viernes, 21 de agosto de 2020

¿Estás despierto?


Daba vueltas en la cama intentando conciliar el sueño. Solo. Entreverado en la nebulosa de una duermevela maldita, sentí crujir la puerta del cuarto al abrirse y el sonido seco al cerrarse después. Percibí que se ahuecaba el lado vacío de mi cama. Su boca se acercó a mi oído y desde allí nació un susurro, ella me preguntó:

- ¿Estás despierto? Gabriel, ¿Estás despierto?

Me atrapó su perfume gastado por la madrugada y el aroma familiar de humo y alcohol.

-Gaby, me siento mal -llegó a decir antes de dejarse caer de espaldas y apoyar la cabeza en la almohada. Ya totalmente despierto, anudado entre las sábanas revueltas y ropa a medio sacar, la luz me llegaba bloqueada, difusa desde las rendijas de la persiana. Buscando a tientas una referencia, la toqué, percibí el movimiento de su cuerpo que lentamente se volvía hacia a mi. Lo noté al sentir su aliento a pocos centímetros de mis ojos.

-Por suerte te despertaste -la escuché decir- ¿No tenés idea de lo que hice, verdad?

-No –respondí mintiendo al notar un poco de tristeza en su voz cascada por las pastillas y el alcohol.

-Pues es mejor así.

Su perfume abrumador y dulce invadió mis pulmones cuando respiré sobre la huella de su cuello que me atacaba, aplastándome. Sentí un ligero temblor sobre mi pierna cuando ella apoyo sus rodillas que ardían bajo el fuego del sudor. Estaba totalmente desnuda. Sus manos no me tocaron y comprendí que las tenía apretadas entre los muslos, el eco de su cuerpo dejaba escapar el deseo contenido tras en un violento espasmo.

-No te muevas por favor -me rogó con voz temblorosa.

Mis sentidos comenzaron a bucear en las aguas de mi propio deseo, imaginando los movimientos acelerados y frágiles de sus dedos dentro de su propio cuerpo.

-No te muevas -repitió y apagó su voz con la almohada. Luego de unos segundos, sus manos buscaron mi boca, mojaron mis labios y mi nariz llevando mi mente a lugares plenamente conocidos. Busque besarla y sus manos detuvieron mi cara impidiéndome el más mínimo movimiento.

-No Gaby, no te muevas -volvió a implorar.

No sé si comprendiendo mi deseo o satisfaciendo el suyo, acarició mi pecho lentamente buscando bajo mi remera. Recorrió mi vientre dejando una estela de escalofríos, mientras metía un dedo aún húmedo en mi boca. Ya no me importaba saber su destino o el mío, ni su cara o en qué lugar nos encontrábamos, el deseo bloqueaba toda intriga, todo engaño, yo solo quería, solo necesitaba tocarla, recorrerla, besarla y sentir el calor de sus entrañas en mi. Desprendió paciente mi pantalón, rozando levemente mi entrepierna provocándome un temblor y una erección incontenible. La escuche toser, estremecerse y contraerse.  

-Gaby, báñame, me siento mal -me pidió.

Le levanté y entre tumbos y gruñidos la llevé hacia el baño. Mientras la sostenía aferrada de la cadera, coloque un banco bajo la ducha, la ayudé a sentarse y casi en simultaneo apoyo la espalda contra la pared. Abrí la canilla de agua fría y lentamente la de agua caliente, logrando la tibieza justa que su cuerpo reclamaba. Tomé su cara con mis manos ayudando a que la llovizna refrescante cayera por su frente y le diera el respiro que tanto necesitaba.

-No prendas la luz, por favor -dijo.

En penumbras, deslicé la esponja totalmente mojada y llena de espuma, por su cuello, por sus brazos y pies. El agua caía casi en cámara lenta por su pelo, dibujaba vetas blancas de jabón y espuma que quedaban atrapadas en los vellos de su pubis. Ella, envuelta en hipnóticos espasmos abría con lentos movimientos sus piernas.

-Gaby lavame por dentro. Dejame sentir tus dedos dentro de mi -balbuceó.

Acaricié sus pechos firmes, sus pezones oscuros erguidos, recorrí al detalle su cuerpo duro, hermoso, su piel lisa, tersa y morena. Sus ojos cerrados, la boca entreabierta y sedienta, pedía por mis besos, por mi lengua, por el placer que nos debíamos. Deslicé mis dedos sobre su pelvis y lentamente comencé separar los labios de su vagina, que estaban resecos, apretados. El agua tibia comenzó a humedecerlos, y fui más profundo con un dedo invadiendo con lascivia su tesoro y el mío.

-Así amor, así -imploró con deseo.

Sus gemidos y sollozos de placer invadieron como un trueno el silencio del baño, sacudía la cabeza de un lado a otro sin separarla de la pared, sus movimientos y los míos se aceleraban de forma frenética mientras ella con voz entrecortada me pedía:

-Haceme tuya ahora Gaby, cogeme, cogeme por favor.

Pero ella se retorcía apretando mi mano con sus muslos, atrapaba mis dedos en su profundidad exquisita, no me dejaba salir, no me dejaba mover, como siempre. El gemido final llegó desde sus entrañas y estalló en su boca, el alud de un orgasmo implacable murió entre mis dedos y se disolvió en el agua tibia que caía desde la ducha. Abrió los ojos, pude distinguir el destello de su mirada traviesa y satisfecha, implorando por un beso tierno y duradero. La besé con calma, con amor, con deseo, sequé la humedad de su cuerpo, de su pelo y la llevé hasta la cama. La tapé con las sabanas rojas que tanto amaba. Encendí un cigarrillo, salí del cuarto, gané la calle. Exhalé la tensión de mi propio deseo, calcé las manos en los bolsillos mientras apagaba el pucho con un pie haciendo pequeños círculos contra el suelo. Apagué también mi amor propio, dispuesto a perdonarla, mientras buscaba un bar donde saturarme yo también, de humo, alcohol y olvido.

fino.

lunes, 10 de agosto de 2020

Rayos catódicos.

 

Antes de escuchar la propuesta Daniel ya tenía definida su respuesta, ya estaba decidido. Escuchó con atención los planteos monótonos en la sala de reuniones donde abundaban los rostros adustos y un enojo generalizado. Y sucedió lo que todos ya sabían, lo que todos esperaban que sucediera. Daniel se puso de pié y comenzó lo que se intuía, un largo monólogo, un exorcismo.

-Estoy cansado. Ya lo he dicho y lo repito acá frente a todos, debemos cambiar. Hablamos durante toda la semana de violencia y de dolor. Damos cátedra de moral, señalando, acusando, discutiendo. Violamos las formas y los contenidos, fomentando la ira. ¿Esa es nuestra estrategia? Hablamos cada día y todas las semanas de asuntos que en su mayoría desconocemos, pero que insistimos en machacar –dijo serio y decidido -Mostramos toda nuestra mezquindad editorializando, vertiendo litros de sangre cuajada para saciar nuestra profunda sed de facturar ¿Y la honestidad? La perdemos con panelistas sordos en mesas de parloteo cruzado e incesante. Después nos quejamos de caer en saco roto, graznando que ya lo habíamos advertido ¿Y la honra a nuestros diplomas? ¿Y el análisis profundo? Vendemos los que nos compran, lo que se vende, en un histérico salto al vacío -decía aumentando el volumen y buscando entre los rostros, miradas cómplices –.  Es ahí que duerme la Bestia violenta, la sádica, la paranoica. La que genera desamor y locura.

 Dejándose caer en su silla y con lágrimas en los ojos, corrió la taza de café que tenía a su frente, para poder extender sus brazos sobre la mesa y dejar las palmas hacia arriba apuntando hacia el techo de la moderna oficina. Luego dijo en tono lento, pesado:

-Nuestra miseria tiene el revólver cargado y la espada desenvainada. Llenamos sus platos vacíos con la falsa promesa del entretenimiento. Lo que sale de nuestras bocas es mierda, una mezcla inmunda de sangre coagulada y consumo descarado. Es pura mierda.  

Los jefes de Daniel, lo miraron sin emitir juicios ni reproches, lo dejaron respirar y pacientes esperaron que levantara la vista. Cuando cruzaron miradas, luego de varios minutos de silencio, extendieron frente a él, un papel, un nuevo contrato donde resaltaba al final del texto una cifra con cinco o seis ceros. La risa de Daniel retumbó en las paredes del lugar por algunos minutos, hasta que se cortó como con un golpe certero de guillotina afilada. Daniel los miró con rencor, con odio, adivinando que su discurso urgente y furioso de poco había servido. Estampo su firma en la línea punteada, dejó la sala con un portazo atronador que hizo temblar los cimientos más profundos del canal de televisión. Portazo que seguía resonando mientras entraba a la sala de maquillaje. Faltaba poco para volver a salir al aire.

 

fino.

 Agosto 2020.

 Del libro: El Gen de la Bestia

 

jueves, 23 de julio de 2020

El azul de los tres.

Ellos van borrando sus penas anestesiándose con alcohol azul. Cansados de no encontrar, de recostarse en paredes ásperas sobre colchones destruidos y mugrientos, esta noche dormirán en el portal de una casa abandonada. Ramón armó un cigarro aguantando el viento cruzado con su cuerpo gastado, le pasó el paquete de tabaco y las hojillas a Julián, mientras su sudor agrio traspasa sus ropas y queda impreso en los cartones que sirven como protección contra el rocío. La noche es cada vez más cruda, dentro de una nueva noche cruda y no alcanza con sumar capas de ropa para detener el frío agónico. Las barbas desprolijas, grasosas resaltan sus narices deformes y violetas de tanto invierno y escabio. Marginales de bocas ávidas y salvajes, bocas con las que devoran la bandeja insuficiente de la caridad. El aire está asesino y los mezcla en su dolor, los obliga a seguir bebiendo, pues la ciudad demanda y el viento que sopla desde la calle solo les sirve para aguantar la luna por allá arriba. Los tres están perdidos y curiosos entre los azules de la tiniebla. Ya no es necesario para ellos renacer bajo un puente o anclarse en cualquier casa abandonada, los guía ese reflejo extraño que tienen en sus ojos más grandes que el mundo. Resucitan, cada día resucitan.

-Ayer en el refugió, murió la Susana –comentó Walter.

-Que mierda, che –dijo Julián y bebió un trago del veneno azul.

Le paso la botella y la palabra a Ramón, que afligido les contó:

-¿Se creen que no me enteré? No pensé en otra cosa durante todo el día. Ella no quería esconder más los problemas bajo la alfombra. Ayer cuando nos despedimos, en la casona, me dijo que ya no le quedaba ni odio, y yo ahí ya me la vi venir, se los juro.

Mientras Ramón fuma, busca deseos donde no los tiene y las últimas palabras de la Susana siguen tronando en su cabeza revuelta.

Los tres piensan, recuerdan y las brasas encendidas de los tabacos apenas iluminan un poco la boca del lobo. La voz de Walter rompió la comodidad del silencio y resonó en la ronda que ya no tiene perros, ni bolsas con basura.

-Yo tampoco creo que pueda soportarlo mucho más. Nací para vivir, no para estar dormido. 

 ¡Hoy es mi día Ramón!,  te pido que cumplas con nuestro juramento –ordenó.

-No jodas Walter, vas a ver que mañana el sol va a salir. Siempre sale, también para nosotros –le contesto Ramón.

Al oír esas palabras el rostro de Julián se transformó, adquirió otros rasgos, sus ojos se fueron llenando de fantasmas y de miedos. La conversación de sus compañeros encendió una alarma. Se venía la noche, la otra noche, la que no tiene amanecer. Nunca pueden dormirse hasta bien entrada la mañana pero esta vez menos que nunca, están sentados sobre el lomo de un puercoespín. Los dedos congelados son arañas tejiendo con el hilo de la muerte, pero no hay locura, ni reproches hijos del alcohol, todo esta en su sitio y en perfecto control. Walter, con ojos llorosos levantó la cara al cielo, sacó desde lo más profundo de sus entrañas un aullido aterrador, el aullido de la tos, de las resacas, de los dolores constantes en el alma, en el hígado y en la sien. Algo se cocina en los confines de su pensamiento. Pensar, hablar, hablar pensando. Aullaban los tres, cada uno a su manera y hermanados sobre las ruinas de la felicidad van ahogándose en el culo de la botella. Apenas Walter quedó dormido, Ramón se acercó a su cuerpo inerte. Le apretó la nariz haciendo una pinza con el pulgar y el índice, con la otra mano le tapó la boca semi-abierta y le apagó la respiración en cuestión de segundos. Besó su frente dándole un sacramento mudo y después lo tapó para protegerlo del frío que nunca más volvería a sentir. Julián y Ramón atravesaron el pequeño jardín, el portón, salieron a la vereda, caminaron por la ciudad atestada de marginales, marginales con mil formas diferentes que van intentando sobrevivir al pan nuestro de cada día. La mente de Ramón fue aserrando el tejido muerto del impulso, ese impulso que no se descompone ni se pudre y se quedó dando vueltas sobre ese instante de violencia pura con la que cumplió aquella vieja promesa. Fijó su mirada en los ojos de Julián y le hizo comprender, sin hablar, que sentir el sabor de su propia muerte sería cuestión de tiempo. De muy poco tiempo. Porque ellos, más que nadie, tienen bien en claro que los pactos y las promesas son para cumplirse.

 

fino.

Julio 2020.                     Del libro: El Gen de la Bestia.

viernes, 17 de julio de 2020

Ahí.

                      



Se que estás ahí

en la sombra

en alguna red,

somos como hambrientos rechazando pan

sin poder huir de los sueños.

Junio comprime el aire

tanto mar, tanta lluvia

sobre el mismo callejón, sobre este río marrón.

Veo tus ojos en otros ojos

       (mintiéndole en portugués)

veo mis ojos en un bebe

veo mis ojos en ojos rojos.

Julio comprime el cielo

y lentamente nos lleva hacia Abril,

su cara feliz

tu alma feliz va silbando al viento nuestra canción

mientras cambias mis besos perdidos

por caricias, tiempo, nubes y nieve

en los brazos del olvido.

Agosto comprime mi alma

mientras amanece en estas calles que no pisas

y cae

y se marchita esta tonta sonrisa

mirado fotos que no son mías,

pero sangre es sangre

y me vas olvidando

cuando no me necesitas.

 

fino.

martes, 14 de julio de 2020

El taller.

Apesar de la luz, era un lugar oscuro. Estaban encerrados, comiéndose el hígado en un ejercicio tenue de hallazgos y supervivencia. Eran once sentados a la mesa con hojas en las manos, preparados. Mujeres y hombres aficionados a la escritura, cargando sobre sus espaldas el peso de sus letras muertas, desbordados por las luces que llovían desde le techo. Se debatían como soldados entreverados en secretas y pequeñas batallas semanales, donde nacían o morían algunas frases coloridas. En el aire sobrevolaban sudores de envidia y narcisismo. Ellos desparramaban durante dos horas sus diferentes estilos de plagio, plagios insípidos y plagios brillantes en el mejor de los casos. La mayoría de lo que se escuchaba y leía, eran composiciones aburridas, redacciones escolares, largos discursos y maneras retóricas de disfrazar lo que realmente se quería decir. Había entre ellos solo dos o tres que realmente escribían bien, muy bien, pero en la práctica pura y dura de la creación, abundaba la fritura en aceite de bacalao. Después de cada lectura, como el cigarrillo posterior al sexo, se regodeaban con la disección del cadáver, desde un olimpo decadente y en voz alta, iban por la apetitosa yugular. El creador de turno cerraba los ojos, esperaba sumiso y en silencio, que destriparan su bella criatura. Siempre era igual, algún “me gusta”, por acá, algún “me gusta... pero”, por allá. Siempre con caras de asco interpretaban significados, mensajes, y regalaban algún aplauso flaco o simplemente el paredón. Risas tibias con el más profundo sentido crítico y con total ausencia de piedad. No sentían, no intentaban. Un puñado de aficionados sacándole punta al lápiz interminable del cosmos. Más que un curso de aprendizaje, era un flagelante ejercicio de crítica literaria, al tiempo que procuraban el aire que le faltaba a sus creaciones cuando se enfrentaban a la hoja en blanco. Tenían todo para ganar, pero amaban ese juego perverso.

Hasta allí llegó Analía, al taller, con sus cuadernos mojados y con las perlas desenterradas de su vida. Buscaba como seguir abriéndose paso en la selva de la inmadurez, venía con su dolor a cuestas y el corazón en reparación. Su sonrisa leve desató otras sonrisas en dos o tres personas que querían entenderla. El resto se asustó. Sin disimulo, ni pudor mostraban rechazo y desprecio.

¿Quién se cree que es? No bebe refresco, ni come los alfajores que repartimos, y para peor, escribe esas porquerías que oscurecen hasta el día.

En los primeros meses, Analía, no entendió el mecanismo de esos engranajes oxidados que chirriaban con el mismo ruido obsceno desde hacía más de seis años. En ese grupo cerrado era difícil entrar, todos estaban a gusto con lo que hacían y como lo hacían. Era una orgía oscura que no se detenía con la llegada de extraños. Ella escribía bien, quería aprender y no comprendía como seres sensibles y aficionados a las artes, manejaban códigos de freno y aniquilación de cualquier esperanza. Ella era dulce, sincera y alentaba con cortesía los textos que leían, buscaba ser aceptada sin desmerecer. Volcaba su energía en apoyar cada vez que las puertas se abrían, pero chocaba siempre con el eco apagado de esas cabezas vacías. Pero no todos reaccionan igual al desamparo. Analía llegó una tarde con la sonrisa desdibujada, ofreció su trabajo en una lectura vibrante, dejo su piel y su sangre en un texto que la mostró totalmente desnuda, transparente. Nada sucedió. Es decir, nada nuevo sucedió. Al pasear su mirada por los rostros inmutables y aburridos, una lágrima solitaria de fuego y sal marcó su mejilla en el lento camino hacia la boca. Sin decir otra palabra que “gracias”, se levantó de su silla, recogió sus papeles y se marchó para siempre. Dejó sobre la mesa los refrescos, el paquete con masas y sándwiches que había traído para el festejo que se estilaba. Era su cumpleaños. Se marcho sin avisar que todo estaba envenenado. Como las almas de esos futuros muertos.

 

fino.

Julio 2020.

viernes, 10 de julio de 2020

Traición de ajedrez

 


Era un golpe duro. Las promesas pasaron a formar parte de un mal viaje. Cada cuenta en su collar y ese fue el modo. Hablar, hablamos poco, hablamos lento.

-Nunca dije que la amaba, sucedió, simplemente sucedió –me dijo.

-Yo creo que no sos sincero –respondí.

-Está bien, tenés razón. Pero no fue un juego –afirmó el traidor y al decirlo bajó la cabeza.

Cada palabra era como fuego, entre nosotros dos estaba la mesa y el miedo. El disco giraba en su enredo, un espiral sonoro, surco a surco y a un volumen criminal. Cohen, sonaba Cohen. Él estiró los brazos hacia adelante, trenzó los dedos y los hizo sonar, yo llené mi copa en un ritual sombrío. Los lentes negros no eran suficientes para ocultar los rayos crudos de la confesión. Él, el traidor, siguió con su discurso:

- Si, yo la amo y ese es mi problema, al fin de cuentas el error es de los dos, si es que fue un  error.

- Si hablás así, sos un cobarde. Sembrar en ella la duda no es de caballero, ni te va a dar mi perdón. Hipócrita, caíste en la trampa en la que juramos no caer. No nosotros dos – respondí.

- Quizás, lo tendría que pensar.

- Cobarde. Lo que decís es propio de un cobarde sin huevos.

El traidor, arrastró los lentes negros hacia la punta de su nariz, me miró taladrándome el cerebro, el deseaba taladrarlo. Muchas veces una mirada hace heridas de las que cuesta sanar. Estábamos frente a frente, con los codos apoyados en la mesa y el mantel hacía las veces de paño y aguantaba los misiles de la mejor forma en que los podía aguantar. El aire se hacía cada vez más denso, pesado, estaba a punto de crujir y descascararse.

-Mejor sería preguntarle a ella, al fin de cuentas esa es la razón de que estemos así –me dijo.

-Por primera vez tenés la razón -respondí.

Ella apareció. La Reina. Fue un rayo de sol lacerante. Era el dolor compartido de jugar ese extraño ajedrez y dijo:

-Los escuchaba desde la otra habitación, no creo necesario que sigan hablando. No soy ningún trofeo, ni tengo el encanto de cualquier tesoro prometido.

Con esas palabras tapó lo huecos de nuestro silencio. Después exhaló, cerro los ojos, apretó los parpados y envolvió la tarde entera con ese simple gesto.    

 -¿Te sirvo otra copa? –me preguntó el traidor.

-No, creo que ya fue suficiente –respondí.

-Quien diría que alguna vez, nosotros, estaríamos hablando de esto –me dijo casi susurrando.

-Yo no hablo, pienso en voz alta –dije.

-Claro, pasa que yo ya no existo en tu horizonte. ¿Acaso no recordás las veces que te dije que te quiero o las otras mil veces que te lo repetí? -dijo el traidor tensando al máximo el momento.

-Lo sé y por eso es que todo termina acá –lo acribillé.

-Si vos lo decís, esta bien.

-Si, esta bien. Pero sos vos quien se queda con ella.

-No fui yo quien decidió que las cosas fueran así –se disculpó.

Ella miraba, solamente nos miraba en silencio. La bestia de la traición nos comió, encendida e implacable nos devoró, cuando pensamos que nunca nos tocaría, pero apareció y el sabor a veneno entre esas cuatro paredes fue difícil de tragar. Por la punta de la mesa se nos caía el destino.

-Me vuelvo a Montevideo -dije.

-Yo me quedo, va a ser lo mejor –habló el traidor.

La miramos a los ojos, pusimos todo el orgullo, todo nuestro amor en las cuadriculas del tablero. Quedamos frente a sus ojos como un trozo de hielo al sol. Ella nos miró sobre el paño en blanco y negro. Abrió la boca, comenzó a articular la voz, soltó las primeras letras de una frase. Ella nos dijo:

-Jaque Mate.

 

fino.

Julio 2020.                     
Del libro: El Gen de la Bestia.

miércoles, 1 de julio de 2020

Otros pasos.

 



-Volviste a perder la oportunidad de llevarme a la cama.

Las palabras de Ana rebotaron en el living de la casa semivacía. Marcos miraba por la ventana hacia el jardín que también destilaba soledad. Sabían que algunas cosas nunca cambiarían en la vida de los dos; esta era una de ellas, los desencuentros. Ella necesitaba sacarlo del letargo en el que estaba hundido. Deseaba hacerlo reaccionar. Él sudaba una resaca interminable que lo venía cascoteando impiadosa como a un pecador. En el espejo, que cubría parte de la pared, una silueta dibujada con lápiz labial simulaba otra presencia, y el contorno rojo de un corazón hueco era parte de la ausencia.

-Si todo se solucionara con hacer el amor, la casa no estaría vacía –susurro Marcos al tiempo que exhalaba el humo espeso de un cigarro.

-Tendríamos que intentarlo todo, si es que queremos salir de esta.

-No creo que sea tan fácil Ana.

Marcos despegó su espalda de la pared, se acercó más al ventanal y en un rapto de impotencia pateo el lápiz labial tirado en el piso rompiéndolo contra la pared. Ella suspiró mientas digería el zumbido de la última frase. Ana se fue acercando hacia él, y en cada paso dejaba marcadas las huellas de sus pies descalzos sobre una capa fina de polvo. La ausencia y el olvido también habían dejado marcas en la casa que alguna vez fue blanca.

-Entonces ¿que va a pasar? –preguntó ella intentando encontrar, más allá de la ventana, el punto en que Marcos tenía perdida la mirada.

-No lo sé. Pero es claro que tenemos que dar el salto.

-¿Estás seguro? ¿Eso querés?

-Creo que es lo mejor. No nos queda casi nada.

-Dejas pasar otra oportunidad. Queda en vos, pensalo.

Ana, recogió sus sandalias y mientras caminaba sobre el piso de madera, seguía dejando huellas, rutas y señales. Él lo pensó. No la vio  partir. Se acostó en el suelo y abrió los brazos en cruz  mirando el techo, quedó inmóvil hasta que la luz que entraba desde calle se apagó. Afuera el silencio era insoportable, adentro costaba respirar y Marcos ya no controlaba sus pulsiones. Se levantó para irse y vio el lápiz labial partido. Lo recogió y llevado por el instinto, escribió en el espejo junto a la silueta:

 “No creas que esperar puede solucionar algo.

Mi pobre paciencia murió, sentí el impacto

y la velocidad de la caída.

Si no hay, pocas cosas tienen sentido.

Llorar y llorar para después, si sobra tiempo, reír."

Dejó que la puerta que se cerrará a su espalda. Escuchó el golpe. Una  corriente de aire se metió a la casa vacía y borró de un soplo las huellas que los pies de Ana habían dibujado sobre el piso.


fino.

Julio 2020.

jueves, 25 de junio de 2020

Las Manos.

                                                             

Fue una picardía que terminó transformándose en tragedia. Todo el dolor de esa gente angustiada y empantanada en el río lo reflejaba. Eso lo asustaba, lo atemorizaba de verdad, tanto como su padre. Desde la cima del árbol en el que estaba oculto podía verlos a todos, incluso al viejo. Lo vio girar la cabeza, mirar hacia el monte con las manos hundidas en los bolsillos, con el pucho que nunca salía de esa boca pastosa; lo vio cuando, echando humo, comenzó a caminar hacia el, como intuyendo donde se escondía. Martín besó la rama, clavó la frente y las uñas de los dedos en la corteza húmeda del árbol, y susurrando muy bajito empezó a implorar que su padre no lo descubriera, que esas manos huesudas no salieran nunca de los bolsillos. Sabía de lo que era capaz. 

Todo comenzó cuando Martín llegó hasta el muelle con una antorcha encendida. Un palo envuelto en trapos empapados en kerosén, buscaba uno de esos pescados gigantes que a veces los pescadores dejan ocultos en el fondo de los botes, para levantarlos más tarde, cuando el carro cargado hasta el tope se lleva toda la pesca al precio de la miseria. Los trabajadores cansados esconden alguna pieza para llevarse al rancho cuando el río vuelve lento a la soledad. Engañan el desconsuelo del abuso con algún dorado gordo que, sin fiesta ni alegría, va a parar a la parrilla adobado con litros de vino agrio y barato. Un buen día de trabajo. Martín, con el fuego en las manos, se metió a revisar entre los botes, después que todos subieron la ladera para guardar las redes en los galpones. Mientras revolvía buscando un pescado, tropezó con esa boya de porquería y rodó por la chalana. Los trapos con kerosén volaron por el aire escupiendo llamas vivas que llovieron, como gotas de fuego, sobre los tres botes amarrados. Ahí fue cuando todo se descontroló. El nailon, los bidones de plástico con restos de nafta y las maderas arrugadas por el sol, terminaron haciendo el resto. Bajo la luz de la luna ardían las tres chalanas, el tesoro escaso de los pobres, tan pobres como él. Entonces se tiró al agua y nadó río abajo más de doscientos metros. Tuvo suerte, nadie lo vio. Se acercó a la orilla donde el río se pegaba con el monte y subió por la pendiente hasta lo más profundo de la noche. Trepado al árbol más alto se puso a mirar cómo llegaban corriendo a grito pelado los pescadores, los niños y las mujeres, intentando evitar lo inevitable. Se puso a llorar.        Martín no tenía consuelo mientras veía acercándose la braza minúscula del pucho, apareciendo y desapareciendo intermitente entre árboles y matorrales. No tenía salida ni esperanza. Pero él les iba a decir a todos, cuando pudiera tranquilizarse y hablar, les iba a contar. Podía ayudarlos a pescar cuando arreglaran los botes quemados. Él los iba a ayudar, sin cobrar ni un mísero bagre descarnado. Pero ahora no. Ahora tenía miedo de lo que iba a pasar. Como cuando faltó a la escuela para quedarse jugando en el camino, en el pasto bajo el sol tibiecito con las lombrices que amontonaba en el frasco. Como cuando con el Ignacio chico le robaron los huevos de la bataraza a Doña Chola. O sin ir más lejos, cuando lo encontraron pitando un armado de chala atrás del galpón del Medina. Pero esto iba a ser peor, lo sabía. Esto iba a ser igualito a cuando se paró adelante de su madre para que el viejo, mamao, no le cruzara la cara con el cinto y después siguiera y siguiera y siguiera hasta que se le cansaron los brazos. Esto iba a ser igualito, lo sabía. Pero no lloraba por eso. Lloraba por sus hermanos más chicos, por su madre y por el pobre del Julito, que por mucho menos que eso viven llevándole flores todos los domingos. Él sabía que esta vez se había pasado de la raya, pero fue sin querer. Fue para llevarle el pescado a la Marisa, que estaba sin comer desde hacía dos días, que estaba a puro pan viejo y agua, metida sola en el monte, más arriba, y que no tenía donde estar, y que la mama lo mandaba a llevarle el pan, y que la panza le crecía cada día por el bebito, y que no era ninguna puta, y que tenía la cara hinchada, llena de moretones y cicatrices por ese cinto de mierda, por el rebenque, y por las manos huesudas que él no volvería a permitir que salieran de los bolsillos nunca, nunca más.


fino.

Junio 2020.

miércoles, 17 de junio de 2020

Empiezo mañana.

                                                                   



 Era asqueroso. Asqueroso y desagradable. Lo veía desde lejos sentado frente a mí en otra mesa junto a la puerta del bar. Ni los ruidos de la calle, ni el bullicio general lograban tapar el volumen de su voz. Comentaba y opinaba de mil temas a la vez, engullía y sorbía un café que estaba frío de tanto esperar mientras la comida se le escapaba por la comisura de la boca. Entre la camisa blanca desabotonada hasta el abdomen y el saco azul de marca, escondía una gruesa billetera que hacía juego con su bronceado. Hablaba sobre corruptos, sobre acomodos con amigos y negocios turbios. Hablaba despectivamente y poco a poco fue agotando mi flaca y cascoteada paciencia. Siguió con relatos de sus divorcios costosos, de aventuras y engaños que habían patinado sobre su panza prominente. No habían pasado veinte minutos desde que yo me había sentado a mi mesa, cuando él ya había destruido a medio país y a cientos de familias. Pensé, cuanto desprecio guarda en su interior un ser humano así, creer que su posición y su auto caro (al que vigilaba a través del ventanal) lo ponían por encima del resto de los mortales, por encima de los que estábamos allí. Los vivos de verdad la vamos de callado, hay que ser demasiado otario para andar a los gritos agitando el avispero, pero el se creía con derechos adquiridos, lo pensaba y lo decía. Ya llevaba casi una hora hablando, no había bebido más de tres sorbos de café y en todo ese tiempo su compañero de mesa apenas había logrado hablar, puedo asegurar que su cuello estaba contracturado de tanto asentir y negar. Yo no podía concentrarme en lo que leía, entraba y salía del texto acompañando por el sube y baja de aquella voz estridente. Leía, pensaba y juntaba combustible imprimiéndole presión a la caldera de mi cabeza alienada. Todavía que no me sale una, este viene a refregarme a los gritos su suerte. Me vi levantando la mirada y fijando mis ojos en su cara despreciable, estaba transportándome hacia un lugar donde mi mente volaba y se perdía en el infinito. Cuando cruzamos las miradas cortó el monólogo racista que había comenzado a elaborar en el funcionamiento de quién sabe que engranajes misteriosos, pues yo casi no escuchaba, solo lo veía mover su boca grasosa.

-¿Que mirás? –me dijo con mi misma cara de asco.

-Lo pelotudo que sos –respondí sin apagar los rayos de furia que salían de mis ojos.

-¿Perdón? ¿Qué te metés donde no te llaman?

-¿No me llaman? Si estás hablando como para que te escuchen desde el otro lado del río. Dejate de joder.

 -Yo hablo lo que quiero y cuando quiero. Vos calladito ahí, en tus asuntos, no te metas conmigo.

-¡Si patrón, como no! ¿Alguna otra cosita?

-Sí, que dejes de mirarme y que no te hagas el vivo.

-¿Sabés lo que pasa? Es que con tantas boludeces que estás hablando a todo volumen, es imposible no mirarte. Y lo que es peor, no puedo dejar de pensar en cómo puede existir gente como vos. Sos despreciable, pero imagino que ya te lo deben haber dicho millones de veces.

-Cerrá el culo, bobo. Callate.

-¡No me callo nada enfermo! Porque es así, sos un enfermo. Te crees dueño de la verdad y no estoy obligado a escuchar lo que decís. Acá cada cual está en sus cosas, pero aunque no lo queramos hay que prestarle atención al señor mientras habla mierda de todos. ¿Te crees tan importante, como para arrastrarnos a comer tu discurso? Si hablas a todo volumen, es para que todos escuchemos tu verdad. ¿Y sabes una cosa? ¡No me importa tu verdad! Estamos como estamos por gente como vos. ¡Imbécil ¡ Estamos rodeados de prepotentes como vos, que tienen la creencia estúpida de sentirse superiores –dije y paré por un instante mi retórica sincericida de rata de caño gritando para la tribuna.

Respiré profundo buscando alguna mirada cómplice entre los presentes, alguien que me acompañara en mi postulación como “Gil del Año”. Todos miraban hacia otro lado. Gané por nocaut. A esa altura yo estaba parado sobre una silla y solo en mi discurso, pero eso no importaba. El me miraba con más asco que antes. Y heroico, no lo dejé contestar.

-¡Esto es lo que creamos, Señores! Caímos en desgracia. Soportamos de brazos cruzados a ladrones como este, y eso no lo aguanto más.

¡Esto es lo que creamos, Señores! -dije señalándolo con el índice y mirando hacia todos lados esperando aplausos redentores. Nada.

Ya sin aire, vacío y con los ojos inyectados en sangre esperaba que alguien, que no fuera él, dijese algo, pero el silencio se hizo más profundo aun. Y lo volví a romper.

-¡Es seguro que si pensamos con el monedero seguirán naciendo monstruos como este! ¡Te voy a matar!

Cuando la niebla se dispersó de mi mente y mis ojos perdieron la sangre acumulada que los había enceguecido, todo seguía exactamente igual. Yo, sentado con el libro entre las manos mirando como el indeseable movía la boca. El, comiendo como un cerdo mientras su compañero de mesa sacudía la cabeza como los perritos chinos en los autos. Me prometí que dejaría de beber por las mañanas, era claro que el alcohol me estaba alterando la percepción, el metabolismo y los sentidos. Salí como quemado en aceite, busqué otro lugar donde poder leer en paz y pensar en alguna pequeña estafa que me diera un poco de dinero fácil, si es que lograba bajar de la nube espesa en la cual estaba inmerso. Encontré un bar de copas, añejo y sucio al borde de la clausura. Sin mirar mucho a los parroquianos acodados en el mostrador di las buenas tardes genéricamente con un susurro amorfo. Recibí un murmullo. Pedí un medio y medio triple y sin hielo. Me lo acercaron y lo bebí de un trago. Repetí el pedido. Apenas abrí el libro cuando el alcohol otra vez distendió mi masa encefálica atrofiada y me encontré riendo carcajadas sin poder evitarlo. Volví a prometer que ya no tomaría alcohol desde temprano. Pedí otra vuelta triple. Hoy será un día largo, muy largo. 

fino.

Junio 2020.

miércoles, 10 de junio de 2020

En sesenta minutos.

                                           


 

 

Estaba disperso y le costaba concentrarse. Los temblores le habían comenzado por los pies, después siguieron por las manos mientras que el corazón aumentaba al doble las palpitaciones. Estaba seguro que era por las pastillas, se había tragado mal las mitades que debía tomar o las había tomado por segunda vez en el correr de la mañana. No lo sabía, no lo recordaba. Si en ese momento alguien le hacía la pregunta, el estaba dispuesto a decir a quien quisiera oírlo que la culpa era de ella, por haber salido a pasear cuando más la necesitaba. Era una sinvergüenza. Traicionarlo de esa manera después de tantos años. A ella, esas mañas le aparecieron cuando a el se le empezó a caer el pelo, de eso estaba completamente seguro. Ella, que siempre protestaba y no comprendía que los años no llegaban solos. Justo a el, que no le gusta mentir, que le gusta adornar con cuadros de paisajes y con los retratos de la familia la casa hermosa que le había regalado. Porque el se la había regalado, para que ella tuviera, para que no anduviera diciendo cosas por ahí. El, que casi siempre era bueno con ella. Además solo la golpeaba cuando ella no le hacia caso, cuando se lo merecía o si la comida estaba fría y asquerosa. Solo esas veces, después no. Casi nunca. Pero sabía que en el fondo ella agradecía que el la quisiera tanto, por eso le dejaba todo pronto para que no le faltara nada cuando ella iba a salir toda la tarde, como hoy. A fin de cuentas en una relación de tantos años siempre hay pozos, como en el asfalto. Ya había pasado casi una hora y observándolo todo con cierta distancia, el veía todo más claro, fue traicionado sin razón. Lo juraría sobre el cristo incrustado en la pared. Ahora sentía que los temblores aumentaban, que la mandíbula se le trancaba y que la lengua se le desparramaba hacia la pera. Estaba envuelto en susurros y en un río de baba espumosa. El, que era un héroe, que era un señor, ya ni su estúpido cuerpo le obedecía. Pensaba, ordenaba, pero su mente no acataba las órdenes cuando más necesitaba. Cayó al piso, estaba solo y seguro que este sería su fin, pero no iba a llorar, no debía llorar como una mujercita. El, que era un ser diferente y que sabía un poco de todas las cosas, como no se había percatado al tomarlas, del asombroso parecido entre las pastillas para el corazón y el veneno para ratas. Pero, a pesar que estaba quedándose duro y que la respiración le faltaba, no iba a llorar, no era una mujercita.

 

 fino.  

Junio 2020

martes, 2 de junio de 2020

Mariposas.

                                                        



 

Terminó de tomar su café sentado junto al ventanal del bar, observando la calle, pensando su soledad. Dejó unos billetes sobre la mesa, saludo de lejos la moza, abrió la puerta y salió. Parado en la calle, de espaldas al bar, levantó la vista hacia cielo, respiró profundo y exhaló tanta tensión como aire llevaba acumulado en los pulmones. Miró hacia ambos lados de la vereda eligiendo hacia qué lado comenzaría a caminar. Hacia la izquierda. Camino calle abajo y a unos pocos pasos, junto a la mesa de saldos de una librería, la figura de una muchacha revolviendo libros, atrajo su atención. Al pasar junto a ella, sus ojos se posaron en las manos tatuadas que escarbaban sobre los libros. Todo se detuvo, el día se apagó, un telón negro y gigante cayó sobre ellos envolviéndolos. El no podía sacar la vista de esas manos tatuadas, en solo un segundo descifró el mapa y la historia que vivía en esos dibujos. Eran tallos verdes, delicados, frágiles, un espiral de tallos flotando en diferentes direcciones que nacían en las uñas rojo sangre y se le enredaban entre los dedos, como buscando florecer. En esos dibujos ella mostraba sus secretos, las huellas de su vida. El se paró a su lado y ella, sin girar a mirarlo, sin sobresalto ni sorpresa dijo:

-Te estaba esperando. Sacame de acá.

Se tomaron de la mano y comenzaron a caminar. La luz de la mañana los iluminó, dos desconocidos sin historia común que recordar. El se perdió en un rostro impaciente y bello, en sus ojos claros, en el pelo rojizo y enrulado que le caía sobre los hombros quemados por el sol. En silencio giraron en la primera esquina que cruzaron, sin saber bien el porqué, el presentía que ella debía estar a su lado. Crecía en ambos, a cada paso, el deseo. Encontraron abierta la puerta de un edificio y entraron, fueron escaleras arriba, uno, dos, cinco, nueve pisos, hasta que se enfrentaron a la puerta de la azotea, la atravesaron y caminaron hasta el pretil. Recorrieron como perros enjaulados el área del edificio, sin encontrar más salida que el abismo hacia la calle. Oyeron el estruendo de la puerta al golpearse a sus espaldas, el piso vibró. Sintieron el encierro. Sin soltarse de las manos, se miraron a los ojos.

-Ni vos ni yo podemos seguir escapando. Voy a ceder el control y a descarrilar en tus brazos –dijo ella con una voz que parecía no salir de su boca.

-Si amor, dejemos de vivir en la oscuridad.

Ceder el control, el eco de esas palabras resonó como un disparo, era seguro que nacía otro tiempo, otra forma y otra sangre. Desde lejos llegó una música que ambos conocían, lo tomaron como una señal, como un nuevo mensaje del destino. Vieron como lentamente en cada tallo tatuado, se comenzaba a dibujar un suelo y una raíz. Los tallos ascendían por los brazos y explotaban en rosas rojas sin espinas. Con una simple promesa nacía ante ellos una ruta alternativa. Sin saberlo ni esperarlo, juntos pulsaron el botón preciso y se desnudó la parte inmaterial de un mecanismo misterioso. Pulsaron el botón de lo ausente, de las trabas injustificadas del amor. El pasado se volvió pasado, solo había futuro y eso era más que suficiente.

Se besaron, al tiempo que un remolino de mariposas se posaban sobre las rosas tatuadas. Cambiar es inevitable.


fino. Junio 2020

miércoles, 20 de mayo de 2020

Esta agua, este tiempo.

                                             

                            


Llegaba empapado, una lluvia inesperada y espesa con olor a solvente químico caía a mares sobre el camino por el que Martín regresaba a su guarida. Era una lluvia extraña que entreverada con el sol, caía azotando la ciudad en ruinas. Apenas tuvo fuerzas para entrar a su habitación semivacía donde se protegía de casi todo. Una repisa, un cuadro y una silla pegada al ventanal era todo lo que le quedaba en el mundo. Exhausto se dejo caer sobre la silla mientras que a sus pies comenzaba a formarse un charco. Le escurría agua desde el pelo, corría por su cara, por su camisa, por el pantalón y el olor penetrante del líquido nauseabundo que se metía por sus narinas lo quemaba como el fuego. El cuadro colgado a su frente en la pared tenía pintado un paisaje de montañas con un inmenso lago petrificado y azul. Estaba rodeado de agua. Agua en sus ojos, en su cuerpo y a sus pies. Las paredes descascaradas parecían vivas, eran como la crueldad, como la indiferencia. Martín cansado cerró los ojos y reclino su cabeza hacia atrás. Recordó las caminatas interminables por la playa, cuando el mundo era mundo y sus pies se mojaban en el límite difuso que existe entre el mar y la arena. Por un instante volvió a ser feliz. Revivió el profundo silencio que se sentía bajo el agua, el golpeteo apagado de las olas rompiendo en la superficie, allá arriba. Pensó en abrir los ojos, pero la habitación lo hostigaba de tan cuadrada e inmóvil. Todo se confundía en su mente, el ventanal, la respiración, el cuadro, el lago. Sentado sobre esa silla se deshojaba, se iba escurriendo en cámara lenta. Estaba agotado, inmerso en sus pensamientos. Le dolían los ojos al balancearse inquietos bajo los parpados cerrados. Afuera seguía lloviendo a cantaros y el agua se desprendía de las nubes duras e impenetrables, se desplomaban por su propio peso sobre todo lo que quedaba con vida. Comprendió que el tiempo ya no existía, que el reloj marchaba hacia atrás. Doce, nueve, seis, tres, uno, uno, uno...ya no había tiempo.

El cuadro seguía ahí.

Sobre la silla descansaba un apelmazo de ropa amorfa y empapada que chorreaba viscosidad. En el suelo, un par de zapatos flotaba dentro de un inmenso charco de agua, que presuroso, se escapaba rumbo a la calle por la rendija bajo la puerta.

 

fino.  Mayo 2020

martes, 28 de abril de 2020

Amèn ( en constante mutación)


Mandrax, cirrosis, paranoia, gastritis
ribotril, talasa, clonazepam,
cemento, Velho Barreiro, sida.
Hiel.
Grasa saturada, hepatitis A-B-C
diazepam, vino, cogumelos
artrosis, artritis, ataxia.
Miedo.
Delgotrix, control 20, birra
amnesia, diarrea, cáncer
grappa, tabaco, maconha.
Soledad.
Insomnio, ansiedad, anorexia
rohypnol, oxicodone, cocaína
temblores, locura, misticismo.
Sangre.
Dios,satanàs, Jesús 
los 197,  dictadores
bulimia, tristeza, codicia
 y todos los otros espantos...

fino.

lunes, 27 de abril de 2020

Detrás del telón.


                                                               




Cuando se abrió el telón, la sala repleta quedó en silencio. En medio del escenario, sobre en una silla y bajo una luz cenital blanca, Ricardo Sobral tenía sentado sobre su rodilla derecha a Renzo. Mimetizados, el artista y su muñeco vestían iguales: zapatos negros de charol, frac, moño negro y camisa blanca. Idénticos. Al mirarlos de cerca o desde poca distancia, el público diferenciaba uno de otro solamente por dos líneas negras, paralelas, que bajaban por la comisura de los labios, hacia el mentón de Renzo. Era cautivante ver al ventrílocuo asombrar a los asistentes con su juego de voces, con los movimientos leves y mecánicos de la marioneta, pero sobre todas las cosas, por los gestos y las pausas con las que marcaba el ritmo del espectáculo. Era un show insuperable. A los lados y detrás los artistas, un juego de espejos dejaba ver, a propósito, la mano derecha de Ricardo Sobral que se hundía por un agujero en la espalda Renzo, como si fuera un pozo por el cual brotaba la magia teatral. Desde allí, toda fantasía se transformaba en realidad. Las risas, la desmesura y los aplausos de los concurrentes marcaban el éxito total de la función, que nadaba veloz entre reflexiones y ocurrencias. Se podían ver lágrimas en las mejillas del público y en sus rostros, la felicidad de haber obtenido lo que buscaban cuando decidieron entrar al teatro. Al final del show, llegaron los aplausos, las aclamaciones y los gritos de aprobación durante varios minutos. Los personajes, desde el escenario, saludaban con pequeñas reverencias a intervalos regulares, agradeciendo la euforia generalizada. Sin cambiar su postura erguida, Ricardo Sobral agradecía con voz pausada y potente, al tiempo que su compañero, en un delicado y lento movimiento, bajaba la cabeza hasta dejar fijo el mentón contra el pecho. Era una simbiosis perfecta y en un espectáculo sublime, el ventrílocuo y su muñeco habían atravesado las barreras de la realidad y de la fantasía. Con arte y maestría se lograba ocultar el artificio durante más de dos horas de show. Y quizás, como tantas veces en la vida, la bofetada impiadosa de una mentira, marcaba la cara de todos los asistentes. Verdad y embuste disueltos por la seducción de un ejecutante virtuoso. El telón púrpura se cerró separando al artista del público, que de pie lo despedía con un aplauso estruendoso y duradero. Aún iluminado por el foco en el escenario, Renzo dejó la falda de su muñeco. Se quitó de la espalda la mano inanimada. Dobló por la cintura el cuerpo inerte de Gonzalo Sobral y lo acomodó bajo su brazo izquierdo. Caminó rumbo al camarín, mientras que con un pañuelo húmedo, iba borrando de su cara las marcas negras dibujadas en la comisura de sus labios.
                                        
fino.
 
Del libro: El Gen de la Bestia

martes, 21 de abril de 2020

Otro final para A.

                           



                                                                                                                                                                 Soy un sueño, un espectro, un ángel.                                                                      

                                                                                        (a Luc Besson)

Me niego a cortarme las alas o a esconderlas bajo una gabardina raída. Me niego a dejar las calles pese a tanto dato que va achicando el tiempo necesario para procesar. Me opongo a que todo se termine contaminado con el hedor del ocaso.
Busco desde los techos almas perdidas en cualquier cuerpo que las contenga. Espío desde los pretiles y mis ojos chorrean sangre. Cerca de una esquina, a dos cuadras de las suelas de mis zapatos, veo un cartel despintado sobre una puerta de vaivén a medio caer. Con un aleteo frágil vuelo hasta allí. Llego a la acera de baldosas amarillas y manchadas de herrumbre por las lágrimas de las cortinas metálicas. Falta poco para la caída del sol y adentro, el bar, está atestado de descarriados con sed eterna. Cruzo la puerta sin tocarla ni moverla, entro y mi sombra se proyecta entrecortada en el techo tapizado de hongos añejos y vapores de tabaco. El silencio solo se rompe cuando se apoyan los vasos en las mesas o con el tintinear de hielos girando. Una niebla espesa flota en el aire, tiene olor a sudor, a tristeza y alcohol. Miro entre los extraviados buscando a quien salvarle el día o quizás la vida. Veo a una mujer en un rincón, casi al límite del infierno. Tiene la blusa desprendida hasta el ombligo, el sostén desgarrado y el maquillaje borroneado por llantos viejos. Sus dedos finos están cubiertos de anillos y su mano derecha apoyada sobre la mesa aprieta un vaso de whisky. Avanzo hasta ella. Un destello leve surca sus ojos azules y adivina mi presencia. Con un movimiento elegante toma el paquete de cigarrillos que descansa en la mesa. Saca uno y lo enciende con lentitud exasperante.
-¿Que buscas de mí? –preguntó mientras soltaba una bocanada de humo hacia el techo.
-Nada que te pueda hacer peor –respondí.
Ella soltó una risa ahogada en un sorbo de licor.
-¿Nada que me pueda hacer peor? Claro, eso es seguro. No hay nada peor que estar muerta en vida –dijo con resignación.
Por un instante, apenas por un instante, el ambiente denso y oscuro del bar, se transformó en una zona un poco menos confusa cuando  apoyó el vaso sobre la mesa y dejo ver una sonrisa que retenía rastros de hermosura.
-Vine a purificar tus sueños. Viene a empujarte hacia la salida –dije con voz pausada, para que pudiera retener la esperanza que intentaba transmitirle.
Al oír mis palabras me busco en vano entre la oscuridad que tenía frente a sus ojos. Unas lágrimas lentas y saladas comenzaron a caer desde sus ojos claros, opacos, perdidos. Ella bebió de un sorbo todo el líquido de su vaso. Apagó con rabia el cigarrillo en el cenicero atestado de puchos aplastados. Se llevó las manos temblorosas a la cabeza, intentando comprender si finalmente la locura se había apoderado de ella o si lo que escuchaba era real.
-¿Donde mierda te metiste todos estos años? ¿Ahora que estoy a punto de desbarrancar venís a ofrecerme una mano? Mejor págame otro whisky, puto ángel de mierda -dijo casi gritando.
Unos pocos de los perdidos que bebían en la barra, giraron para mirar desde donde venía ese reclamo urgente y descontrolado. Acerqué mi mano hasta su frente arrugada, llevé algo de calor a su cabeza fría y confusa.
-Llevo mil años acá, maldita bruja. ¡Llevo acá mil años! -repitió apagándose de a poco.
-Amiga, ¿no te parece que es hora de abandonar esta isla? –le dije.
-¿Amiga? ¡No me llames amiga! No tengo amigas y menos que tengan alas enganchadas en la espalda. Sos un fantasma, un diablo creado por la confusión de este whisky barato –gritó.
-Yo también estoy perdida. Salvémonos juntas. Yo tampoco quiero dejar mis alas en un culo de botella. Salvémonos -le dije.
Ella se paró vacilante, trastabilló al intentar dar el primer paso hacia la puerta. Tomó con asco el paquete de cigarrillos y su cartera. Se alisó con movimientos torpes la pollera, la blusa y posó orgullosa sus ojos en mis ojos. Se acercó hacia mi. Con sus manos frías me tocó la cara, acarició mi pelo y lentamente me besó en la boca. Me beso con deseo, con intensidad.
Algunos de los devotos feligreses del bar, miraban con asombro y desconcierto etílico, como la mujer besaba ardientemente un espejo, mientras caían desde el techo, como una llovizna en cámara lenta, miles y miles de blanquísimas plumas.
                                                                                                                                                                                                                 
fino.