tus labios que vienen y se van…
 Desapareces
 y volvés a desaparecer.

fino.

viernes, 20 de marzo de 2020

Dos sillas.

                                                      

     

                       

Dos sillas vacías a la mesa del pasado
y una música cortinado saudades,
          dos vasos servidos
a la salud de tu alegría.
Mientras mis ojos quedan fijos
el sol besa el horizonte.

Ahora te vas
repitiendo a gritos las tardes perdidas,
paso a paso
en las tardes perdidas,
y cuanto duele preguntarse  por qué.

 Ahora te vas
   quizás nunca volverás.
Dos sillas vacías
  frente a otra noche hermosa
 y en un solo de guitarra, el Cuba, detona mi cabeza
          en tanto canto así :
     " Ahora no hay remedio que devuelva el tiempo
             ahora no hay receta ..."
 
fino.
 
Música de fondo: No hay receta - Claudio Taddei.

viernes, 13 de marzo de 2020

Su Perro Andaluz

                                                                  

                                                                   




La navaja estaba apoyada sobre el ojo de Silvana, como una lengua rozando la espina dorsal. Al final fui yo quién percibió el corte que la foto nunca mostró. Lo que veía ante mi era la síntesis de todos los engendros sobrenaturales con los que Silvana había coqueteado tanto. Su ojo y también su cuello pagarían por invocar al innombrable. No era un recuerdo, ni una fantasía, ni una ensoñación, para ella era un ritual de resurrección. En la foto en blanco y negro que sostenía en mis manos, la sangre estaba agazapada escamando el instante previo. Un primer plano del rostro de Silvana y por el lado izquierdo de su cabeza, los dedos de un hombre le separaban los párpados. Índice y pulgar tensionados impidiéndole pestañear. La otra mano del verdugo sostenía la navaja filosa en paralelo a la ceja y frente al ojo lloroso a punto de explotar. Rostro, ojo, navaja y manos rendidos a los pies de un deseo enfermizo y criminal. Ella había leído cientos libros y artículos en los que se hablaba de la conexión entre las fotografías, la  sanación y la muerte, y estaba decidida a brindarse como ofrenda. Yo no quería creerle, pensé que se trataba de desvaríos causados por el sufrimiento, pero la foto en mis manos mostraba lo contrario. El lente había captado una vida a punto de terminar, una huella petrificada, un instante fugaz de soledad. Hacerse mutilar buscando apropiarse de otro cuerpo, de otra vida, era su salto el vacío ante tanta desesperación. Siempre hay algo que perder, había escrito con letra temblorosa en el sobre en que me había llegado la foto. Era su deseo, su declaración final. Había caído en la trampa. Ahora el noticiero matinal comentaba sobre un cuerpo mutilado aparecido en la escollera. Afuera el sol comenzaba a salir y el rocío embellecía los rosales. 

                                                                                                   (gracias Luis Buñuel)
fino.

Marzo 2020.       ilustración: Diego Soria.

viernes, 8 de noviembre de 2019

Un último café.


                                                                      


                          
Lo mire fijo y esperé su respuesta.
- Cumpliremos con todo lo pactado. De eso puede estar segura –dijo sin mirarme a los ojos.
Claro que al darme esa respuesta lo único que logró fue dejarme más intranquila.
- Lo entiendo. pero de todas maneras, necesitaba que me lo confirmaran. Como imaginará se trata de mucho dinero. Fue un gran esfuerzo llegar a dicha suma. Usted nos comprenderá –dije sin alterarme.
- Lógicamente Sra. de Fernández, pero no tiene de que preocuparse. Apenas tengamos novedades nos comunicaremos con usted.
Al despedirnos el vendedor mantenía el mismo tono de voz, la misma métrica en el uso de las palabras y esa exasperante semi-sonrisa dibujada en la boca. Dejé la automotora sin perder el nerviosismo que me había llevado hasta allí. Después de todo, no era un modelo difícil de conseguir, lo que más complicaba el asunto era el color. Pero a Luis, mi esposo, se le había metido en la cabeza que ese azulcito eléctrico sería la diferencia. La estúpida diferencia con los autos fotocopiados de los vecinos de la cuadra. Últimamente me preguntaba, cada vez que me sucedían cosas como esta, ¿Que fue lo que me llevo a vivir con un hombre así? Casi seguro porqué en algún momento todas las locuras coinciden. Pensándolo fríamente, por su carita de ángel y su cuerpo perfecto, o tal vez el modo salvaje con que hacíamos el amor. Si. Eso. Sobre todo eso. Antes no me molestaba cuando me decía cosas a contra mano de mis principios. Pero ahora no soporto esa frivolidad con la que maneja los asuntos que son tan importantes para mi. Hace tiempo todas mis rabietas desaparecían cuando el me besaba, cuando me envolvía entre sus brazos y terminábamos sudorosos y enredados sobre la cama. Ahora el tiempo pasó. Ese fuego entre nosotros sigue encendido, pero cada vez me molestan más las cosas que antes no. Intentando sacarme esos pensamientos de la cabeza, entré en un bar. Lo llame por teléfono para contarle la charla con el vendedor. Palabra por palabra. Coma por coma y punto por punto, como a el le gusta. Le explique que pronto recibiríamos el auto. Pero por su modo de hablarme, adivine que no estaba muy conforme con mi trámite. Luego prosiguió. Que debía haber insistido. Que debería haber exigido. Que el dinero era nuestro. Que se habían comprometido a entregarnos el cero kilómetro en treinta días. Que esto, que aquello. Alejé el teléfono de mi oído. Le pedí al mozo que esperaba frente a mi, un café grande y dos medidas de whisky sin hielo. Odio el alcohol. Desde la mesa, donde había apoyado el teléfono, el murmullo monocorde seguía ululando y llegaba hasta mi cerebro. Apenas percibí una pausa en su monólogo, levante el aparato y le dije que yo pensaba exactamente igual que el. Le pregunté a que hora llegaría a casa esa noche. Respondió, con la seguridad de siempre, que a eso de las diez. Me despedí con un beso y con el “te quiero” más falso que había pronunciado en toda mi vida. Me tragué de un sorbo el whisky y revolviendo maquinalmente el café caí en la cuenta que no le había echado nada de azúcar. Repasando lo que había visto dentro de la heladera en la mañana, pensé en un posible menú. Pero resolví que ya no iba a cocinar. Tenía todo el tiempo el mundo. Elegí tomarme el café antes que se me enfriara para siempre, como el amor.





                                 



fino.
Noviembre 2019.                                 Ilustraciòn: Diego Soria.