jueves, 10 de junio de 2021

Unos vinos. Unos ojos verdes.

 


La vejiga le estaba por explotar, buscó el amparo de un árbol en la oscuridad y se puso a mear. En la avenida semivacía, de madrugada siempre es mejor el amparo de las sombras, para no perder la elegancia ni la libertad. Demoró casi cuatro minutos en descargar el líquido caliente que beberían las raíces y los bichos en las profundas entrañas de la tierra. Su cabeza era un avispero, tenía un pegote de sangre reseca que le tironeaba sobre la ceja izquierda mezclada con el pelo del cerquillo. Otra pelea, otro descanso obligado de nocaut sobre el pasto mojado de rocío, bajo los pinos de la plaza solitaria. 

Los entreveros y los líos saturados de alcohol últimamente estaban terminando siempre igual. Siempre perdiendo, siempre quedando solo y sin un peso en los bolsillos. Caminar en la noche desde Propios e Instrucciones hasta el Buceo se le estaba haciendo una costumbre. Propios derecho, interminable y aburrido. Derecho, mil kilómetros, derecho. Para la próxima vez se juró guardar plata para el boleto de regreso, aunque el vino lo engañara, aunque todos insistieran en poner sus últimos pesos para comprar otra botella. Resopló aburrimiento y desencanto mientras las gotas finales de  orín caían espaciadas sobre el río de líquido hirviendo que, lento, llegaba hasta el cordón de la vereda. Se subió el cierre y en el frío de la madrugada retomó el largo camino de regreso a su casa. Intentaba recordar qué había sucedido esta vez al tiempo que se acomodaba la ropa dentro del pantalón para combatir el aire gélido y cruel. Recordar ¿Para qué? ¿Que importaba?

Había sangrado. Tenía sangre seca en la cara pero nada roto.

Se limpió con un poco de saliva. Podía ser feliz por lo menos un día más. Alguien lo llamó por su apodo y lo sacó del letargo.

-Bato. Bato.

Giró la cabeza, miró hacia atrás y vio dos siluetas acercándose en  la oscuridad. Distinguió a Lucas, un conocido que llegaba con una mujer, tomados de la mano. Le pareció extraño, Lucas no tenía pareja, por lo menos que él supiera.

-Bato. ¿A dónde vas?

-¿Dónde querés que vaya Lucas? A dormir.

-Vení vamos a tomar este vino. No te vayas.

-Bueno, pero dame un trago que me muero de sed.

Se enfrentaron los tres con la botella de por medio extendida por la mano generosa de un salvador. Bebió un largo sorbo del vino tinto cortado con gaseosa. Estaba fresco y espumoso, casi dulce, casi bebible. Después de tomar, Bato devolvió la botella y recién ahí miró a la dama a los ojos.

-Hola ¿Cómo va? –preguntó y acercó su cara a la de ella con la intención de besarla en la mejilla.

-Bien –contestó antes de cruzarse en un beso peligroso que los unió en la punta de los labios.

Un roce. Una migaja de placer. Bato pensó que se trataba de un mal cálculo, pero el brillo en la mirada de la bella lo obligó a desconfiar. Fue un poco de aire tibio en esa puta madrugada.

-Te presento a Karina –dijo Lucas que no se había enterado de nada– vamos a sentarnos en la plaza. Por lo menos achicamos ahí.

Los tres se pusieron en marcha, caminaron dos cuadras tomando de la botella y quejándose del frío.

-¿De dónde vienen? –preguntó Bato hundiendo la cabeza entre los hombros para escudarse de la soledad.

-Del bar de Millán y Raffo. Ahí me encontré con ella que estaba sola, nos pusimos a charlar y a tomar algo. Estuvimos como cuatro horas, yo esperaba a Miguel, pero nunca llegó. Como siempre me dejó clavado. Me tenía que traer una guita. Pero nada. Para variar, Miguelito.

-Y sí. Miguelito.

Llegaron a la plaza y se sentaron bajo el árbol de siempre. Karina prendió un cigarrillo y ofreció la caja. Lucas agarró uno, Bato agradeció y no aceptó alegando que no fumaba.

-¿No fumás? –preguntó ella.

-Cigarros no. Sólo maconha.

- ¿Tenés? –dijo Karina exhalando el humo gris del tabaco.

-Ahora no tengo plata ni para el bondi –confesó Bato resignado.

Ella buscó dentro de un pequeño morral que tenía cruzado sobre la campera y le extendió una bolsita azul.

-Armá uno de acá entonces.

-¡Qué demás! Al menos una buena.

-¿Qué te pasó Bato? –preguntó Lucas al verle la sangre pegoteada sobre la ceja.

-Bien, bien, no me acuerdo –dijo mientras abría la bolsita azul y ponía sobre la palma de su mano un poco del contenido –lo último que sé es que tomábamos una caña brasilera caliente y sin limón. Estábamos con Ruben, Laura, el Nico y un loco que yo no conocía. Esteban se llamaba, o algo así. Desde un principio no me cayó bien, no me daba buena vibra. Aquellos se fueron para el centro, tenían una movida para hacer. Me quedé solo con el loco y la botella por la mitad. Apenas se fueron me habló mal de Ruben y yo me crucé. Creo que lo relajé feo. Me agaché a agarrar la botella del piso y ahí se me apagó la luz.

-¡Qué hijo de puta! ¿De dónde es? ¡Vamos a buscarlo! ¡Vamos!

-Dejá, ya va a caer. Dame otro trago.

-¡Qué hijo de puta! Ese está marcado.

La botella se vació. Lucas preguntó si la cantina de las viviendas estaba abierta. Bato dijo que sí, pero intentó esquivar la caminata.

-Yo no quiero caminar más. Estoy hecho mierda.

-¿Vamos hasta ahí Karina? No prendas eso hasta que lleguemos –dijo Lucas mirando el porro que Bato había terminado de armar.

-Yo tampoco quiero caminar más. Yo aguanto acá –dijo ella.

-Bueno dale ¡No lo prendan eh! –ordenó Lucas y salió caminando con la botella vacía en la mano. Bato y Karina quedaron solos.

El intentó revivir el instante anterior, quería volver a sentir la llama que había visto en la profundidad de los ojos verdes de Karina.

-¿De dónde sos Kari?

-¿No te acordás de mí?

-Qué ¿Nos conocemos? No me acuerdo.

-Yo si me acuerdo. Vos saliste con una amiga. Mariel.

-Si, claro. Pero hace bastante tiempo, y fueron como quince minutos –dijo sonriendo.

-Nos conocimos en su cumpleaños.

-La verdad es que no me acuerdo. Disculpame.

-Si. Esa noche estabas bastante bravito, medio zarpado. Recién habías llegado de Brasil.

-Algo me acuerdo de ese cumple, pero de vos no ¿Y qué haces con Lucas? ¿Desde cuándo sos la novia?

-¿Novia? Ni ahí. Tomamos algo juntos y nada más. Él me dijo de venir a buscar a sus amigos y lo acompañé.

-Pero venían de la mano…

-¿Y eso te hace novio de alguien? ¡Que boludo!

- Si, súper boludo. Sonó como de una abuela ¿no? Ja. Bueno, entonces mirá. ¡Bienvenida! ¡Este es nuestro reino! –dijo Bato extendiendo los brazos en cruz, con las palmas de las manos hacia arriba, levantando la cabeza y mirando al cielo.

-Si, lo sé. Por eso viene. Sabía que te podía encontrar. 

Bato la miró fijo y su corazón volvió a latir. Era una música que llegaba desde las cavernas. Buscó en el fondo de su mochila interior algo que lo conectara con alguna sensación parecida. Siempre era él quien insinuaba, y ahora de la nada, se veía pisando un terreno resbaloso. Ella lo miraba fijo y desde el contorno de sus labios dejaba asomar la punta de su lengua. Y no era perversión, era honestidad y provocaba en él un cortocircuito, un torbellino. Estaba listo.       

Lucas llegó con dos botellas de vino cortado. Se sentó junto a Karina y ofreció con una mano la bebida y con la otra un encendedor. Bato encendió el porro y Karina bebió un pequeño sorbo de la botella. Lucas sonreía frotándose las manos y esperando su turno para fumar.

-¿De qué hablaban che? –preguntó Lucas mirando a la bella.

-Que nos conocíamos –dijo Bato inhalando el humo dulce y espeso.

-¿Si? ¿De dónde?

-Ella es amiga de Mariel, una novia que tuve.

-¿Mariel? No me acuerdo –dijo Lucas agarrando el porro.

-Fue cuando vos estaba en Estados Unidos y yo llegaba de Brasil. Fue en esa época.

-Qué chiquito todo ¿No?

-Si será –dijo ella.

La noche los caminó por encima hablando de boludeces, bajando las botellas, matando fríos y olvidos. Las primeras luces del alba comenzaban a aparecer en medio de las viviendas dormidas. Cada uno a su modo y a su tiempo aterrizaba en la conclusión de que la noche llegaba a su fin. Lo mejor sería irse a dormir. Karina los dejó solos unos minutos, buscó un lugar alejado y oculto donde poder orinar. Lucas, al verla perderse en las sombras de la plaza gastada, preguntó a su amigo que le parecía la chica. Confesó que la conocía poco, pero que intuía que su suerte de amante frágil comenzaba a cambiar. Bato sonrió, dijo que fuera despacio, con calma, que no volviera a caer en la trampa de siempre.

-Lucas, no jodas ¡La conocés hace cuatro horas! Los cuentos de hadas son eso ¡Cuentos! ¡No jodas!

Lucas rompió los susurros con una risa hambrienta y entre carcajadas y veneno terminó de un trago el último resto de vino.

Los dos la vieron salir desde atrás de los arbustos. Karina, un pie tras otro, en cámara lenta, venía caminando con las manos en los bolsillos. Ellos la miraban. Un pie tras otro, ondulando sobre el pasto. Bonita, con sus pantalones ajustados que le marcaban las caderas. Ella flotaba en el aire denso y su pelo ondulado y castaño oscilaba en una cadencia sugestiva abanicándole la espalda. Paso a paso, llegando bajo la luz opaca de los focos gastados. Ella joven y hermosa, dueña de los ojos más lindos que pudiesen existir. Libre y simple, avanzando con la mirada incandescente que Bato volvió a recibir como un fogonazo en la sien. Y en ese destello de lucidez, él se preguntó qué carajo podía buscar una mujer así en un tipo gastado. Él era solo un recuerdo, quizás ella estaba anclada en el pasado o veía un resquicio por donde colarse y rescatarlo antes de que fuese demasiado tarde. A él le costaba creer que alguien pudiera amarlo. Ella llegó, y le pidió a Lucas que la acompañara hasta la avenida para tomar un taxi. 

-¿No querés que te lleve hasta tu casa? –preguntó Lucas.

-No ¡Qué vas a ir hasta allá! Me tomo un taxi en la esquina y llego al toque.

-¿Estás segura?

-Si. No te compliques. Nos vemos Bato –dijo ella al tiempo que acercaba su cara ofreciéndose para un besos de despedida.

Mientras se besaban, otra vez al límite de la tentación, ella le dejaba en la mano un papel arrugado y criminal. Bato lo guardó con disimulo y sintió el fuego del deseo quemándole la mano, las tripas, la carne. 

-Amigo, déjame cincuenta mangos para el boleto –dijo Bato ocultando en esas palabras las ganas infinitas de abrazar a Karina y besarla. Lucas, sin verlos y envuelto en la nebulosa del porro y el alcohol, buscaba en el fondo de sus bolsillos un billete.  

-¿Nos juntamos mañana? –preguntó Lucas al dejarle el dinero.

-Claro. Caigo a eso de las seis. 

-Chau, nos vemos –dijo Karina tirándole un beso a Bato con la punta de los dedos.

Lucas y Karina abandonaron la plaza en busca del taxi. Bato se quedó mirando las botellas vacías tiradas en el piso, con la esperanza de que aún quedase un último trago. Apretó el papelito arrugado que Karina le había dado, lo sacó del bolsillo y lo miró. Era un número de teléfono.

Comenzó a caminar rumbo a la parada del ómnibus, que a esa hora ya estaba por pasar. Miró a Karina y a Lucas que caminaban separados. Se tocó la frente, arriba de la ceja, sintió una puntada y un dolor casi antiguo. Pensó que siempre hay algo que aprender, por más que todo sea lejano y sabido. Mentalmente comenzó a prepararse para otra pelea, para otro descanso obligado por nocaut sobre el pasto mojado de rocío, bajo los pinos de la plaza.

 

fino.                    del libro: Mil Bares

Junio 2021.

 


miércoles, 9 de junio de 2021

Ella es así. (La carta perdida).

 

                                                    

   (Música de fondo : Tu vida Mi vida -Fito Páez)

 

Cuantas veces imaginé verla llegar. Como aquella vez, arrasando sobre el empedrado, comiéndose el mundo. Ella era así, con pelo corto en los lados, largo atrás y con el cerquillo libre flotándole en la frente. Como aquella vez, la camisa hindú roja, ojotas y un short hecho de un vaquero cortado, mostrándome todo su poder. Era libre, poderosa, ingobernable. Hablaba de no parar, de seguir insistiendo por donde las balas picaban cerca, estaba peleada con el mundo. Y mis manos abiertas sobre sus hombros lindos y firmes, apenas podían rozarla. Ella era así. No dejaba que la sostuviera, que le acercara un poco de agua, apenas aceptó mis besos, alguna caricia perdida, fugaz sobre su piel morena y brillante. No me quería cerca. No me quería lejos. Me dejó una dirección falsa y la promesa de encontrarnos en Brasil, me dejo un hueco en el pecho y comiendo de su mano. Me costó olvidar sus besos sedientos y salados bajo el sol que se filtraba entre los árboles de la Prote. Me costó dejarla. Me quería lejos. Cuantas veces imaginé verla llegar. Cuantas veces corrí a buscarla sabiendo que estaba cerca, cuantas veces se escondió al oír mi voz. Me quería cerca. Nunca me contaba a donde se iba cuando se perdía, con quién hablaba, donde dormía. Solo llegaba, me dejaba lamerla, bañarla, cuidarla y beber algunas gotas de su miel. Me quería lejos, y se volvía a escapar. Cuantas veces imaginé verla llegar y no partir. Ella era así, linda. Su cuerpo tallado, perfecto y vibrante, las piernas poderosas, firmes al ritmo de sus pasos. Sus senos duros, perdidos entre mis manos y yo, deseándola más y más. Ella me quería lejos. A veces me dejaba llegar, yo quería más que el insuficiente cuentagotas de su tiempo.

Hoy estoy sentado a la mesa de un bar frente a su casa. Espero verla, sueño despierto que aparezca y me vea. Su cara. Quiero ver su cara, quiero ese instante supremo, ínfimo. Ahí estará la verdad y la respuesta. Juraría que la amo sobre alguna tabla sagrada o dentro de este vaso de cerveza. Pero la puerta de su casa esta cerrada, y las ventanas, y no hay luces vivas mordiendo los resquicios de las cortinas. Vacío, ahí se respira vacío, ahí adentro y acá afuera. Pido otra copa, me clavo a la tabla de salvación de sus ojos lejanos, y a la esperanza de que también me siga amando ¿Y si no? A llorarla a mi cuartito. Siempre fui un imbécil. Me cuesta hablar y mostrar aunque sea un poco las raíces. Es mejor escribir, a ella le gusta leer. Y yo no cambio. Y ella no cambia. Entonces nos tapan las aguas turbias, los peligros desalmados que siempre acechan sobre el amor ¿Está ahí? Creo que algo se mueve ¿Es la cortina? ¿Un reflejo? ¿Mi deseo? Voy a apostarme todo a la esperanza, y si pierdo aguantaré cada uno de mis reproches, pero necesito saber. A fin de cuentas estoy solo. Diez minutos. Esperaré diez minutos y si una señal no se presenta me entrego al olvido. Una señal. Abro una puerta desesperada hacia el intento, hacia el fracaso. Debo estar loco. No es ninguna novedad. Esperar por milagros en lugar de hacer lo que se debe hacer ¿Será el alcohol? ¿Será que mis neuronas se fagocitan la cordura en un baile caníbal y perverso? Ahí, en la ventana ¿Una silueta? ¿Son reflejos o las luces del tráfico haciendo sombras chinas sobre mi necesidad? Apago todas las llaves de mi mente y cuento hasta diez. Uno...dos...tres...cuatro...esta vida no vale tanto. Pero siempre fuimos así. Libres y enjaulados en nosotros, enjaulados en el pasado.

 fino.

Junio 2021.

jueves, 3 de junio de 2021

Ojos dentro de ojos.

                                                               



 

El taxi se movía lento. Cientos de personas por ambos lados de la calle y sobre las aceras, caminaban tan lento o más que ese coche.   Él, desde la ventanilla, abanicaba el tedio mirando los edificios, los colores, vidrieras y carteles luminosos. Un frío gris en cuentagotas comenzaba a parir la noche. Buscó con la mirada algún punto de referencia y le explotó en la cara como una tormenta repentina, una gigantografía. Era la propaganda de un perfume que, congelada en la pared de un edificio comercial, ocupaba su horizonte inmediato a unos cien metros de su cara. Pero no se centró en la belleza de la chica del anuncio, ni en la forma sinuosa del envase ambarino, se vio imantado en la profundidad de los ojos verdes, apenas delineados, de esa mujer. Allá arriba, a lo lejos, esos ojos como dos lunas de jade lo estaban encandilando. El taxi apenas avanzaba, apenas. ¿Que detenía todo más adelante?  ¿Un choque? ¿Un cuerpo sobre el pavimento? ¿Una manifestación? El motivo no importaba, pero el taxi apenas se movía. Pagó, agradeció y se bajó. Parado en la vereda lo envolvió un silencio profundo y total. Volvió a mirar la foto y distinguió una forma dentro de esos ojos, unos dibujos extraños en las pupilas que hacían foco en el iris verdemar. Esos diseños difusos lo atarían hacia el núcleo, no podía mirar otra cosa. Comenzó a caminar por la acera entreverándose con la gente que iba acelerando el paso mientras, otra vez, él apenas avanzaba. Lo pisaban, lo pechaban, lo empujaban corriéndolo de su centro, él mantenía su mirada negra azabache clavada en aquella otra mirada, allá arriba, a noventa metros de distancia. La multitud a contramano lo sacudía hacia adelante y hacia atrás con la velocidad invasiva de los suicidas, era un junco semi anclado al fondo de una laguna. El viento a ras del suelo y aquellos ojos verdes que parecían llorar lo llamaban en secreto. La noche caía sobre la calle, y sobre todas las calles, idénticas, calcadas, y las luces aumentaban su brillo anunciando la oscuridad total del cielo. A pesar de todas las puertas abiertas y de todas las caras iguales, las almas se iban encerrando en si mismas sin que importase el gentío. Se coló por sus oídos y por el silencio que lo envolvía desde antes, un susurro apenas audible, un canto de sirena. Allá arriba, a noventa metros, las imágenes dentro aquel cielo verde iban mutando en círculos y mareas fugaces. Fue creciendo el murmullo y las voces y la avenida redoblaba el tiempo en los pasos vertiginosos de los otros. Un sabor amargo brotó dentro de su boca y se mezcló con la espuma de su saliva, que contuvo y trago sin asco, como tantas otras veces después de las frustraciones y de los fracasos. Sintió que se despegaba del suelo y atravesaba el espacio, devorando la distancia que lo alejaba de aquellas retinas y mientras se consumían las fronteras, el se iba hundiendo en un humor acuoso, en un instante perdido del mundo. Y se vio nadando por canales adversos y por cristalinos inundados de luces verdes fosforescentes. Estaba naciendo, volviendo al océano vítreo y esmeralda de todas las cosas sin nombre, de las preguntas más simples e inocentes de la infancia. Su piel se desmaterializaba en pequeños jirones plateados y lisos al contacto leve con la fricción rugosa del agua. Abajo, las cabezas y los brazos de los cardúmenes apáticos parecían presas, listas para devorar y ser devoradas. Olas apretadas en un fluir presuroso que no calmaban la angustia de toda esa gente y que sostenían obstinadas sus mentes de pez. El dejaba de ser así, se desprendía de las urgencias y de las palabras dichas por decir. Allá abajo, todos en uno, uno dentro de todos, y eran, y fingían ser, y no estaban fingiendo estar. El nadaba calmo, lento, consumiendo horas dentro de un segundo, a solo noventa metros, se iba apagando, iba desapareciendo. Un aroma a primavera lo acercó a la orilla, los ruidos de las frenadas y los bocinazos terminaron de dejarlo parado otra vez en la calle. Pero el sólo deseaba volar, para poder caer y volver a levantarse, necesitaba transformarse. Desde la espalda recibió un empujón enérgico que lo hizo trastabillar, al tiempo que lo envolvían las voces histéricas de la ciudad desenfrenada. Puro llanto, pura artillería visual desde los escaparates y las vidrieras implacables de los cazadores. Bajó la vista hacia el suelo y miró sus pies. Estaba descalzo y parado sobre un charco de agua musgosa. No comprendió quién era, ni de dónde venía, ni hacia donde se dirigía, estaba en el lugar donde las cosas dejan de ser, donde todo es incierto. Sin pensarlo paró un taxi, se subió, y dijo una dirección que salió desde su boca como un tic añejo. Exhaló y se buscó en el retrovisor. Encontró en el espejo el antifaz de su cara y sus ojos verdes, intensos, volvieron a marcarle el rumbo, sintió el placer de creerse salvado, por lo menos hasta mañana.

  fino.

Junio 2021.

jueves, 27 de mayo de 2021

Algún puente.

                                                                    


   

-¿Esta frío no?

-Parece –dijo Carla cortante.

-Y si, pleno invierno, no se puede pedir otra cosa.

-...

-Si al menos lloviera un poco, serviría para algo.

-...

-¿Dieron lluvia para hoy?

-...

-Es un disparate

-...

-Que locura, siento tanto frío.

-... 

-Pero ahora te encontré a vos. Ya no me puedo quejar.

Carla miraba por la ventana hacia afuera del bar sin siquiera asentir con la cabeza. Se mordía los labios para no mandarlo a la mierda. Seguía aguantando giles por unos pesos y talvez algunas cervezas. Seguía aguantando que le masticaran la cabeza y la poca paciencia que le quedaba. Pero ella igual remaba contra la corriente, iba con las piernas al revés y la cabeza  hacia abajo. Cada día le importaban menos las cosas. Cada día menos cosas.

Llegaron hasta el hotel como dos sombras, sudados y borrachos. Carla pidió una habitación sin los cuidados ni la vergüenza de otros tiempos. Tomaron el ascensor y subieron hasta el cuarto piso. Entraron. Ella abrió la ventana para cambiar el aire seco y barato del aerosol con un aroma mentiroso a pinos del bosque. Miró hacia afuera y vio a las palomas que se escondían en los resquicios del puente que cruzaba frente al hotel. Vio sus desechos, sus basuras grisáceas y pegajosas chorreando por las columnas que sostenían la estructura, apagando su antigua belleza, transformándolo en un vencido y sucio puente. Una ciudad divina, un hotel perdido y un puente histórico al que ella, mirándole las entrañas, lo descubría tétrico, espeluznante. Cerró la ventana, prefería la tortura del aire apretado y viciado de la  habitación minúscula. El salió del baño luego de apagar la urgencia con la que había llegado. Apenas sonrío mientras se secaba las manos y tiraba la toalla sobre el pequeño sillón que había debajo de la televisión soldada a la pared. Sin mirar a Carla comenzó a desvestirse con intenciones de subirse a ella lo más rápido posible, no por el mandato de un deseo desenfrenado sino para evitar pagar más de una hora de la tarifa del hotel. Ella al verlo a los ojos decidió que demoraría más. No importaba si diez minutos más, con eso sería suficiente para que pagara el sobre precio.

-Basura. Estúpido- dijo en voz baja.

Ahora fue Carla quién entró al baño y cerró la puerta tras de si. Se subió la minifalda y bajó su tanga blanca con encajes. Sentada en el bidet dejó salir apenas unas gotas de orín pese a todas las cervezas que había bebido. Forzó pequeños cortes epilépticos de los músculos vaginales, pequeñas torturas y deseos retenidos con los cuales estirar al máximo el momento. Desplegó unos tramos del rollo de papel higiénico que había sobre la mesada imitación mármol de la pileta del baño. Se limpió con tedio y lentitud preparándose para la insulsa ceremonia. Sentía asco. Al salir apagó la luz, los sentidos y las terminaciones nerviosas. Se acostó junto a él.

Después de una hora y veinte minutos salieron del hotel. Carla tenía el pelo mojado y fumaba un cigarrillo. El la despidió con un beso en la mejilla e invitándola a un nuevo encuentro para el viernes siguiente en el bar.

-Si claro... –dijo ella dudando y sin poder pronunciar su nombre, lo había olvidado.

Bajó hacia la Rambla por la calle que empezaba a apagarse. Eran cerca de las nueve de la noche. El aire fresco del río, comenzó a secarle el cabello y a despejarla de los últimos vapores del alcohol. Se acercó hasta la puerta abierta de un kiosco que mantenía la reja cerrada, pidió una cerveza fría, una caja de cigarrillos y un encendedor. Pagó con uno de los dos billetes de mil pesos que el cerdo estúpido le había dado. Estaba aburrida. Llegó hasta el murallón de la rambla, se sentó con los pies colgados hacia el mar y se dejó llevar por el brillo de la luna que dibujaba columnas sobre el agua. Estaba aburrida de todo, no quería seguir así. Sacó de uno de los bolsillos de su abrigo un porro. Destapó la cerveza haciendo palanca con el encendedor, dio un sorbo largo y lento de la botella. Fumó y bebió con desesperación hasta terminar todo. En su cabeza y en su cerebro unos neutrones a toda velocidad iban gestando su Nagasaki mental. Carla suspiraba, vomitaba bocanadas de aire caliente y eléctrico. La botella terminó en el agua luego de volar por el aire más de seis metros hacia arriba y quince hacia adelante acompañada por un grito de “¡Basta!” que le salió desde lo más profundo de sus entrañas, y en eso casi dejó su garganta.

Y lloró. Perdida y cansada, lloró. Destrabó los cerrojos de su pasado y dejó salir bañados en lágrimas saladas los fantasmas enjaulados. Sus rencores, los olvidos y su descalabro. Y lloró pensando que hay más pasado y más formas del pasado que el propio pasado. Dejó la cornisa, volvió sobre sus pasos hacia la avenida principal y por segunda vez en el día se quedó mirando el puente.

Ella se parecía a ese puente. Sólida por fuera, rota y vacía por dentro. Libre en su prisión. Era un camino alto del suelo, como un arco iris desolado. Carla iba alejándose de las sombras, quería llegar hacia el otro lado.

 fino.

           

jueves, 20 de mayo de 2021

Apagones.

 

                                                         


                 

 

Nunca fue tan valiente como para mentirse. Sentado en el sofá, con la sala a media luz y de espaldas a la persiana totalmente baja, decidió comenzar a hacerlo.

La puerta de calle permanecía cerrada y dentro de esa habitación sellada, Nicolás bebía vino de una copa atornillada a su mano izquierda. Paseó la mirada sobre sus tesoros que se desparramaban a borbotones desde repisas y paredes. Se acercó hasta una de las paredes, una que sostenía una veintena de cuadros con fotos de sus amigos, de sus momentos imborrables que se habían ganado el derecho a través de los años a ser enmarcados aunque, salvo él, nadie nunca se detenía a mirarlos. Dejó la copa en un estante de la biblioteca que compartía la otra mitad de la pared. Repasó esas fotografías, viajó a su pasado, hacia el origen de su noche.

Le costó aceptar, como siempre, que muchos de los retratados ya formaban parte del ayer. A su lado, y a un volumen exquisito, el equipo de audio le daba un poco de aire fresco al encierro. El eco de sus pulsaciones rebotaba por los cuatro rincones, sacudiendo sus sentidos, la quietud y la tristeza. Esas fotos eran ojos extraviados en la nuca de su vida. Desde la calle se colaban por resquicios y rendijas, ejércitos implacables de radioactivos megabytes, ondas invisibles que por su bien, según decían, intentaban sacarlo de un anclado trance primitivo. En la pared de la izquierda junto al rincón, calatheas, difenbaquias y drácenas rodeaban una lámpara de pie que desparramaba luz sobre una pintura con colores y formas extrañas que amaba con locura. Pero también amaba las vasijas de barro hechas a mano, los recuerdos de sus viajes y otros adornos que llenaban los espacios. Se sentó sobre la alfombra buscando paz y equilibrio. A su derecha lo sostenían vivo otras bibliotecas y un mueble de madera lustrada con puertas de vidrio que casi tocaban el techo donde acumulaba, catalogados por estilo, más de mil discos que mantenía a resguardo de polvo y de intrusos. Discos y libros que ocupaban mucho espacio y desbordaban sus cofres, pero que él se negaba a comprimirlos para guardarlos en un puño. Todo cambio tiene un precio y no estaba dispuesto a pagarlo con el asco de un sonido apagado y frágil. Desde las bibliotecas, los lomos coloridos de cientos de libros le susurraban frases y momentos. Se levantó, eligió uno al azar y al sostenerlo en la mano, se abrió en una página que alguna vez remarcó.

Leyó, decodificó, transpiró, respiró.

Todo lo que poseía en esa habitación lo habían traído a este instante, y todo eso era lo que lo impulsaba. Él era todo eso. Necesitaba ir más lento, necesitaba detenerse a moldear cada hora nueva, cada nuevo minuto. Entre esas cuatro paredes la telaraña del camino le dejaba ver todo lo que había atrapado, todo lo que lo movilizaba y expandía.

Era por su bien y eso también estaba claro.

Volvió a sentarse en la alfombra azul que hacía contraste con el cielo raso blanco. Sobre la mesa ratona, en el centro de la habitación, velas encendidas de diferentes tamaños y colores proyectaban sombras difusas en el techo.

Y el momento llegó. Los sahumerios, otra copa de vino y otro disco y otro libro al azar para apartarlo del mundo hostil, del “ahí afuera”. Este era su lugar en el mundo. Y así, mientras bebía acorazado por la música, siguió mintiéndose, pensando que nada sucedía, que no lo afectaban los neutrones de tarjetas sd, ni el canibalismo post-ansiedad. Se mentía pensando que solo estaba intentando escaparse del inexorable paso del tiempo. A todas luces el dolor lo iba vistiendo de introspección. Sin furia y con tranquilidad descolgó el peso de su cuerpo de la masa de mil quinientos kilowatts, de las fibras milimétricas, de zonas conectadas y de los pulgares lacerantes.

Decidió apagar el celular, para siempre.

 

 

fino.

jueves, 13 de mayo de 2021

VW.


                                             



Estaba sumergida en la oscuridad terrible de no tener la luz de una primera frase. Los codos apoyados en la mesa y con sus manos flacas se sostenía la cabeza. Su mente vagaba en el continente rectangular y silencioso de su habitación. El temor la estaba asolando, el temor y la hoja en blanco. La soledad del lugar se retroalimentaba con la desesperación de sus ojos frente al papel. Virginia se levanto de la silla, abrió de par en par las ventanas que daban al jardín y respiró en la profundidad frugal de los rosales en flor. Aspiró fuegos dulces y naranjas, aspiró rosados pálidos y humedades añejas, la de los pétalos marchitos mezclados sobre el pasto. Todo lo podía sentir, todo lo vivía y a su vez lo iba aniquilaba con bocanadas de un cigarro armado, un tabaco dulzón que sostenía desafiante entre sus dedos. Escuchó tres golpes en la puerta, se acomodó con calma su vestido blanco con puntillas. Giro, sus pies descalzos flotaron sobre la alfombra y volvió a sentarse. Otra vez los golpes, insistió en ignorarlos eligiendo mantenerse dentro de su mundo de cuatro paredes. Algo del amor se escondía entre su nariz afilada y el pelo largo desmelenado que huía de moños y rodetes. Ella era libre. Recorrió sin atajos un camino lleno de fantasmas y de voces oscuras que le murmuraban en los oídos. Se envolvió en su tapado marrón y salió silenciosa por la puerta de su cuarto hacia el jardín de la vieja casona. Sigilosa, escapó de todos entre los árboles buscando el río que la esperaba quieto en su profundidad. Fue juntando piedras que guardo en los bolsillos, fue juntando manojos de flores coloridas para regalarle a los fantasmas, sus fantasmas.

Caminando lentamente, se metió en el río.

 

fino.

 

Marzo 2021.

 

 

viernes, 7 de mayo de 2021

Sin su cuerpo.

 

                                                                        


 

El cuarto olía a flores gastadas de cementerio, olía a silencio. Ella no podía hacerse cargo de todo lo dicho y pensado. Suspiró. La noche la espiaba desde la ventana, desde las patas de la cama, desde arriba del ropero. Desnuda y tiritando deseo se acarició los muslos hasta que sus dedos penetraron en la profundidad de su sexo. Se masturbó en silencio, mordiéndose los labios, sudando espasmos de gemidos ahogados. Llegó al orgasmo asesinando la pasión y los restos del amor que todavía sentía por él. Sobre su cama tibia volvió a recordarlo por milésima vez. Se estiró sobre las sábanas buscando aflojar su cuerpo endurecido por las contracciones del placer. El amor que sentía ya no era tan potente como el pensamiento.Seguramente él estaría bebiendo en alguna cantina oscura y triste, lo conocía demasiado. También sabía que no volvería a verlo nunca más, ella había marcado la distancia y de los jugos que se habían desprendido de su cuerpo, él ya no bebería. Fue hasta el baño y buscó un jabón perfumado, como el que usa él en otra parte del mundo. Deseaba olerlo, quería tener sobre la piel ese mismo aroma, mientras los restos de sudor se iban perdiendo por el desagüe. Era un nuevo día. Con un toallon verde oscuro se secó los restos de humedad y luego se envolvió el cuerpo. No pensaba vestirse. Caminó hasta la cocina y de la heladera sacó una botella con su vino rosado dulce preferido y unas piedras de hielo. El vaso quedó lleno y un cigarrillo encendido se apoderó de la mano que tenía libre. Fumó y bebió de pie junto a la ventana que daba hacia la avenida apenas iluminada por una luna menguante. Sonrío al encontrar la coincidencia con su estado de ánimo. Aun así estaba en paz. El orgasmo había exorcizado por unos minutos sus demonios tempranos, había aplacado sus recuerdos y la falta de piel verdadera. Solo debía prepararse para el contraataque que, con certeza, llegaría antes del amanecer. Volvió a llenar el vaso con vino y puso una canción de amor, “Nao é fácil” inundó la sala. Era la música más adecuada. Un pequeño escalofrío le recorrió la espina dorsal y se disipó al llegar a la cintura, se ahondó en sus glúteos. Su deseo por él, lentamente volvía a apoderase de ella. Nunca un abandono la había excitado tanto, quizás la angustia y la incertidumbre eran necesarias para romper las cadenas que la separaban de la libertad. Libertad bastardeada en los brazos de otro amor. El toallon fue cayendo lentamente desprendiéndose de su cuerpo, mientras bailaba al ritmo de la música. Los pezones duros y oscuros de sus pechos firmes se balanceaban sedientos. Hermosa y bella, eternamente contenida en su piel morena flotaba sobre sus piernas torneadas. El pelo mojado caía sobre sus hombros tibios. La luz tenue de las velas dibujaba su silueta en la pared y el humo del cigarrillo disfumaba los contornos haciéndola volar en los aires del recuerdo.

Él, perdido en la distancia, también pensaba en ella.

 

fino.

Música: Saints are down - The Cult.

Mayo 2021